jueves, 11 de julio de 2013

JOHN NELSON DARBY

JOHN NELSON DARBY


«IGNORADO, MAS CONOCIDO» (2ª Co. 6:9)

BREVE RESUMEN DE SU VIDA Y MINISTERIO COMPENDIADO DE SU CORRESPONDENCIA


John Nelson Darby

  • Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es vano.(1 Co. 15:58.)
 El cartero se cruzó en la calle con una señora conocida.

—Buenos días, Sra. Reguant. Tengo carta para Vd.; tómela, por favor, y me ahorra llegar hasta su casa.

—Gracias, señor. —Lidia tomó la carta, y al llegar a su vivienda, la abrió sin dilación. Era de su esposo. He aquí su contenido:
Castellformós, 14 de Septiembre de 197…

A Lidia Serra. Vilargent.

Amada esposa y hermana en el Señor:

Me veo precisado a enviarte dos líneas apresuradamente, para notificarte que mi regreso no será como había previsto, el próximo martes. Tengo por cierto que el Señor va a retenerme aquí bastante tiempo. Las almas tienen sed de la Palabra de Dios. La gracia les ganó y están gozosas, pero precisan ser confirmadas y enderezadas en la verdad que acaban de conocer.

Yo sé que aceptarás este tiempo sin mi compañía, pues conozco sobradamente la consagración de tu espíritu al servicio del Maestro. Tu vida —a través de los años de nuestro matrimonio— ha sido una constante renuncia, silenciosa y sin reivindicaciones, por amor a los demás. Las horas que pasaste solitaria a ojos humanos fueron para ti una escuela de gozo, por la suficiencia de la compañía invisible, pero no menos real, del bendito Peregrino que siempre te acompañó, y la guía y dirección del Espíritu Santo imprimieron consolación a tu alma.

Rindo este tributo de admiración a la compañera que Dios me dio, la cual muchas veces animó con ternura fraterna mi espíritu abatido por el combate, y también me ayudó en mis debilidades; instrumento de Dios en bendición para mi vida en Cristo. Ha sido para mí, a la vez, un privilegio poderte ser útil en los desfallecimientos de un corazón demasiado sensible al dolor, y sobre todo al dolor de los demás.

Los años han marcado tu negro cabello con hebras de plata, pero también tu corazón con la suficiencia en la confianza y el reposo en Aquel que jamás defrauda a los que esperan y confían en Él.

Cuídate y saluda a mis amados hermanos en la fe; particularmente a Ricardo y a Pedro, con quienes hemos sufrido un poco, pero gozado un mucho en el Señor.

Mucho me alegraré de que mi ausencia no sea causa para que cesen las reuniones que en casa asiduamente teníamos. Que el Señor os sea propicio, para provecho y bendición.

Te iré escribiendo, teniéndote al corriente de la obra en este lugar. Entre tanto, amada, quedas siempre en mi memoria y en el tierno afecto de mi corazón, como esposa y hermana en Cristo nuestra esperanza.

Juan.

La lectura de esta carta, produjo en Lidia, un sentimiento de resignación, pero, después, el ejercicio responsable de la compañera de un hombre de Dios; hombre sencillo, pero consagrado al servicio del Maestro. Su esposo la alababa con entusiasmo. La carta era un fiel reflejo del sentir de Juan por su esposa, pero aunque tal vez el amor sobrevaloraba un poquito las cualidades de Lidia, había en ella una bendita realidad: era una buena esposa, una buena madre y una abnegada, servicial e inteligente hermana.

He aquí pues, otra vez, la casa de nuestros amigos.

El timbre sonó; Lidia abrió la puerta, y Roura, afable, tomó la mano que su hermana en la fe le tendía.

—Entra, entra. Aún tengo la carta sobre la mesa. Juan, tal vez tardará un tiempo en volver. Hay bendición allá, y él siente el afecto de un padre por esos hermanos. No quiere dejarlos solos; son muy tiernos todavía.

—¿Un padre, dices? Sí, es un padre. Para mí ha sido eso —dijo Roura—. Él un padre, y tú, una hermana paciente.

—Bueno, hombre, él también tuvo un padre espiritual, y yo una madre, pues en la familia de Dios existen esos estados y esos lazos. Todo lo dispensa el Padre Celestial, origen de toda bendición, pero… ¿de dónde vienes con maletín y ropa de viaje? —preguntó Lidia.

