miércoles, 31 de diciembre de 2008

Martín Lutero


Martín Lutero
Teólogo y reformador religioso alemán, precipitó la Reforma protestante al publicar en 1517 sus 95 Tesis denunciando las indulgencias y los excesos de la Iglesia Católica.

Formación

Martín Lutero nació en Eisleben en 1483, hijo de una familia de origen campestre y dueña de una mina.
Atendía la escuela latina en Mansfeld desde 1488, continuando sus estudios en Magdeburgo y luego en Eisenach.
En 1501, empieza sus estudios en Erfurt con la intención de hacerse abogado.
En 1505, tomó una decisión que iba a cambiar el curso de su vida de manera radical. Decidió entrar al monasterio Augustino en Erfurt. Esa decisión, junto a la búsqueda de un Dios de Gracia y la voluntad del mismo, culminó en el desarollo de la reforma de la iglesia.
Las experiencias negativas que Lutero tuvo con los medios eclesiales de gracia, no solo favorecieron la crítica respecto al lamentable estado de las prácticas en la iglesia, sino más bien obligaron a una revisión fundamental de la teología medieval.

En 1507, con 24 años, fue ordenado sacerdote y tres años más tarde viajó a Roma, la capital de la cristiandad; pero este viaje, lejos de ayudarle en su búsqueda espiritual, tuvo para él el efecto contrario al percatarse de la frivolidad y mundanalidad en la que aquella iglesia había caído.

De vuelta a su patria se doctoró en teología en 1512 comenzando a dar clases en la universidad de Wittenberg.

Las Indulgencias

En 1517 aparece en escena un monje dominico, Tetzel, predicador de las indulgencias.
Por medio de la compra de indulgencias, según la enseñanza tradicional, se libraba a las almas recluidas en el purgatorio de los tormentos del mismo.
El dinero obtenido en esta ocasión por este medio sería invertido, a partes iguales, en la erección de la basílica de San Pedro en Roma y en la compra por parte de Alberto de Hohenzollern de un obispado.
Fue entonces cuando Lutero escribió y clavó en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg sus Noventa y Cinco Tesis.
Este documento fue la chispa que puso en marcha todo un proceso cuyas consecuencias iban a ser de largo alcance.

Su crítica pública contra el abuso de las cartas de indulgencias en 1517 no solo produjo la discusión deseada, sino que además causó la apertura de un tribunal de inquisicón culminando en la excomulgación de Lutero, después de la dieta imperial de Worms, en 1521.
Federico el Sabio organizó un "secuestro" para proteger la vida de Martín Lutero (ver).
Lutero se quedaba en el castillo Wartburg como Doncel Jorge por casi un año, traduciendo el Nuevo Testamento al alemán.

El 15 de junio de 1520 León X publicó la bula de excomunión de Lutero intitulada Exsurge Domine; cuando Lutero la recibió se dirigió al pudridero de la ciudad y, juntamente con el Derecho Canónico, la arrojó a las llamas.
La ruptura estaba consumada. Un fraile había osado levantarse él solo ante todo un sistema religioso de más de mil años de antigüedad, con el solo apoyo de la Palabra de Dios.
En ese mismo año de su condenación Lutero ha escrito incansablemente algunas de sus mejores obras: A la nobleza cristiana de la nación alemana, La cautividad babilónica de la Iglesia y La libertad cristiana.
Lutero viajó a Worms bajo la protección de un salvoconducto y allí, conminado ante Carlos V, a pronunciarse sobre sus doctrinas pronunció las memorables palabras:
"Si no me convencen mediante testimonios de las Escrituras o por un razonamiento evidente (puesto que no creo al papa ni a los concilios solos, porque consta que han errado frecuentemente y contradicho a sí mismos), quedo sujeto a los pasajes de las Escrituras aducidos por mí y mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, puesto que no es prudente ni recto obrar contra la conciencia."
La suerte estaba echada; Lutero se había enfrentado al poder religioso y ahora lo estaba haciendo al poder secular. Las dos grandes instituciones: Iglesia e Imperio no estaban por encima de la Palabra, sino sujetas a ella.

La ruptura mas evidente con los votos monásticos se realizó cuando se casó con la ex monja 
Catarina de Bora, en Junio de 1525.
Ahí, se formó el núcleo principal de la casa parroquial evangélica.
"Después de la Palabra de Dios no hay un tesoro más precioso que el santo matrimonio. El mayor don de Dios sobre la tierra es una esposa piadosa, alegre, temerosa de Dios y hogareña, con la que puedes vivir en paz, a la que puedes confiar tus bienes, tu cuerpo y tu vida."
Después de la guerra de campesinos en 1525, reprobada por Lutero, el reformador promovía la formación de una Iglesia Evangélica territorial con regulaciones eclesiales.

Falleció en Eisbelen, su ciudad natal, en febrero de 1546
Por orden del príncipe elector, Lutero fue sepultado en la iglesia del castillo en Wittenberg.

Su aporte a la lengua alemana

Con su traducción de la Biblia al Alemán, Martín Lutero ganó fama permanente en relación con la unificación del idioma alemán.
Hoy en Día, unos 70 millones de fieles pertenecen a la Iglesia Luterana.
 Inventar un idioma, crear una religión. Lutero fue el primero en potenciar el invento de 
Gutemberg.
Hasta 1534 sólo circulaban traducciones al latín de la sagrada escritura, cuya lectura y estudio estaban destinadas a sacerdotes y eruditos. La traducción de Lutero intentó poner la Biblia al alcance de la población, siguiendo su idea de que cada lector y no la iglesia es responsable de la interpretación de la Biblia.
Para conseguir su objetivo, Lutero inventó una suerte de mezcla entre las características común de los dialectos que por entonces se hablaban en Alemania y el latín y así creó el llamado "alemán puro", un idioma artificial que es la base de la actual lengua alemana.
Lutero publicó su Biblia apenas 60 años después de la invención de la imprenta y con ello se transformó en el primer libro de circulación masiva de la historia y también marcó el inicio de otra revolución: la lectura masiva.

