jueves, 30 de abril de 2009

Julianillo

Julianillo

Julián Hernandez, nacido en Castilla, España, fue uno de los mártires de la Reforma Protestante del siglo XVI.
Su apodo “Julianillo” devenía de su apariencia frágil, muy delgado, de piel fina y poca estatura, esto último, en parte debido a su marcada cifosis.

Había trabajado en Alemania y los Países bajos. Allí aprendió el oficio de cajista de imprenta y conoció las ideas de la Reforma, las que abrazó con inmensurable pasión. Algunos historiadores sostienen que trabajó con Martín Lutero en la impresión de las primeras Biblias traducidas al idioma germano, así como en diversas publicaciones de éste y otros reformadores.

Julián Hernández, además de poseer una fe inmensa, abrigaba un intenso sentimiento patriótico, algo habitual de ver en muchos protestantes de su época. Desde esta perspectiva, deseaba compartir con sus conciudadanos las Buenas Nuevas que había conocido. En la península ibérica el oscurantismo era profundo, y Hernández entendía que una herramienta fundamental para hacer salir a su pueblo del atraso, era que la gente común aprendiera a leer y escribir, y muy especialmente que conozca la Verdad, tal como él la concebía.
Con esta idea, se abocó de lleno a la tarea de llevar la luz a los españoles. La misión sería arriesgada, pues eran tiempos no solo de ignorancia, sino también de intolerancia y crueldad.

Llevando la Palabra a sus compatriotas

Junto a otros reformadores, algunos españoles, muchos de ellos judíos conversos, participó en la edición del primer Nuevo Testamento en idioma español, fruto de la labor traductora del Dr. Juan Pérez de Pineda.
A pesar de ciertas dificultades, esta primera etapa se completó exitosamente. Pero lo peor estaba en el paso siguiente: Ingresar los ejemplares a España y distribuirlos. Cualquiera que fuese atrapado transportándolos o simplemente poseyéndolos sería quemado en la hoguera.
Hernández era plenamente conciente de ello, tan conciente como lo era de su vocación irrenunciable.

Tras la fachada de un vendedor de telas (ocupación que en realidad cumplía) escondía su verdadero objetivo: Contrabandear Nuevos Testamentos.
Viajando a través de toda España, se contactaba con los protestantes dispersos u ocultos y les llevaba la perla de la Palabra, y noticias de sus hermanos.

De la Roa, sacerdote y escritor católico, escribió en su libro Historia de la Compañía de Jesús en Sevilla, refiriéndose a Julianillo:
“Con increíble habilidad, encontraba entradas y salidas secretas, y el veneno de la nueva herejía se divulgó con gran velocidad por toda Castilla y Andalucía (...) Adonde ponía su pie comenzaba el incendio (...) Él mismo, enseñó a los hombres y las mujeres en los malas doctrinas de los reformadores, logrando su fin con demasiado acierto, especialmente en Sevilla, donde formó, gracias a esto, un verdadero nido de herejes”
A todo esto, Julián Hernández solía decir: “Todos los que se crucen en mi camino, oirán mi testimonio”.

Traición y martirio

Se cuenta que un día, mientras predicaba en las afueras de Sevilla, compartió el Mensaje de Salvación con un poblador que oficiaba como herrero, obsequiándole un ejemplar del Nuevo Testamento. Este hombre lo delató ante las autoridades, de manera que Hernández debió huir rápidamente.
Por un tiempo logró ocultarse de las garras de la “Santa Inquisición”. Pero la pasión por su llamado pudo más que su instinto vital.
Continuó predicando y distribuyendo las Escrituras. Una vez más sería descubierto. Ahora, sería una mujer quien habría de entregarlo. Hernández le había predicado, y ésta se mostró muy interesada por lo que aquél no dudó en regalarle un ejemplar del Nuevo Testamento. Pero la mujer inmediatamente fue a dar aviso a los inquisidores.
"Julianillo" huyó, pero enseguida fue atrapado en Adamuz, Córdoba, y enviado a una cárcel en Sevilla.
Allí, el Tribunal del Santo Oficio se ensañó con el predicador. Después de haberlo sometido a las más crueles e inimaginables torturas, y de haberle desarticulado la mayoría de sus huesos en el “potro”, fue puesto en una pica en donde se lo quemó vivo.
Esto ocurrió en Sevilla el 22 de diciembre de 1560.

Los testigos cuentan que “Julianillo”, cantaba un villancico mientras era trasladado a la pira donde habría de morir.
“¡Vencidos los frailes, vencidos van! ¡Corridos los lobos, corridos van!”

Su legado

Si bien la Inquisición española logró frenar la expansión protestante en la península, no pudo matar las ideas.
Se cuenta que Hernández escondió algunos ejemplares del Nuevo Testamento en el lugar menos pensado para buscar: en un convento.
Esta muestra de extraordinaria audacia tendría frutos no menos extraordinarios.
La Palabra llegaría a manos de los propios monjes, muchos de los cuales serían movilizados por ella. En el convento de San Isidro, el lugar donde Hernández había escondido sus ejemplares, se encontraban nada más y nada menos que Cipriano de Valera y Casiodoro de Reina.
Ellos, y otros sacerdotes, llegaron a conocer la Verdad del Evangelio, por lo que fueron considerados protestante herejes, debiendo huir del país para salvarse de la muerte a manos de la Inquisición.
La versión completa de la Biblia en español traducida por Casiodoro de Reina y luego corregida por Cipriano de Valera (conocida como la Biblia Reina Valera) ha sido la herramienta más poderosa que se haya conocido para la difusión del Evangelio en el mundo hispano, trascendiendo los tiempos y continentes.

¡Gracias Julianillo!

Patricia Rubin - Daniel E. Dañeiluk
http://todosprotestantes.com/

3 comentarios:

David Sanchez dijo...

Gloria a Dios! por tal valentia de un hombre que para el mundo pudo verse como insignificante ''JULIANILLO'' pero para Dios un instrumento fuerte y clave.

Esta es una de las historias mas impactamnte del protestanismo, sin dejar de mencionar su veracidad.

Dios les bendiga!

Norberto dijo...

Romanos 12:1 al 3 es un buen ejemplo que hace realidad la osadia de ese precioso hermano Julianillo. Ofrecio su cuerpo en sacrificio vivo agradable a DIOS QUE ES NUESTRO CULTO RACIONAL. Realmente hacen falta mas Julianillos. Bendiciones.

Norberto

Miguel Montero dijo...

Este es un extraordinario hombre cuya valor, sacrificio y audacia nos alientan a seguir en la predicación del evangelio de Cristo.
Què tiempos aquellos y que crueldad y falta de amor mostraron estos esbirros de Torquemada!

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