—Estuve en Lérida un par de días a causa de la venta de la fruta que allí tengo, pero ahora, gracias a Dios, otra vez en Vilargent; terminé mis comisiones allá. Al bajar en la estación —como que está cerca—, pensé: voy a ver si Juan regresó o regresa pronto. Por eso me ves así, y a esta hora.

—No, ya ves que no. Pero Juan escribe (aparte de enviar muchos saludos para todos, especialmente para Ricardo y para ti), que me hagáis un poco de compañía, como cuando él está. Os agradeceré pues, que no tengáis a esta solitaria (casi anciana), desamparada, dijo con una confiada sonrisa.

—¿Cómo? Vendremos como siempre. Me voy, Lidia. A la tarde iré a buscar a Ricardo y pasaremos un buen rato en este hogar bendito.

Y fue así. Ambos subían gozosos por el conocido camino de siempre y, llegados, entraron saludando a la dueña de la casa, y preguntados por la salud, las circunstancias de la vida diaria y la familia, Lidia dio las noticias que eran de provecho, para el conocimiento de los hermanos.

—Es un privilegio —dijo Roura—, que tengamos a Juan. Dios le ha dotado de energía y de tacto a la vez. Además de equilibrio y facultades en el discernimiento de la Palabra. Ahora está haciendo la obra suya; la obra paciente y sabia de apacentar a los corderos del Señor. Se le puede aplicar que «cuando apareciere el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria». (1 P 5:4).

—Eres muy generoso con la apreciación que tienes de Juan, pero a él no le digas esto. Es un hombre como los demás y podría envanecerse. Satanás es muy astuto e incluso trata de sacar provecho de los sentimientos sinceros que tenemos hacia los hermanos —dijo Lidia.

—Sí, claro —terció Graells—, pero aquí en la intimidad y en su ausencia, el corazón se ensancha por el afecto que le tenemos en Cristo. Me gustaría tanto poderle acompañar en este servicio …, pero el Señor da a cada cual su propio trabajo.

—Ahora que hablas de trabajo y de servicio, recuerdo el hecho de que estoy leyendo una literatura muy edificante e instructiva, a la par que interesante. Tengo en casa la colección completa del Messager Evangelique, editado en la Suiza de habla francesa, desde hace ya ciento diecisiete años (son muy constantes esos hermanos). Como que poseo un índice de todos los temas que existen en la colección, he ido separando todas las cartas del Sr. Darby, desde 1832, hasta 1882, año en que murió. No sé, pero hay muchas. Tal vez quinientas. Aunque mi conocimiento del francés no es tan perfecto como yo deseara, su lectura me es bastante familiar, si se trata especialmente de las cosas del Señor, y así empecé a leer, sin orden, algunas de ellas que, dicho sea de paso, me han llamado poderosamente la atención. Después las he ordenado por fechas, para seguir su obra con un orden cronológico, y mi interés ha ido creciendo. ¡Es una maravilla! He dejado, de momento, la tarea de leer, y estaba pensando en algo que quiero exponeros y que puede ser de utilidad.

»Hay un trabajo laborioso y paciente a realizar. Tampoco propongo la cosa como siendo inmediata, pero me gustaría que cuando Dios nos conceda que Juan vuelva, nos hallara ocupados en algo que seguramente le depararía una agradable sorpresa. Digo “nos hallara”, porque yo solo no puedo llevarlo a cabo, ni por tiempo ni por capacidades. Pero colaboraré y os ayudaré con todas mis fuerzas. Esto es algo en que Lidia puede ser útil; muy útil. Seguramente más que nadie. En primer lugar es la hormiga tenaz, y en segundo, conoce la lengua francesa más y mejor que todos nosotros, y además entiende lo que lee con ventaja sobre mí.

—Y sobre mí, añadió Graells.

—Por favor, hermanos hoy es el día de las alabanzas para el matrimonio Reguant. No seáis tan entusiastas en cuanto a nosotros. El incienso para el Señor. Pero vamos a ver, tenemos derecho —ya que nos propones un trabajo— a saber no sólo el principio, sino también el final. Has leído, has clasificado, y ahora, ¿de qué se trata? —preguntó Lidia.