Frases de Martín Lutero
  • El pensamiento está libre de impuestos.
  • La facultad del oído es una cosa sensible: muy pronto se sacia y al poco tiempo se cansa y aburre.
  • Aquel a quien no le gusta el vino, ni la mujer, ni el canto, será un necio toda su vida.
  • La humildad de los hipócritas es el más grande y el más altanero de los orgullos.
  • Tengo tres perros peligrosos: la ingratitud, la soberbia y la envidia. Cuando muerden dejan una herida profunda
  • Aquí estoy, no puedo obrar de otra manera, ampáreme Dios, Amén
  • Una mentira es como una bola de nieve; cuanto más rueda, más grande se vuelve.
  • Aunque el final del mundo sea mañana, hoy plantaré manzanos en mi huerto
  • La guerra es la más grande plaga que azota a la humanidad; destruye la religión, destruye naciones, destruye familias. Es el peor de los males.
  • ...Que debe llenar las manos, lenguas, ojos, oídos y corazones de todos los hombres. La Biblia sin comentarios es el sol que por sí solo da luz a todos los profesores y pastores
  • El corazón de un hombre es una rueda de molino que trabaja sin cesar; se nada echáis a moler corréis el riesgo de que se triture a sí misma
  • La superstición, la idolatría y la hipocresía cuentan con grandes salarios, la verdad es mendiga
  • Cuando Dios construye una iglesia, el diablo construye una capilla
  • No hay más hermosa, amable y encantadora relación para la comunidad que un buen matrimonio.
  • La facultad del oído es una cosa sensible: muy pronto se sacia y al poco tiempo se cansa y aburre
  • Huss ha sido quemado pero no la verdad con él. Iré aunque se dirigiesen contra mí tantos demonios como tejas hay en los tejados
  • En la tierra nada se presta tanto para alegrar al melancólico, para entristecer al alegre, para infundir coraje a los que desesperan, para enorgullecer al humilde y debilitar la envidia y el odio, como la Música.
  • Todo cuanto se hace en el mundo se hace por una esperanza
  • En nuestra triste condición, el único consuelo que tenemos es la esperanza de otra vida. Aquí abajo todo es incomprensible
Conclusiones
Martín Lutero no fue un hombre perfecto, y desde la perspectiva actual tampoco la totalidad de su pensamiento. Algunos autores sostienen que Lutero guardaba algunos resabios de antisemitismo, algo inadmisible para el protestante de tan solo unas décadas después y mucho menos para el de hoy en día. Aún así, a favor de Lutero, vale mencionar que su mejor discípulo y amigo, el que lo ayudó en la traducción de la Biblia, era judío. Su nombre, Philipp Melanchton.

Foto:Biblia traducida por Martin Lutero

Lutero no había objetado el bautismo de los niños, cosa que sí haría
Menno Simons, luego los anabaptistas como Hubmaier y finalmente los bautistas como Roger Williams. Tampoco renegó del uso de la vestimenta sacerdotal romana entre otras cosas y aún tenía en mente una Iglesia unificada con un líder único.

Pero debemos comprender el contexto histórico que rodeó a Lutero. Él era un hombre formado en el seno de la Iglesia católica, que tuvo la oportunidad, la visión y el coraje de pretender cambiarla, cosa que finalmente no pudo hacer. Pero su aparente fracaso se cambió en rotundo éxito, ya que nació un movimiento claramente distintivo que los propios romanos llamaron 
"Protestantes"

Martín Lutero, fue un hombre que sincero y entregado a Dios tuvo el privilegio de dar forma al trabajo de muchos antecesores reformadores, algunos laicos y otros sacerdotes, quienes solieran pagar con precio de sangre su visión.
Lutero abrió la puerta a través de la cual comenzó a filtrar la luz de la Gracia para todo el mundo que la aceptase.
Martín Lutero le fue concedido por la historia el honor de ser llamado elPadre de la Reforma, un movimiento que seguiría con cambios y mejoras hasta hoy en día. Quizá nunca se llegue a la perfección en esta tierra. Mas en Gloria, junto a él y otros héroes -o no tanto-, podrá finalmente completarse en plenitud y perfección conforme al proyecto de Cristo. 

Daniel E. Dañeiluk. www.biografas.blogspot.com
 

martes, 30 de diciembre de 2008

Benjamin B. Warfield

Benjamin B. Warfield

Datos Biográphicos:
  

B. B. Warfield.
El Dr. Pablo Deiros, un reconocido teólogo, historiador y el pastor principal de la Iglesia Bautista del Centro, en Bs. As., Argentina y el Dr. Carlos Mraida, su copastor, citan en una nota Nº 1 de pie de la pagina Nº 219, del libro Latinoamérica en Llamas, que «“uno de los más importantes teólogos que ha sostenido que las obras extraordinarias en la vida de la iglesia cesaron con el fin de la era apostólica (aproximadamente año 150 d. de C.) fue el presbiteriano Benjamín B. Warfield. Sus conferencias fueron reimpresas de 1917 a 1918 en Benjamin W.Warfiewld, Counterfelt Miracles (Falsos milagros), The Banner of Truth Trust”

N. el 5 de noviembre de 1851 en Lexington (Kentucky, EE.UU.). Descendiente de puritanos ingleses, fue educado bajo la guía del Catecismo de Westminster y de la Biblia; su abuelo fue un distinguido ministro presbiteriano. A la edad de dieciséis años hizo confesión pública de su fe; sin embargo, en esos años, no expresó ningún deseo de estudiar teología, pese al interés de su madre de verlo convertido en un predicador del Evangelio.

