domingo, 28 de marzo de 2010

André Frossard

Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: catholic.net
André Frossard
Ha sido un momento breve. André sale a la calle con su amigo, que lo observa con preocupación. “¿Pero qué te pasa”? André responde: “Soy católico...” Willemin está atónito. André sigue: “apostólico y romano”. Dios existe, y todo es verdad
André Frossard
André Frossard


André Frossard, pensador francés del siglo XX, había nacido el 14 de enero de 1915 en Colombier-Châtelot (Francia). Su educación fue completamente atea o, mejor, ni siquiera atea: en su ambiente familiar se pensaba que ya era “anticuado” el oponerse a los creyentes, el luchar contra la religión. La religión no tenía ningún valor: no valía ni siquiera para ser combatida...

Su padre, Ludovic Oscar Frossard, con sólo 28 años, había llegado a ser secretario general del Partido socialista francés. A los 30 años, Ludovic se convirtió en el primer secretario general del partido comunista. Luego volvió a las filas del partido socialista, y trabajó en diversos cargos políticos de importancia: parlamentario y, por muy breves periodos de tiempo, también ministro.

André respira y acoge en casa las ideas socialistas y comunistas con la naturalidad de quien cree en todo lo que le dicen sus seres más queridos. Por eso ve extraño lo que hacen los “negros”, es decir, los cristianos que viven en el mundo de su infancia. No comprende por qué rezan tanto, por qué cantan. Sí: en las navidades los “negros” parecían más alegres, pero nada más. En casa Frossard las navidades eran simplemente una fiesta laica, con regalos y comidas especiales, pero sin recordar a nadie, sin tener el más mínimo carácter religioso.

En su región había también numerosos judíos. Pero ni cristianos ni judíos le hablaron nunca de Dios. Para André lo único que existía era una naturaleza que las “izquierdas” esperaban dominar con la ciencia y con el progreso. Lo demás (dioses, religiones) era el pasado, lo extraño, lo enemigo del progreso.

En un escrito autobiográfico (“Dios existe, yo me lo encontré”, p. 26), André refleja cual era su modo de ver el mundo y la vida: “El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios”. En una fórmula que resume su ateísmo, declara:“Éramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo... El ateísmo perfecto no era ya el que negaba la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema”.

Cuando la carrera política de su padre lleva a la familia a París, André tiene frente a su cama un retrato de Marx. Ese retrato le fascina. Piensa que la ideología de aquel hombre era algo certero, indestructible. Veía el marxismo como una promesa, casi una especie de religión secular, en la que no había un Dios padre y, por lo tanto, en la que los hombres no eran hermanos, sino, simplemente, “camaradas”.

La niñez tranquila de André, su mundo de certezas de “izquierdista” por tradición, empieza a llenarse de problemas. Los estudios van mal, se escapa muchas veces de la escuela, nada parece interesarle de veras, menos un apasionado amor al arte, al dibujo, a las formas arquitectónicas.

Como no tiene la menor idea de lo que sea el pecado, vive la adolescencia con una libertad moral ilimitada, lo cual le permite hacer nuevas experiencias, sin escrúpulos, sin remordimientos. La vida es bella, aunque también hay que ganarse el pan, hay que situarse en el mundo del trabajo... cuando uno no tiene el menor deseo de trabajar.

Su padre habla con él seriamente, y le invita a probar en el mundo del periodismo. André recoge noticias, redacta los primeros artículos. También hace las primeras experiencias como político, y consigue arrastrar a un buen grupo de jóvenes al partido socialista.

Cuando André tiene alrededor de 18 años, inicia una curiosa amistad con un joven mayor que él. Amistad extraña, pues aquel joven de unos 23 años, Willemin, había recuperado la fe después de haberla perdido a los 15 años, y tenía puntos de vista muy diferentes de los del hijo de Ludovic Oscar Frossard.

Se establece entre los dos una profunda simbiosis. André y Willemin discuten, discuten, para ver quién arrastra al otro a su partido. Parece que hay un empate total, pues después de cada conversación los dos mantienen, inamovibles, sus respectivos puntos de vista.