—Pues se trata de lo siguiente —y Roura continuó—: Tengo la idea de compaginar un resumen de las actividades de J. N. D., tomando como fuente de información sus conocidas cartas. Esto abarca un período de cincuenta años, y ellas dan cuenta de todos sus viajes en su país y en el extranjero, que fueron muchos. No olvidemos que eran los inicios del ferrocarril y de la navegación a vapor, pero aún se usaba la diligencia en todos los desplazamientos locales y comarcales, sin olvidar el caballo, amén de, por multitud de parajes, las insoslayables marchas a pie. Pero no se trata de sus viajes solamente (esto es lo menos importante). Lo más interesante son sus consejos, su servicio en favor de todos, la predicación de la palabra de Gracia, el magisterio que impartió a las ovejas y corderos del rebaño de Cristo. Hombre dotado de una inteligencia singular y de una vasta cultura, pudo luchar contra la incredulidad, contra el racionalismo que invadía Inglaterra en aquel entonces, contra las herejías; es decir, como fiel paladín de la verdad de Dios, fue hombre de brecha y de lucha aun a su pesar. No era contencioso, sino sufrido, paciente, tolerante (salvo contra el mal que empañaba la gloria y los derechos de Dios en la Asamblea). No se preocupaba de su persona, pero sí de lo que afectaba a los intereses de Cristo. En fin, yo soy un hombre entusiasmado con su ministerio, y he recibido y recibo aún tanto bien, que no me cansaría de prodigar elogios a su persona, ahora que no puedo dañarle con mi admiración. Pensaba ordenar un poco sus temas, siguiendo un orden de tiempo según la fecha de sus cartas, pero lo veo muy difícil, por el hecho de que los mismos temas, con determinadas variantes, los hallamos a través de todas sus cartas. Es una lástima, pues uno se da cuenta de que su peso era más efectivo, a medida. que transcurrían los años. Así, he optado por señalar una temática, sin tener demasiado en cuenta la cronología. Por lo general sus conclusiones eran siempre sabias, presentadas con poder y enfatizando la verdad, que por otra parte, se recomienda a sí misma. En fin, podría extenderme más, pero os adelanto solamente la idea. Si cristalizará o no, no lo sé. Dios lo sabe. Tú, Ricardo, también tienes esa colección y en la estantería de Juan también la he visto.

—Si yo la adquirí, fue por vuestro conducto y unos hermanos de Francia me proveyeron de ella; me la regalaron. Esto no tiene precio.

—Sí, es bien cierto que la tenemos, y conocemos y admiramos el valor inestimable de estos cuadernos que, desde antes de la guerra franco prusiana, han llegado hasta nuestros días. Han pasado muchas cosas en ciento diecisiete años. Tanto en el mundo como en la Cristiandad, y también en el Testimonio.

»¡Qué temas de meditación hallamos! Libros debidos a la pluma de los que nos precedieron. Aquellos hombres de la primera generación del Testimonio, que vivieron tan cerca de Dios, en la dependencia del Espíritu Santo, acatando el señorío de Cristo: J.N.D., Bellet, Kelly, Mackintosh, W. Trotter, W. J. Lowe y muchos más, después H. Rossier, Ladriere, S. Prod’hom, etc., y otros muchos, cuyos nombres silencio porque aún están peregrinando entre nosotros, pero por los cuales damos gracias a Dios. Tengo que confesar con gozo que ha sido para mí una fuente de bendición, de instrucción y de interpretación. Es difícil no hallar respuesta a cualquier tema, asunto, problema, etc. Además poseo, al igual que Roura, un índice que abarca ochenta y siete años. Éste ha sido un trabajo de paciencia, abnegación, constancia… ¿Quién lo hizo? No lo sé. Nadie ha puesto su firma, pero ahí está: Humilde, modesto; pero rotundamente eficaz. Gracias a Dios por ello. Mucha parte de mis conocimientos —aunque bien limitados por cierto— los debo sin embargo a este vasto trabajo de más de un siglo de proyección (son 117 volúmenes). Los correspondientes redactores (no han sido muchos, pues conscientes de lo que hacían y para quien lo hacían, Dios les proveyó de un espíritu de firmeza, exento de desmayos), se fueron sucediendo en la medida que quemaron sus vidas en este trabajo. También damos gracias a Dios por el silencioso y anónimo trabajo de los expedidores, compaginadores y por todos los que dedicaron su tiempo, haciendo, solícitos, la labor de la hormiga. Su trabajo no ha sido en vano. Hoy gozamos en leer artículos, conferencias, meditaciones, estudios, cartas, etc., bien sustanciosos y edificantes, de fechas en las que nuestros padres aún no habían nacido, y este alimento es de positivo beneficio para la generación actual. Claro, ya veis que no sólo la conozco por tenerla en la estantería, sino que me he ocupado en ella muchas horas de mi vida (podría decir que después de las Escrituras, es lo que más he leído), pero nunca se me había ocurrido la idea del amado Roura, y no sé si a Juan y a Lidia se les ocurrió alguna vez, porque en los años que hemos comentado tantas cosas de su contenido, y entre ello las cartas —pues son muy conocidas (existen tres tomos en inglés con la totalidad relativa de las que escribió)—, nunca pensamos en un trabajo semejante, pues ni en francés existe (creo yo), ningún volumen que compagine las quinientas y pico de cartas, que en los ciento diecisiete años, están diseminadas a través de las aproximadamente cuarenta mil páginas del Messager. Eso sí, si no estoy mal informado, creo que existe un folleto, del depósito de Vevey, más bien reducido, con extractos de estas cartas. Felicito pues a Roura por esa idea genial, y propongo que oremos por este asunto. Si el Señor no muestra ni dispone lo contrario, me pongo a la disposición de mis hermanos para hacer lo que Él estime mejor en este trabajo. Tengo confianza en los propósitos y en el orden de las ideas de Pedro —Así respondió y se expresó Graells.