Estudiante concienzudo se graduó en el College de New Jersey (hoy Universidad de Princeton) con los más altos honores. Era el año 1871. En febrero del año siguiente decidió salir en viaje de estudios por Europa. Visitó Edimburgo (Escocia) y Heidelberg (Alemania), desde donde, para sorpresa de los suyos, les comunicó su deseo de estudiar para el ministerio. Así que en septiembre de 1873 le vemos matriculándose en el Princeton Theological Seminary, del que se graduará tres años más tarde, en 1876. Tuvo por profesores a Charles Hodge (v.), entonces en sus 70 años, y al hijo de éste Caspar Wistar.
Warfield fue llamado al pastorado de la Primera Iglesia Presbiteriana de Dayton (Ohio), pero en aquel momento declinó este ofrecimiento debido a la determinación de profundizar sus estudios en las universidades de Europa.
Ese mismo año de su graduación teológica se une en matrimonio con Ana Pearce Kinkead, y marchan en viaje de luna de miel a Alemania, al paso que estudiará en la Universidad de Leipzig. Cuando la pareja se encontraba visitando las montañas de Harz fueron sorprendidos por una tormenta espantosa. Tal experiencia fue una conmoción tremenda para la señora Warfield, que afectó a su sistema nervioso de tal modo que quedó más o menos inválida para el resto de su vida. Esto hizo de Warfield un amante recluido en su hogar, junto a su esposa, prueba evidente del tierno amor que le profesaba. No tuvieron hijos. Durante los muchos años que permanecieron en Princeton, raramente, si alguna vez, estuvo Warfield ausente, lejos de su lado.
A su regreso de aquel viaje por Alemania, Warfield fue pastor asistente durante un año en la Primera Iglesia Presbiteriana de Baltimore (1877-88). De ahí pasó a ocupar el puesto de profesor en el mencionado Seminario Teológico de Allegheny, donde permaneció nueve años, hasta su traslado al Princeton, el cual le ocupará el resto de su vida: treinta y tres laboriosos años.
Warfield utilizó como libros de texto los tres volúmenes de la Teología Sistemática de Hodge para el curso académico de tres años. Esto le ahorraría a él el esfuerzo de escribir una obra de tal magnitud, pudiendo así dedicar todas sus energías a los temas controversiales que agitaban su época, en los cuales destacó como un escritor profundo y prolífico. Para darse una idea baste saber que la colección de sus artículos aparecidos en las diversas revistas religiosas de entonces y en diccionarios y enciclopedias teológicas componen diez volúmenes de gran formato.
Calvinista entusiasta estaba plenamente convencido de que en la Confesión de Fe de Westminster “poseemos la más completa, la más plenamente elaborada y cuidadosamente guardada, la más perfecta, la expresión más vital que nunca haya realizado mano de hombre, de todas las formulaciones de la religión evangélica, y de todo lo que ha de salvaguardarse si la religión evangélica ha de continuar en el mundo.”
Según el profesor Allis, la posición representada por Warfield puede describirse con tres palabras: Erudición, vocación y ortodoxia.
Martyn Lloyd-Jones (v.) dijo de él que fue el primero de todos los defensores de la fe: “Ningún escrito teológico es tan intelectualmente satisfactorio y tan fortalecedor de la fe como los de Warfield”.
Defensor apasionado de la inspiración e inerrancia de las Escrituras, se opuso con toda su capacidad al liberalismo teológico, así como a las ideas perfeccionistas de Finney (v.) y otros temas importantes de su época.
by LeMS

domingo, 28 de diciembre de 2008

Sigmund Freud

Sigmund Freud



Sigismund Freud, que, a los veintidós años, habría de cambiar ese nombre por el de Sigmund, nació en Freiberg, en la antigua Moravia (hoy Príbor, Checoslovaquia), el 6 de mayo de 1856. Su padre fue un comerciante en lanas que, en el momento de nacer él, tenía ya cuarenta y un años y dos hijos habidos en un matrimonio anterior; el mayor de ellos tenía aproximadamente la misma edad que la madre de Freud -veinte años más joven que su esposo- y era, a su vez, padre de un niño de un año. En su edad madura, Freud hubo de comentar que la impresión que le causó esta situación familiar un tanto enredada tuvo como consecuencia la de despertar su curiosidad y aguzar su inteligencia.

En 1859, la crisis económica dio al traste con el comercio paterno y al año siguiente la familia se trasladó a Viena, en donde vivió largos años de dificultades y estrecheces, siendo muy frecuentes las temporadas en las que, durante el resto de su larga vida (falleció en octubre de 1896), el padre se encontraría sin trabajo. Freud detestó siempre la ciudad en la cual, por otra parte, residió hasta un año antes de su muerte, cuando, en junio de 1938 y a pesar de la intercesión de Roosevelt y Mussolini, se vio obligado, dada su condición de judío -sus obras habían sido quemadas en Berlín en 1933-, a emprender el camino del exilio hacia Londres como consecuencia del Anschluss, la anexión de Austria al rancio proyecto pangermanista de la Gran Alemania, preparada por los nazis con ayuda de Seyss-Inquart y los prosélitos austriacos.


Freud en su estudio

La familia se mantuvo fiel a la comunidad judía y sus costumbres; aunque no fue especialmente religiosa; al padre cabe considerarlo próximo al librepensamiento, y el propio Freud había perdido ya las creencias religiosas en la adolescencia. En 1873, finalizó sus estudios secundarios con excelentes calificaciones. Había sido siempre un buen estudiante, correspondiendo a los sacrificios en pro de su educación hechos por sus padres, que se prometían una carrera brillante para su hijo, el cual compartía sus expectativas. Después de considerar la posibilidad de cursar los estudios de derecho, se decidió por la medicina, aunque no con el deseo de ejercerla, sino movido por una cierta intención de estudiar la condición humana con rigor científico. A mitad de la carrera, tomó la determinación de dedicarse a la investigación biológica, y, de 1876 a 1882, trabajó en el laboratorio del fisiólogo Ernst von Brücke, interesándose en algunas estructuras nerviosas de los animales y en la anatomía del cerebro humano. De esa época data su amistad con el médico vienés Josef Breuer, catorce años mayor que él, quien hubo de prestarle ayuda, tanto moral como material. En 1882 conoció a Martha Bernays, su futura esposa, hija de una familia de intelectuales judíos; el deseo de contraer matrimonio, sus escasos recursos económicos y las pocas perspectivas de mejorar su situación trabajando con Von Brücke hicieron que desistiese de su carrera de investigador y decidiera ganarse la vida como médico, título que había obtenido en 1881, con tres años de retraso.

Sin ninguna predilección por el ejercicio de la medicina general, resolvió adquirir la suficiente experiencia clínica que le permitiera alcanzar un cierto prestigio, y, desde julio de 1882 hasta agosto de 1885, trabajó como residente en diversos departamentos del Hospital General de Viena, decidiendo especializarse en neuropatología. En 1884 se le encargó un estudio sobre el uso terapéutico de la cocaína y, no sin cierta imprudencia, la experimentó en su persona. No se convirtió en un toxicómano, pero causó algún que otro estropicio, como el de empujar a la adicción a su amigo Von Fleischl al tratar de curarlo de su morfinomanía, agravando, de hecho, su caso. En los círculos médicos se dejaron oír algunas críticas y su reputación quedó un tanto ensombrecida. En 1885, se le nombró Privatdozent de la Facultad de Medicina de Viena, en donde enseñó a lo largo de toda su carrera, primeramente neuropatología, y, tiempo después, psicoanálisis, aunque sin acceder a ninguna cátedra.