El tiempo pasa, y André ya tiene 20 años. La vida no le resulta desagradable, y las aventuras amorosas le permiten satisfacciones pasajeras e intensas. El verano de 1935, sin embargo, se prepara una sorpresa, algo inesperado, algo extraño.

Es el día 8 de julio. André acaba de conocer a una chica alemana que “promete” una buena aventura amorosa (sin mayores compromisos). Está muy ilusionado y satisfecho con lo que la vida le está dando. Willemin lo invita una tarde a cenar juntos. Antes quiere rezar en una iglesia. Cogen el coche, y vagan por las calles de París.

¿Cuál es el estado de ánimo de André en ese momento de su vida? Según sus palabras, todo “va bien”. “Mi salud es buena; soy feliz, tanto como se puede ser y saberse; la velada se presenta agradable, y espero”(“Dios existe”, p. 151).

Willemin detiene el coche junto a una iglesia. Le pide a André que aguarde unos momentos, que tiene que hacer algo allí dentro. André espera tranquilo, indiferente. El tiempo pasa, y Willemin tarda en salir. Al final, André se decide a entrar para buscar a su amigo, para ver por qué tarda tanto.

Leamos un párrafo de su entrada: “Ateo tranquilo, nada sé evidentemente cuando, cansado de esperar el fin de las incomprensibles devociones que retienen a mi compañero algo más de lo que había previsto, empujo a mi vez la puertecita de hierro para examinar más de cerca, como dibujante, como mirón, el edificio en el que estoy tentado de decir que se eterniza (de hecho, le habría esperado, todo lo más, tres o cuatro minutos)” (“Dios existe”, p. 153).

André está dentro de ese extraño edificio. Observa los detalles arquitectónicos y artísticos de una iglesia neogótica. Busca en la penumbra a su amigo. Observa a un grupo de religiosas que están rezando ante Jesús Sacramentado, y a algunos fieles. Sus ojos escrutan, una y otra vez, para vislumbrar a Willemin.

De repente, algo ocurre, se abre un horizonte inesperado. Le dejamos describir lo que pasó en esos momentos cruciales, decisivos, imprevistos.

“Mi mirada pasa de la sombra a la luz, vuelve a la concurrencia sin traer ningún pensamiento, va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar: luego, ignoro por qué, se fija en el segundo cirio que arde a la izquierda de la cruz. No el primero, ni el tercero, el segundo. Entonces se desencadena, bruscamente, la serie de prodigios cuya inexorable violencia va a desmantelar en un instante el ser absurdo que soy y va a traer al mundo, deslumbrado, el niño que jamás he sido.

Antes que nada, me son sugeridas estas palabras: vida espiritual. No me son dichas, no las formo yo mismo, las escucho como si fuesen pronunciadas cerca de mí, en voz baja, por una persona que vería lo que yo no veo aún.

La última sílaba de este preludio murmurado, alcanza apenas en mí la orilla de lo consciente que comienza una avalancha al revés. No digo que el cielo se abre; no se abre, se eleva, se alza de pronto, fulguración silenciosa, de esta insospechada capilla en la que se encontraba milagrosamente incluido. ¿Cómo describir con estas palabras huidizas, que me niegan sus servicios y amenazan con interceptar mis pensamientos para depositarlos en el almacén de las quimeras?

El pintor a quien fuera dado entrever colores desconocidos, ¿con qué los pintaría? Es un cristal indestructible, de una transparencia infinita, de una luminosidad casi insostenible (un grado más me aniquilaría) y más bien azul; un mundo, un mundo distinto de un resplandor y de una densidad que despiden al nuestro a las sombras frágiles de los sueños incompletos.
Él es la realidad, él es la verdad, la veo desde la ribera oscura donde aún estoy retenido. Hay un orden en el universo, y en su vértice, más allá de este velo de bruma resplandeciente, la evidencia de Dios; la evidencia hecha presencia y la evidencia hecha persona de Aquel mismo a quien yo habría negado un momento antes, a quien los cristianos llaman Padre nuestro, y del que me doy cuenta de que es dulce; con una dulzura semejante a ninguna otra, que no es la cualidad pasiva que se designa a veces con ese nombre, sino una dulzura activa que quiebra, que excede a toda violencia, capaz de hacer que estalle la piedra más dura y, más duro que la piedra, el corazón humano.