Lidia, a su vez, añadió:

—Aunque no tengo los ánimos, ni la energía de antes (los años no pasan en vano), dispongo de tiempo, y lo que no haga la energía, contando con el Señor, lo hará el tiempo. No sé cuando volverá Juan. Estamos acostumbrados a contar siempre con él, sobre todo yo, claro está, pero me gustaría que se llevara una sorpresa, aunque bien mirado, no se la llevará; él conoce de lo que sois capaces, pero digo una sorpresa en el sentido de encontrar a su regreso algo en lo que ni tan siquiera había pensado, pues como ha dicho Ricardo, de esto nunca habíamos hablado antes. Estoy de acuerdo en hacer de secretaria y traductora, pero Ricardo tiene que traducir también, él lo hace bien; lo prueba todo lo que ha traducido. No, no te excuses. Ninguno de nosotros somos profesionales, ni eruditos en cuestión de letras ni en idiomas, pero sí se puede ofrecer algo que sea legible; que sea comprensible; y si los que lo leen son benévolos con nosotros, ya podemos darnos por pagados. Hemos de hacerlo con el intento de ser de ayuda, como otros lo fueron y aún lo son en favor nuestro.

—Bueno, bueno, no me excuso del trabajo, pero yo haré lo menos comprometido, pues tú me aventajas, Lidia y no lo digo para halagarte; la realidad es la realidad —dijo Graells.

—¿Qué has dicho, Ricardo? ¿Qué insinúas con tu respuesta? ¿Yo, tengo que dirigir todo este trabajo? —intervino Roura—. No, esto no puede ser. Yo lo he propuesto y ayudaré en todos los conceptos, pero no estoy capacitado para más. Preguntádselo a Juan. El trabajo de dirección es cosa tuya, Ricardo.

—Mira, amado: yo te conozco bastante. Hace muchos años que me abriste tu casa y tu corazón. Conozco tus costumbres, tus capacidades, tus ejercicios, y tu amor para los hijos de Dios. Eres humilde, pero un poco acomplejado a la vez; lo primero está bien, lo aceptamos, lo admiramos y damos gracias a Dios por ello, pero de lo último tienes que desembarazarte. Sí, tú eres un «payés» [denominación del hombre de campo catalán], pero eres un señor «payés». Tienes más cultura de la que muchos quisieran para sí. Tus padres pudieron enseñarte, y si has continuado con la hacienda es porque eres un enamorado del campo y de la naturaleza, y has preferido esta actividad al mecanismo de la complicada civilización industrial y comercial. Esto, por mi parte, te lo alabo. Pero de ahí a que siempre te presentes como un labriego ignorante no lo acepto. Eres más reflexivo que nosotros, más ordenado, y en términos generales tienes más conocimientos de nuestro entorno. En la vida espiritual, tal vez no tienes tanta actividad visible como nosotros; no eres un analista de la talla de Juan, ni profundizas como él. Es mayor que tú, y su vida ha estado marcada por la lucha. Hay pues, una experiencia y un discernimiento. Esto lo reconocemos todos, pero no tienes por qué situarte tanto en la retaguardia. Hoy estamos aquí; mañana quién sabe. Somos unos frágiles instrumentos, pero la mano que nos usa es diestra. Tenemos pues que estar a la disposición del Maestro. No tienes porque temer tanto de tu pretendida pequeñez, pues en el peor de los casos, el Señor, con un martillo pequeño, puede desmenuzar una roca muy grande. Esto lo ha hecho infinidad de veces. Hay que considerar siempre la potencia y la habilidad del brazo que lo usa, y no el volumen o tamaño de la herramienta usada. Así que, esta vez, tú vas a gobernar este negocio, y que el Señor te bendiga.