La obtención de una beca para un viaje de estudios le llevó a París, en donde trabajó durante cuatro meses y medio en el servicio de neurología de la Salpêtrière bajo la dirección de Jean Martín Charcot, por entonces el más importante neurólogo francés. Allí tuvo ocasión de observar las manifestaciones de la histeria y los efectos de la hipnosis y la sugestión en el tratamiento de la misma. De regreso a Viena, contrajo matrimonio en septiembre de 1886, después de un largo noviazgo jalonado de rupturas y reconciliaciones como consecuencia, en especial, de los celos que sentía hacia quienquiera que pudiese ser objeto del afecto de Martha (incluida su madre). En los diez años siguientes a la boda, el matrimonio tuvo seis hijos, tres niños y tres niñas, la menor de las cuales, Anna, nacida en diciembre de 1895, habría de convertirse en psicoanalista infantil.

Poco antes de casarse, Freud abrió una consulta privada como neuropatólogo, utilizando la electroterapia y la hipnosis para el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Su amistad con Breuer cristalizó, por entonces, en una colaboración más estrecha, que fructificaría finalmente en la creación del psicoanálisis, aunque al precio de que la relación entre ambos se rompiera. Entre 1880 y 1882, Breuer había tratado un caso de histeria (el de la paciente que luego sería mencionada como «Anna O.»); al interrumpir el tratamiento, habló a Freud de cómo los síntomas de la enferma (parálisis intermitente de las extremidades, así como trastornos del habla y la vista) desaparecían cuando ésta encontraba por sí misma, en estado hipnótico, el origen o la explicación. En 1886, luego de haber comprobado en París la operatividad de la hipnosis, Freud obligó a Breuer a hablarle de nuevo del caso y, venciendo su resistencia inicial, a consentir en la elaboración conjunta de un libro sobre la histeria. Durante la gestación de esta obra, aparecida en 1895, Freud desarrolló sus primeras ideas sobre el psicoanálisis. Breuer participó hasta cierto punto en el desarrollo, aunque frenando el alcance de las especulaciones más tarde características de la doctrina freudiana y rehusando, finalmente, subscribir la creciente convicción de Freud acerca del papel desempeñado por la sexualidad en la etiología de los trastornos psíquicos.

En 1896, luego de romper con Breuer de forma un tanto violenta, Freud empezó a transformar la metodología terapéutica que aquél había calificado de «catarsis», basada en la hipnosis, en lo que él mismo denominó el método de «libre asociación». Trabajando solo, víctima del desprecio de los demás médicos, el tratamiento de sus pacientes le llevó a forjar los elementos esenciales de los conceptos psicoanalíticos de «inconsciente», «represión» y 'transferencia'. En 1899, apareció su famosa La interpretación de los sueños, aunque con fecha de edición de 1900, y en 1905 se publicó Tres contribuciones a la teoría sexual, la segunda en importancia de sus obras. Estos dos fueron los únicos libros que Sigmund Freud revisó puntualmente en cada una de sus sucesivas ediciones.

Hasta 1905, y aunque por esas fechas sus teorías habían franqueado ya definitivamente el umbral de los comienzos y se hallaban sólidamente establecidas, contó con escasos discípulos. Pero en 1906 empezó a atraer más seguidores; el circulo de los que, ya desde 1902, se reunían algunas noches en su casa con el propósito de orientarse en el campo de la investigación psicoanalítica, fue ampliado y cambió, incluso, varias veces de composición, consolidándose así una sociedad psicoanalítica que, en la primavera de 1908, por invitación de Karl Gustav Jung, celebró en Salzburgo el Primer Congreso Psicoanalítico. Al año siguiente, Freud y Jung viajaron a Estados Unidos, invitados a pronunciar una serie de conferencias en la Universidad Clark de Worcester, Massachusetts, comprobando con sorpresa el entusiasmo allí suscitado por el pensamiento freudiano mucho antes que en Europa. En 1910 se fundó en Nuremberg la Sociedad Internacional de Psicoanálisis, presidida por Jung, quien conservó la presidencia hasta 1914, año en que se vio obligado a dimitir, como corolario de la ruptura fallada por el mismo Freud en 1913, al declarar improcedente la ampliación jungiana del concepto de «líbido» más allá de su significación estrictamente sexual. En 1916 publicóIntroducción al psicoanálisis.

En 1923, le fue diagnosticado un cáncer de mandíbula y hubo de someterse a la primera de una serie de intervenciones. Desde entonces y hasta su muerte en Londres el 23 de septiembre de 1939, estuvo siempre enfermo, aunque no decayó su enérgica actividad. Sus grandes contribuciones al diagnóstico del estado de nuestra cultura datan de ese período (El porvenir de una ilusión [1927], El malestar en la cultura [1930], Moisés y el monoteísmo [1939]). Ya con anterioridad, a través de obras entre las que destaca Tótem y tabú (1913), inspirada en el evolucionismo biológico de Darwin y el evolucionismo social de Frazer, había dado testimonio de hasta qué punto consideró que la importancia primordial del psicoanálisis, más allá de una eficacia terapéutica que siempre juzgó restringida, residía en su condición de instrumento para investigar los factores determinantes en el pensamiento y el comportamiento de los hombres.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Guillermo Farel

Guillermo Farel

(1489-1565) Reformador francés que desempeñó un papel decisivo en llevar el Evangelio a Suiza y Francia

En 1509 Guillermo Farel salió de su hogar en Gap en Dauphine en las cercanías de París. Bajo influencia de los eruditos evangélicos Jacques Lefevre y Cornelius Hoehn, adoptó las visiónes protestantes. En 1520, unido otros discípulos de Lefevre se esforzó por consolidar la Reforma en la diócesis de Meaux fuera de París.

Aunque estuvo quitado del círculo de la ortodoxia católica parisiense, la presión de las autoridades de la iglesia lo forzó salir de Francia en 1523. En 1524 Farel comenzó el trabajo de la Reforma en Basilea con J. Hussgen.

La defensa impetuosa de la causa evangélica por parte de Farel provocó una fuerte oposición.
Fue perseguido y expulsado de Basilea en 1526. Entonces emprendió un viaje evangelístico a Suiza.