Su irrupción desplegada, plenaria, se acompaña de una alegría que no es sino la exultación del salvado, la alegría del náugrafo recogido a tiempo; con la diferencia, sin embargo, de que es en el momento en que soy izado hacia la salvación cuando tomo conciencia del lodo en que, sin saberlo, estaba hundido, y me pregunto, al verme aún con medio cuerpo atrapado por él, cómo he podido vivir allí, respirar allí.

Al mismo tiempo me ha sido dada una nueva familia, que es la Iglesia, que tiene a su cargo conducirme a donde haga falta que vaya; bien entendido que, a pesar de las apariencias, me queda alguna distancia que franquear y que no podría ser abolida más que por la inversión de la gravedad.

Todas estas sensaciones que me esfuerzo por traducir al lenguaje inadecuado de las ideas y de las imágenes son simultáneas, comprendidas unas en otras, y pasados los años no habré agotado el contenido. Todo está dominado por la presencia, más allá y a través de una inmensa asamblea, de Aquel cuyo nombre jamás podría escribir sin que me viniese el temor de herir su ternura, ante Quien tengo la dicha de ser un niño perdonado, que se despierta para saber que todo es regalo”
(“Dios existe”, pp. 156-160).

Ha sido un momento breve. André sale a la calle con su amigo, que lo observa con preocupación. “¿Pero qué te pasa”? André responde: “Soy católico...” Willemin está atónito. André sigue: “apostólico y romano”.Willemin no comprende qué ha ocurrido, ve los ojos de André desorbitados, misteriosos. André insiste: “Dios existe, y todo es verdad”.

El milagro se prolonga por un mes. “Cada mañana volvía a encontrar, con éxtasis, esa luz que hacía palidecer el día, esa dulzura que nunca habría de olvidar y que es toda mi ciencia teológica” (“Dios existe”, p. 163). Cuando deja de repetirse el prodigio, André acude a un sacerdote y se instruye sobre las verdades fundamentales de la fe cristiana. Quiere ser bautizado, quiere ser miembro de la Iglesia.

Los familiares no comprenden lo que pasa. Su padre piensa que el hijo se ha vuelto loco. Pide ayuda a un amigo médico, socialista y ateo, para que haga un diagnóstico. El médico va a casa y conversa con André, sin dar a entender de que lo está interrogando. Después ofrece el diagnóstico a Ludovic Oscar: su hijo está bajo los efectos de la “gracia”. Es algo no muy peligroso, algo por lo que no hay que inquietarse demasiado. Quizá todo pasará (llegará la “curación”) después de unos dos años.

La historia fue otra. André Frossard conservó vivo, fresco, el recuerdo de ese encuentro, de esa presencia de un Dios dulce, bueno, misericordioso. Algunos amigos creyentes le avisaron de que tal vez pasaría su gozo, de que su Navidad de ahora debería ser purificada.

André pensaba que esto nunca ocurriría. Pero se equivocó. Llegó el momento de la prueba, las lágrimas llamaron a su familia. “Hubo un Viernes Santo y hubo un Sábado Santo, silencio donde muere un grito” (“Dios existe”, p. 166).

La prueba, sin embargo, no destruye la certeza nacida de la experiencia, del encuentro: Dios es amor. El testimonio de André Frossard termina con una frase breve, lacónica, expresiva al máximo, que en cierto modo recoge la experiencia que cambió su vida: “Amor, para llamarte así, la eternidad será corta”.

(Los textos han sido tomados de la siguiente versión española: André Frossard, “Dios existe. Yo me lo encontré”, Rialp, Madrid 1990, 13ª edición. André Frossard falleció el 2 de febrero de 1995. Es conocido por su amistad con los Papas Pablo VI y Juan Pablo II).

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