martes, 13 de agosto de 2013

Enrique Federico Amiel

Enrique Federico Amiel

A este escritor suizo, que fue un poeta esclarecido y un filósofo muy complejo, le han denominado algunos críticos «una gran alma trágica». Y, realmente, no puede ser más acertada la denominación. Amiel sufrió durante su existencia una serie interminable de preocupaciones que angustiaron su espíritu, presa del morbo sutil, del lirismo de estudio, por lo cual le calificaron también de enfermo del ideal. Como tantos otros hombres superiores, el malogrado escritor ginebrino estuvo casi constantemente bajo la influencia de ese terror vago que hace mella aun en los temperamentos más fuertes y vigorosos.

Amiel, que era un hombre generoso y que había vivido siempre alejado de la vida rumorosa, encerróse en sí mismo y sintió intensamente los sufrimientos que atormentan a los grandes carácteres cuando, tras una rumia mental de años y lustros, se convencen de que se encuentran en una absoluta soledad ante el drama de la existencia.

Se ha dicho de Amiel que fue un hombre que desconfiaba de todo y que recogiéndose en el silencio de su gabinete de trabajo, entregábase a una meditación intensa, sin llegar a comprender los irrefrenables impulsos que agitan y conturban a la conciencia contemporánea.

Se ha dicho también que puede ser considerado como el mayor de los hermanos de muchísimos espíritus superiores que carecen de aptitud para compenetrarse con la realidad de la vida práctica, porque la enorme exuberancia mental les lleva a crearse una abstracta vida en que los fantasmas internos ocupan el lugar que debieran tener las representations objetivas.

Como filósofo, Amiel fue poco conocido; como poeta se le calificó injustamente de mediocre, y hasta hace treinta años la alta crítica no hizo justicia a los positivos méritos del pensador, que murió en 1881, en la ciudad de Ginebra, obscuramente y casi ignorado de sus propios conciudadanos. En España apenas se le conoce. Salvador Albert, el exquisito poeta y distinguido publicista catalán, le ha dedicado, recientemente, un notable y primeroso estudio crítico, que contiene datos y juicios que revisten extraordinario valor y contribuirán en no escasa medida, a reconstituir la personalidad del desventurado pensador helvético.

Enrique Federico Amiel era descendiente de una familia francesa que cuando el edicto de Nantes buscó refugio en la República Helvética. Desde mozo dio relevantes pruebas de sus excelentes cualidades para el estudio, por lo cual sus padres le enviaron a Alemania a cursar filosofía. Fue alumno de la Universidad de Heidelberg primero y poco después de la de Berlín, terminando su carrera en 1859. Al regresar a Suiza en 1853 fue nombrado profesor de Estética y después de Filosofía, en la Academia de Ginebra. A partir de esta época, Amiel consagróse por completo a la vida interna, sin otro propósito que el de dar forma a las inquietudes que agitaban su espíritu.
Como filósofo, su pensamiento fluctuó constantemente y jamás supo librarse de una indecisión que le impidió hacer una obra definitiva. Alma compleja como pocas, la suya vaciló constantemente, presa en la red de hipótesis antagónicas que se han formulado acerca del misterio de la Vida y del Universo. A pesar de sus reiterados esfuerzos intelectuales, no logró disipar sus dudas y cada vez su alma solitaria se hallaba más perpleja ante los enormes abismos que le representaban sus continuos análisis. El bien y el mal, la divinidad y la fatalidad se aparecían ante su espíritu, sin que el filósofo acertara a adoptar una posición y formular un juicio respecto a los problemas intrincados cuya solución le apasionaba cada instante más. En unas ocasiones, Amiel se sentía invadido por un aura de confianza y la esperanza renacía en lo íntimo de su ser. En otras, la tristeza y [31] la desolación se apoderaban de su ánimo, sumiéndole en la más atroz de las desesperaciones. En unos instantes diríase que era un creyente fervoroso; en otros, en cambio, podría calificársele de nihilista. Cuando le abandonaba la confianza se exasperaba hasta el extremo de proclamar que la destrucción era la ley de la vida. Por el contrario, cuando renacía en él un leve soplo de entusiasmo por la especulación, sorprendía por los matices que acertaba a infundir en sus máximas, llenas de cordialidad y de unción.
Amiel es uno de esos filósofes autodidactos a quienes es absolutamente imposible clasificar, porque no caben en ningún sistema filosófico orgánico. Era un latino saturado de pensamiento alemán, que había surgido en el ocaso de un mundo y en la aurora de otro; por una parte sentía la nostalgia del pasado y por otra ansiaba vehementísimamente columbrar el porvenir.