En 1528 él y Hussgen eran los máximos exponentes del foro de la Discusión de Berna que decidía la religión de esa ciudad. Farel trabajó en Berna, en Vaud, en Neuchatel (1530), y en Ginebra (1523). En Farel 1534 y el erudito francés Pierre Viret comenzó a llevar a cabo servicios protestantes regulares de la adoración en Ginebra.

Antes de 1535 gran parte de la gente común había adoptado el Cristianismo reformado.
Una serie de confrontaciones con los magistrados de la ciudad condujo a la eyección de los pastores en 1538. A diferencia de 
Juan Calvino, quien tenía una posición más fundamentalista y de confrontación, Farel no gustava de la violencia. Asi es que no volvió más adelante a Ginebra sino que se afincó en Neuchatel.

Si bien careció la profundidad teológica y la energía de Calvino, Farel fue un dedicado y ferviente evangelista. Farel seguía siendo amigo cercan con Calvino, oficiando en la unión de Calvin y de Idelette de Bure (1540).
Una cierta tensión se convirtió cuando Farel a los 69 años de edad se casó con mujer joven, una unión que Calvino desaprobó fuertemente. Finalmente los dos se reconciliaron, antes de la muerte de Calvino en 1564.

La exhortación a Calvino

Cuando Calvino entró a Ginebra solo para dormir aquella noche, le fue dado aviso a Farel que el autor de “Las Instituciones”, se encontraba en la ciudad. Inmediatamente se apareció en el lugar donde Calvino estaba, y comenzó a persuadirlo para que se quedara en Ginebra a ayudarlo en la enorme labor reformadora.
Calvino se negó a esta petición, ya que estaba solo de paso por esa ciudad y tenia otros planes; pero Farel, ardiendo con un maravilloso celo por el avance del evangelio, le insistía que se quedara. Calvino, de 27 años de edad, le reiteraba que no podía hacerlo ya que era vergonzoso y tímido, odiaba meterse en problemas, y a menudo se enfermaba.
El se consideraba como un hombre de libros y escritos, y no quería atarse a una iglesia cuando lo que realmente quería era servirle a todas. Su deseo era estar tranquilo en un lugar donde solo pudiese escribir y leer.
Entonces Farel se le acerco y le dijo con voz de trueno:
“Dios maldiga tu descanso, y la tranquilidad que buscas para estudiar, si ante una necesidad tan grande te retiras, y te niegas a prestar socorro y ayuda.”

Calvino escribió mas tarde acerca de este evento diciendo:

“Sentí...como si Dios hubiera puesto sobre mi su poderosa mano para detenerme...estaba tan lleno de terror que desistí del viaje que había comenzado..."

http://biografas.blogspot.com/2006/10/guillermo-farel.html

martes, 16 de diciembre de 2008

David Brainerd

David Brainerd

David Brainerd nació el 20 de abril de 1718 en Haddam, Connecticut, Estados Unidos.

Murió de tuberculosis a la edad de 29 años, el 9 de octubre de 1747.

Ezequías, el padre de Brainerd, era un legislador de Connecticut y murió cuando David tenía nueve años. Él había sido un puritano riguroso. La madre de Brainerd, una mujer también piadosa, murió cuando él tenía 14 años.

Había una rara tendencia a la debilidad y a la depresión en la familia. No sólo los padres murieron tempranamente; también los hijos. Nehemías murió a los 32, Israel a los 23, Jerusha a los 34, y él mismo a los 29. Así, al sufrir la pérdida de ambos padres, como un niño sensible, heredó una cierta tendencia a la depresión.

En su corta vida padeció a menudo negros abatimientos. Él mismo dice al principio de su diario: «Yo era en mi juventud inclinado más bien a la melancolía». Cuando su madre murió, se fue a vivir con su hermana casada, Jerusha. Él describió su fe durante estos años como muy celosa y seria, pero no teniendo verdadera gracia. Cuando cumplió 19, heredó una granja y trabajó en ella durante un año. Pero su corazón no estaba allí. Él anhelaba ‘una educación liberal’.

Intenta prepararse para el ministerio

Así que empezó a prepararse para entrar a la Universidad de Yale. En el verano de 1738, tenía veinte años, y se había ofrecido a Dios para entrar en el ministerio. Pero aún no era convertido. Leyó la Biblia dos veces en ese tiempo, y empezó a percibir que toda su religión era legalista y totalmente basada en sus propios esfuerzos. Dentro de su alma, contendía con Dios; se rebelaba contra el pecado original, contra la estrictez de la ley divina y contra la soberanía de Dios.
Reñía con el hecho de que no había nada que él pudiera hacer en sus propias fuerzas para consagrarse a Dios. «Todas mis buenas apariencias no eran sino justicia propia, no estaban basadas en un deseo por la gloria de Dios; en mis oraciones, no había amor o consideración hacia él».
Pero entonces sucedió el milagro de su nuevo nacimiento. Tenía 21 años de edad. Dos meses después, entró en Yale a prepararse para el ministerio. En principio fue duro. Había relajo en las clases superiores, poca espiritualidad, estudios difíciles, y él contrajo sarampión, así que tuvo que volver a casa por varias semanas durante su primer año. Al año siguiente, le enviaron a casa porque estaba tan enfermo que escupía sangre. Por ese tiempo escribía: «Por la tarde mi dolor aumentó terriblemente, y tuve que permanecer en cama. A veces casi perdía la razón por lo extremado del dolor». 

Cuando regresó a Yale en 1740, el clima espiritual había sufrido un cambio radical. George Whitefield había estado allí, y ahora muchos estudiantes eran muy serios en su fe. Pero surgieron tensiones entre los estudiantes entusiastas y la fría Facultad. En 1741, la visita de unos predicadores de avivamiento sopló aún más las llamas del descontento.

Jonathan Edwards fue invitado a predicar a comienzos de 1741, con la esperanza de que él aplacaría un poco los ánimos y apoyaría a la Facultad. Algunas autoridades incluso habían sido tildadas de ‘inconversas’. Edwards defraudó a las autoridades de la Facultad al declarar que el despertar era genuino. Brainerd estuvo entre la multitud que oyó a Edwards.

Esa misma mañana, las autoridades habían anunciado que cualquier estudiante que, directa o indirectamente, tildase al Rector u otra autoridad, de hipócrita, carnal o inconverso, debía en primera instancia hacer confesión pública de su ofensa, y en caso de reincidencia, ser expulsado.

En 1742 Brainerd estaba académicamente en la cima, cuando alguien le oyó por casualidad decir de uno de los tutores que tenía «menos gracia que una silla», y que él se maravillaba cómo el Rector no caía muerto al castigar a los estudiantes por su celo cristiano.

Inmediatamente fue expulsado. Esto le afectó profundamente.

En los años siguientes, intentó una y otra vez volver; muchos vinieron en su ayuda, pero todo fue en vano. Dios tenía otro plan para él. En lugar de unos años reposados en el pastorado o el salón de lectura, Dios quiso llevarlo al desierto, para que sufriese por Su causa y produjese un impacto incalculable en la historia de las misiones.

Antes de esto, Brainerd nunca había pensado ser un misionero a los indios. Pero ahora tuvo que replantear su vida entera. Una ley estadual, recientemente promulgada, señalaba que ningún ministro podía establecerse en Connecticut si no era graduado de Harvard, Yale o una Universidad europea. Así que él se sentía despojado de su llamamiento.

Una palabra ociosa, hablada de prisa, y la vida de Brainerd pareció caer en pedazos ante sus ojos. Pero Dios sabía lo que era mejor, y Brainerd llegó a aceptarlo. De hecho, sin la influencia de Brainerd tal vez el movimiento misionero moderno no hubiera tenido lugar; y esto no hubiera ocurrido si él hubiese obtenido en Yale su acreditación de ministro.

En el verano de 1742, un grupo de ministros simpatizantes del Gran Avivamiento aprobó su examen y autorizó a Brainerd para ir como misionero a los indios.

Más tarde, cuando ya estaba claro del verdadero llamamiento de Dios, habría de rechazar varias invitaciones para hacerse pastor, y seguir una vida mucho más fácil y estable. La carga y el llamamiento eran superiores: «Yo no podía tener libertad para pensar en ninguna otra circunstancia o asunto en la vida: Todo mi deseo era la conversión de los paganos, y toda mi esperanza estaba en Dios, y él no me permitía agradarme o confortarme con la esperanza de ver a mis amigos, de volver a mis queridos conocidos, o disfrutar los consuelos mundanos».

Su labor como misionero
Como misionero, su primera asignación fueron los indios Housatonic en Kaunaumeek, en Massachussets. Llegó en abril de 1743 y predicó durante un año, usando un intérprete e intentando aprender el idioma.

Brainerd describe así su primera estadía en ese lugar en 1743: «Vivo con muy pocas comodidades: mi dieta consiste en maíz hervido y comida rápida. Duermo en un colchón de paja, mi labor es sumamente difícil; y tengo poca experiencia de éxito para confortarme ... En esta debilidad corporal, no soy poco afligido por la necesidad de comida apropiada. No tengo pan, ni puedo conseguirlo. Es forzoso viajar diez o quince millas para conseguir pan; y a veces se pone mohoso y se agría antes de que lo coma, si consigo una cantidad considerable ... Pero por la bondad divina tengo alguna comida india de la que hago pequeños pasteles. Aún me siento contento con mis circunstancias, y dulcemente resignado a Dios».

Frecuentemente se perdía en los bosques. Su cabalgadura le era robada, o envenenada, o se le accidentaba. El humo del fogón hacía a menudo el cuarto intolerable a sus pulmones y tenía que salir al frío para recuperar su respiración, y entonces no podía dormir en toda la noche. Pero la lucha con penalidades externas, tan grande como era, no era su peor forcejeo. Él tenía una resignación asombrosa y aun parece que descansaba en muchas de estas circunstancias.

Él supo donde ellas encajaban en su acercamiento Bíblico a la vida: «Tales fatigas y penalidades sirven para desarraigarme más de la tierra; y, confío, me harán el cielo mucho más dulce. Al principio, cuando me exponía al frío o la lluvia, me consolaba con los pensamientos de disfrutar una casa cómoda, un fuego caluroso, y otros consuelos exteriores; pero ahora éstos tienen menos lugar en mi corazón (a través de la gracia de Dios) y miro más al consuelo de Dios. En este mundo espero tribulación; y ya no me parece extraño; me consuela pensar que podría ser peor; cuántas pruebas mayores han soportado otros hijos de Dios, y cuánto más se reserva todavía quizás para mí. Bendito sea Dios, él es mi consuelo en mis pruebas más agudas; pues ellas son asistidas frecuentemente con gran alegría».

Uno de los mayores dolores en ese tiempo era la soledad. Él cuenta cómo tenía que soportar la charla profana de los extraños: «¡Cuánto anhelaba que algún amado cristiano conociera mi dolor! La mayoría de las charlas que oigo son de escoceses o de indios. No tengo un compañero cristiano con quien desahogar mi corazón y compartir mis dolores espirituales, a quien pedir consejo conversando sobre las cosas celestiales, y con quien orar».

La cruz debía operar todavía fuertemente en el alma de Brainerd, y la prueba de fuego llegó el 14 de septiembre de 1743. Su Diario lo registra así: «Hoy hubiera obtenido mi título (hoy es el día de la graduación), pero Dios ha tenido a bien impedírmelo. Aunque temía que me abrumara de perplejidad e incertidumbre al ver a mis compañeros graduarse, Dios me ha ayudado a decir con calma y resignación: «Sea hecha la voluntad del Señor»Ciertamente, mediante la gracia de Dios, casi puedo decir que no había tenido tanta paz espiritual por mucho tiempo».

Poco después inició una escuela para niños indios y tradujo algunos de los Salmos. Luego fue reasignado a los indios a lo largo del río Delaware. En mayo de 1744 se estableció al noreste de Belén, Pennsylvania. Predicó durante un año en Delaware, y en 1745 hizo su primera gira de predicación a los indios de Crossweeksung, Nueva Jersey.

En este lugar, Dios manifestó un poder asombroso y trajo un despertar y bendición a los indios. Allí llegó el dulce amanecer después de una larga y oscura noche. Las escenas descritas por Brainerd en su Diario dan cuenta de una genuina obra del Espíritu Santo entre esos paganos: «Por la mañana platiqué con los indios en la casa en que estábamos alojados. Muchos de ellos estaban muy conmovidos y se les veía en gran manera emocionados, de modo que una pocas palabras daban lugar a que las lágrimas corrieran libremente, y producían muchos sollozos».