A pesar de lo difícil que es trazar la filiación del gran pensador, puede afirmarse que en sus obras se observa un gran predominio del criticismo en la forma, tan corriente, del diletantismo contemporáneo, que, como es sabido, fue la escuela del escepticismo moderno, que no encuadra en ninguna dirección del pensamiento, y considera la verdad como relativo error, denominando a los errores verdades que fueron. Pero para juzgar a este escritor no se ha de escudriñar el pensamiento filosófico, en donde las contradicciones obscurecen el vigor lógico de las ideas, sino que toda la grandeza de Amiel hay que buscarla en la tragedia interior, que supo resistir heroicamente durante cerca de cuarenta años; en las luchas afanosas y los estragos íntimos de su alma, que ocultó a las miradas indiscretas de sus amigos y adversarios; en la tortura que experimentó cuando tras una serie interminable de reflexiones llegaba a convencerse de cuán lejana estaba la visión de un ideal altísimo y de la impotencia humana para convertirlo en acto.

Es indudable que contribuyó no poco a la formación mental de Amiel su permanencia en Alemania, donde el ambiente brumoso y monótono de la vieja ciudad de Heidelberg le inundó el alma de melancolía. Allí fue donde adquirió su tendencia hacia ese espiritualismo vago y difuso que tan admirablemente se refleja en sus ensayos poéticos Grains de mil (1858), Pensieroso (1858), [32] La part du Rève (1863 y 1876), en los cuales se advierte, a través de una belleza y pulcritud de forma, el estado caótico en que se hallaba Amiel, que fue un náufrago, un incomprendido, que se sentía por dentro muy desdichado y completamente vencido, porque constantemente el deseo febricitante de alcanzar las últimas perfecciones lo sumía en un estado de aplanamiento y algunas veces, cuando trataba de sobreponerse, le invadía el delirio de las insuperables grandezas.

Durante toda su vida osciló entre el pesimismo abrumador y el afán de llegar súbitamente al descubrimiento de los arcanos de la existencia. En L'escalade de 1602 (1875), Charles le Temèraire (1876), Romancer historique (1877) y Jour a jour (1880) se observa cuánto influyeron en Amiel las teorías filosóficas fundadas en una concepción teórica y desconsoladora de la vida. Reflejan asimismo estas obras los ensueños de su alma torturada por el ansia de su intelecto, que trataba de dar vida a una obra inmortal que encerrase en una forma perdurable la belleza eterna. Amiel quiso revivir el divino anhelo de otros tiempos, sin tener en cuenta que en la Historia cada época ofrece sus características peculiares y aun privativas.

Enamorado de los poemas alemanes, tradujo correctamente al francés algunas composiciones que coleccionó en un volumen intitulado Les etrangéres (1876).

Su producción intelectual que más llamó la atención del público suizo, fue el ensayo J. J. Rousseau jugé par les genevois d'aujourd'hui (1879), que fue la única obra que sus contemporáneos pudieron comprender, porque en ella se mostraba Amiel menos subjetivo que en las demás.

Pero la obra más trascendental del malogrado filósofo y poeta es, sin dada, los fragmentos de su dietario, que su fraternal amigo Edmundo Scherer dio a la estampa después del fallecimiento de Amiel. Este libro es un modelo de Memorias íntimas que será imperecedero, porque es uno de los más profundos en cuanto al sentimiento y uno de los más elevados en la esfera del pensar y constituye un documento admirable en cuyas páginas se transparentan las congojas del alma humana. Es posible que con el transcurso del tiempo se olviden las obras poéticas y filosóficas de Amiel, naufragando en el silencio [33] que suele acompañar a todas las obras que no tienen el sello de la originalidad. Pero el Journal intime es inolvidable, porque a más de las razones expuestas, la personalidad del filósofo ginebrino alienta en los relatos, llenos de sinceridad y de ese dolor que por calar tan hondo en las almas no es posible expresarlo con palabras.

Como drama de pensamiento no existe, que yo sepa, en ninguna literatura contemporánea obra alguna que le iguale en veracidad y en grandeza. En ella refleja Amiel, paso a paso, con hermoso lenguaje poético, todas las etapas de su vida dolorosísima. Todo el libro parece ungido por la esencia de la propia alma de Amiel, transparentando las esperanzas y las desilusiones, la pena inmensa que experimentaba al hallarse ante una realidad inexorable quien, como él, tenía una devoción religiosa por lo infinito.

El Journal intime puede considerarse como el testamento que legó Amiel a los espíritus generosos, pues en forma de confesión narró esas vidas silenciosas, en perpetua lucha consigo mismas, ante lo que G. Papini llama Il tragico cuotidiano.

Aunque tarde, la crítica rindió a Federico Amiel el honor que merecía el pensador abnegado, que consagró todos los esfuerzos de su espíritu torturado, a escrutar en los enigmas que ensombrecen el paso por la vida para ver si llegaba a descubrir una fórmula que convirtiese el ideal suspirado en realidad.
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http://www.filosofia.org/aut/svc/1922p029.htm

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