Al día siguiente escribe: «Prediqué sobre Isaías 53:3-10. Hubo una notable influencia que siguió a la exposición de la Palabra, y una gran emoción en la asamblea ... muchos estaban conmovidos; algunos ni podían estar sentados, sino que estaban echados en el suelo, como si se les hubiera atravesado el corazón, clamando incesantemente misericordia. ¡Era muy emocionante ver a los pobres indios, que unos días antes estaban vitoreando y gritando en sus fiestas idólatras y sus embriagueces, clamando ahora a Dios con una importunidad tal para ser acogidos por su querido Hijo!».

Al cabo de un año, había 130 personas en esa creciente asamblea de creyentes. Brainerd escribía el 19 de junio de 1746: «Hoy se completa un año desde la primera vez que prediqué a estos indios de Nueva Jersey. ¡Qué cosas tan asombrosas ha hecho Dios en este período de tiempo para esta pobre gente! ¡Qué cambio tan sorprendente aparece en su carácter y su conducta!».

¿Cuál era la clave del éxito de Brainerd con los indios? El amor. Si el amor es conocido por el sacrificio, entonces Brainerd amó. Pero si también es conocido por la compasión entonces Brainerd se esforzó en amar aún más. A veces él se fundió en amor.

«Siento compasión por las almas, y lamento no tener aún más. Siento mucho más bondad, mansedumbre, ternura y amor hacia toda la humanidad, que nunca ...». «Sentí mucha dulzura y ternura en la oración, mi alma entera parecía amar a mis peores enemigos, y me fue permitido orar por aquéllos que son extraños y enemigos a Dios con un gran suavidad y fervor ...». «Sentí el calor que viene de Dios después de mi oración, sobre todo en la mañana, mientras iba cabalgando. Por la tarde, pude ayudar llorando a Dios por esos pobres indios; y después que me acosté, mi corazón continuó yendo a Dios por ellos. ¡Oh, bendito sea Dios que puedo orar!».

Pero otras veces se sentía vacío de afecto o compasión por ellos. Él se culpa por predicar a las almas inmortales con tan poco ardor y con tan poco deseo por su salvación. Él amaba, pero anhelaba amar aún más.

Enfermedad y sufrimientos
Toda la comunidad cristiana se trasladó de Crossweeksung a Cran-berry en mayo de 1746, para tener su propia tierra y pueblo. Brainerd permaneció con ellos hasta que estuvo demasiado enfermo para ministrar. En agosto de ese año escribía: «Habiendo tenido sudor frío toda la noche, tosí mucha materia sangrienta esta mañana, y estuve en gran desorden de cuerpo, y no poca melancolía». Y en septiembre: «Ejercitado con una tos violenta y una fiebre considerable, no tenía apetito de ningún tipo de comida; y frecuentemente devolvía lo comido, aun sobre mi propia cama, por causa de los dolores en mi pecho y espalda. Era capaz, sin embargo, de cabalgar por el pueblo unas dos millas, todos los días, y cuidar de aquéllos que estaban construyendo una pequeña vivienda para mí entre los indios».

A menudo su agonía le hacía odiar su propia maldad interior. «Siento en mi alma que el infierno de corrupción todavía permanece en mí». A veces, este sentido de indignidad era tan intenso que se sentía expulsado de la presencia de Dios. Él llamaba a menudo su depresión un tipo de muerte. Hay por lo menos 22 lugares en el Diario donde él anhelaba la muerte como una libertad de su miseria.

A los sufrimientos físicos se añadía su propensión natural a la melancolía y la depresión. Lo que más lo afectaba era que su dolor mental impedía su ministerio y su devoción. A veces él quedaba simplemente inmovilizado por los dolores y ya no podía trabajar. «Pocas veces he estado tan confundido sintiendo mi propia esterilidad e ineptitud en mi trabajo, que ahora. ¡Oh, qué muerto, desalentado, yermo, improductivo me veo ahora! Mi espíritu está abatido, y mi fuerza corporal tan agotada, que no puedo hacer nada en absoluto».

Es asombroso cómo a menudo Brainerd siguió adelante con las necesidades prácticas de su trabajo a pesar de estas olas de desaliento.

En noviembre de 1746 Brainerd dejó Cranberry para pasar cuatro meses tratando de recuperarse en Elizabethtown. En marzo de 1747, Brainerd hizo una última visita a sus amigos indios y entonces viajó a casa deJonathan Edwards en Northampton, Massachussets. Estando allí, en el mes de mayo de 1747, los doctores le dijeron que su mal era incurable y que no viviría mucho tiempo. En los últimos dos meses de su vida el sufrimiento era increíble.

«Fue el más grande dolor que haya soportado jamás, teniendo un tipo raro de hipo que me estrangulaba y me hacía vomitar».
Edwards comenta que en la semana anterior a su muerte «me decía que era imposible concebir el dolor que sentía en su pecho. Manifestaba mucha preocupación para no deshonrar a Dios manifestando impaciencia bajo su extrema agonía; su dolor era tal que decía que el pensamiento de soportarlo un minuto más era casi insoportable. Y la noche antes de que él muriera dijo a quienes le acompañaban que morirse era cosa muy distinta a lo que las personas imaginaban».

Lo que impacta al lector de estos diarios no es sólo la severidad de los sufrimientos de Brainerd, sino sobre todo cuán implacable y constante era la enfermedad. Casi siempre estaba allí.
Brainerd estuvo solo gran parte de su ministerio. Sólo las últimas 19 semanas de su vida parecen haber estado endulzadas por la compañía de la delicada hija de Edwards, Jerusha, de 17 años, quien fue su fiel enfermera. Muchos especulan que hubo un profundo amor entre ellos, e, incluso un compromiso matrimonial. Pero lo cierto es que durante su ministerio él estuvo muy solo, y solamente podía derramar su alma delante de Dios. Pero Dios lo sostuvo y lo guardó en su camino.

Brainerd murió el 9 de octubre de 1747. Fue una corta vida, pero cuán fructífera: sólo veintinueve años; ocho de ellos como creyente, y sólo cuatro como misionero.

Ahora, ¿por qué la vida de Brainerd ha tenido tal impacto? Una razón obvia es que Jonathan Edwards tomó su Diario y lo publicó como ‘La vida de Brainerd’ en 1749. Pero, ¿por qué este libro nunca ha dejado de imprimirse? ¿Por qué John Wesley dijo: «Todo predicador debe leer cuidadosamente ‘La vida de Brainerd’»? ¿Por qué William Carey y Edwards consideraron ‘La Vida de Brainerd’ como un texto sagrado? Gideon Hawley, otro misionero, habló por muchos cuando escribió sobre sus esfuerzos como misionero en 1753: «Necesito grandemente algo más que humano para sostenerme. Leo mi Biblia y ‘La vida de Brainerd’, los únicos libros que traje conmigo, y de ellos obtengo mi apoyo».

¿Por qué ha tenido esta vida semejante impacto? La respuesta es que la vida de Brainerd es un testimonio real, poderoso de la verdad de que Dios puede y usa hombres débiles, enfermos, desalentados, abatidos, solitarios; santos que se esfuerzan, que claman a él día y noche, para lograr cosas asombrosas para su gloria.

La clave de su ministerio
Una de las razones por la cual la vida de Brainerd tiene tan poderosos efectos es que, a pesar de todos sus conflictos y cruel enfermedad, él nunca dejó su fe o su servicio. Le consumía la pasión por terminar su carrera y honrar a su Maestro, extender el reino y avanzar en la santidad personal.

Brainerd llamaba a su pasión por más santidad y más utilidad una clase de ‘grato dolor’. «Cuando realmente disfruto a Dios, siento más insaciable mi anhelo de él, y más inextinguible mi sed de santidad... ¡Oh, más santidad! ¡Oh, más de Dios en mi alma! ¡Oh, este grato dolor! Hace mi alma apurarse en pos de Dios... Oh, que yo no me rezague en mi carrera celestial!».
Él hizo suya la advertencia apostólica: «...aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos» (Efesios 5:16) Asumió el consejo: «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gál. 6:9) Él se esforzó por ser, como Pablo dice, «...creciendo en la obra del Señor» (1 Cor. 15:58).

«¡Oh, yo anhelaba llenar todos los momentos restantes para Dios! Sin embargo, mi cuerpo estaba tan débil y cansado; y yo quería estar toda la noche haciendo algo para Dios. A Dios el dador de estos refrigerios, sea gloria por siempre ...». «Mi alma fue refrescada y confortada, y yo no pude sino bendecir a Dios que me había habilitado en buena medida para ser fiel en el día pasado. ¡Oh, cuán dulce es ser gastado y usado por Dios!»

Entre los medios que Brainerd usó para buscar mayor santidad y utilidad, la oración y el ayuno fueron fundamentales. Leemos de él que pasaba días enteros en oración, u orando frecuentemente, a veces buscando una familia o un amigo para orar con ellos. Oraba para su propia santificación, oraba por la conversión y pureza de sus indios; oraba por el avance del reino de Cristo alrededor del mundo y sobre todo en América.

Una vez, visitando una casa de amigos, oró largamente con ellos: «Continué luchando con Dios en oración por mi querida manada pequeña; y sobre todo por los indios; así como por mis amados amigos en un lugar y otro; hasta que fue tiempo de ir a la cama, por no incomodar a la familia, ¡pero qué desagrado encontraba en consumir tiempo en el sueño!».

Y junto con la oración, Brainerd seguía la santidad y la utilidad de su servicio con el ayuno. Una y otra vez en su Diario cuenta de días ocupados ayunando. Ayunaba por guía cuando estaba perplejo sobre los próximos pasos de su ministerio. O simplemente ayunaba con la profunda esperanza de avanzar en su propia profundidad espiritual y utilidad para llevar vida a los indios. Cuando agonizaba en la casa de Edwards exhortaba a los ministros jóvenes que le visitaban a comprometerse en días frecuentes de oración y ayuno, por lo útil que esto era.

Asimismo, Brainerd ocupaba tiempo en el estudio y entremezclaba estas tres cosas. «Gasté gran parte del día escribiendo; pero entrelazaba la oración con mis estudios ...». «He ocupado este día en la oración, la lectura y en escribir; y disfruté alguna ayuda, sobre todo corrigiendo algunas ideas en cierto asunto». Siempre estaba escribiendo y pensando sobre temas espirituales.

La vida de Brainerd es una larga tensión agónica para redimir el tiempo, no cansarse en hacer el bien y crecer en la obra del Señor. Y lo que hace su vida tan poderosa es que él avanzó en esta pasión bajo los inmensos esfuerzos y penalidades que tuvo.

El legado de Brainerd
El legado de Brainerd lo recibió primera y directamente Jonathan Edwards, el gran pastor y teólogo de Northampton: «(Reconozco) con gratitud la graciosa dispensación de la Providencia para mí y mi familia permitiendo que él viniese a mi casa en su última enfermedad, y muriese aquí: para que nosotros tuviéramos oportunidad de conocerle y compartir con él, para mostrarle ternura en tales circunstancias, y para ver su conducta, oír sus discursos finales, recibir sus consejos, y para tener el beneficio de sus oraciones antes de morir».

Edwards dijo esto aun cuando debe haber sabido que el hecho de tener a Brainerd en su casa con esa enfermedad terrible costó la vida a su hija. Jerusha había cuidado a Brainerd durante las últimas semanas de su vida, y meses después que él murió, ella murió del mismo mal.

Como resultado del inmenso impacto de la ‘La vida de Brainerd’, escrita por Edwards, muchos misioneros famosos que testifican haber sido sostenidos e inspirados por la vida de Brainerd. Cuando Guillermo Carey leyó la historia de su vida consagró su vida al servicio de Cristo en las tinieblas de la India. Roberto McCheyne leyó su diario de vida y pasó su vida sirviendo entre los judíos. Enrique Martyn leyó su biografía y se entregó por completo para consumirse en un período de seis años y medio en el servicio de su Maestro en Persia. Andrew Murray solía decir del Diario de Brainerd: «¡Cómo estos ejemplos reprochan la falta de oración y la tibieza de la mayoría de las vidas cristianas!». Y recomendaba su lectura diciendo que sólo tres de sus páginas bastaban para influenciar positivamente a cualquier siervo de Dios.

¡Una vida tan joven, y tan hermosamente sacrificada en honor del Maestro!
Lo que David Brainerd escribió a su hermano, Israel, es para todos los cristianos de cualquier época un desafío: «Digo, ahora que estoy muriendo, que ni por todo lo que hay en el mundo habría yo vivido mi vida de otra manera».

Buscar este blog