Con este sincero deseo, Graells, terminó la apología que hizo de su hermano. Roura enrojeció, y no precisamente de ira. Con dificultad podía soportar la admiración de sus hermanos; él no había nacido para protagonizar nada. Pensaba: «¿cómo soportar la idea de dirigir una actividad espiritual cualquiera, si era menos que nadie?» Graells y Lidia Serra insistieron y le rogaron en el nombre del Señor que, con toda confianza, tomara la responsabilidad de este servicio. Sin atreverse apenas a levantar la vista del suelo aceptó, contando, dijo, con la benevolencia de los hermanos.

Oraron sobre esto, mientras en días sucesivos formaban sus planes de trabajo y estudiaban un método conveniente bajo la mirada del Señor.

Al final, un día Roura resumió sus maduradas impresiones, la organización de la tarea, y el orden que deberían imprimir a la obra.

—Pensaba presentaros las siguientes conclusiones, bien que no son definitivas. En primer lugar, tengo un brevísimo esbozo biográfico (obra de un amado hermano francés) y a continuación un resumen itinerante que el mismo J.N.D. nos ofrece a lo largo de sus cartas. Todo es biografía, en cierto sentido. Después tengo unas notas sobre lo que escribió y está editado, y a continuación las cartas. No todas, puesto que sería un trabajo que nos ocuparía más tiempo del que ahora podemos dedicar a esta actividad. Además, mucho de lo que está escrito es historia de hechos y circunstancias que tienen un sello muy local o personal, según sea el caso, y que no nos afectan en su carácter administrativo (espiritualmente hablando). Cosas condicionadas a circunstancias particulares o del entorno en que se movió y las relaciones que tuvo. Cosas de marcado interés cuando estas cartas fueron publicadas por primera vez (pues aún vivía una generación que conocía al Sr. Darby y le habían tratado), pero que ahora, para nosotros, no tienen otro interés que el de una vivencia histórica; eso sí, instructiva e interesante. Pero la infinidad de temas generales, de diversas motivaciones que siempre son de actualidad, temas desarrollados con un poder aplicativo y con una sabiduría extraordinaria: la sabiduría de lo alto; otros que tienen su origen en preguntas que se le formularon, sobre consultas doctrinales, interpretación de pasajes, etc., esto sí que es de un provecho siempre constante y actual. Cartas que tratan de circunstancias de dolor: fallecimiento de esposas; de esposas y madres jóvenes; de esposos; de hijos e hijas; de hermanos y hermanas que murieron cargados de años; otras personas creyentes que murieron en circunstancias y produjeron a su alrededor un sentimiento de aflicción y también de temor; circunstancias solemnes producidas por la voz fuerte del Señor, delante de Quien debemos bajar la cabeza con humillación y temblor. Consultas sobre casamientos, que tanto hermanos como hermanas jóvenes le hicieron, respondidas y tratadas con delicada exquisitez de sentimientos cristianos, a la luz de la palabra de Dios. La partida de este mundo de venerados hombres de Dios (como Bellet por ejemplo). Sus opiniones en relación con personas conocidas de la asamblea; opiniones favorables o desfavorables, según el caso, pero siempre sin acrimonia o sin desmedida alabanza, sino como de uno que habla en la presencia de Dios. Cartas dirigidas a los desanimados, a los tomados en alguna falta, a los excomulgados; ocasiones todas de mostrar un corazón ejercitado; en el amor de Dios, en la gracia, en la paciencia de Dios y en el poder restaurador del Abogado y del Pontífice. Temas como el bautismo, la Cena, el Cuerpo de Cristo, el Testimonio, la unidad del Cuerpo, el bautismo del Espíritu Santo. Israel, las Naciones, la Iglesia, la profecía, etc. ¿Qué es lo que no podía escribir y predicar con provecho un hombre de Dios como él?

»Todo esto pensaba acotarlo por temas y que cada cual cuidara de traducirlo; yo lo más fácil, y vosotros lo demás; y al final ordenarlo todo. Cuando Juan regrese, habrá que leerlo y considerarlo. Necesitamos su opinión, sus consejos y su posible colaboración. No me consideraría feliz si prescindiéramos de él; sería una pérdida para nuestro trabajo conjunto.

»Existe también una carta, que no fue enviada a su destinatario, seguramente para no dar la impresión de que J. N. Darby hablaba demasiado de sí. Fue hallada entre los papeles del amado siervo, después de su fallecimiento. Es interesante. Habla de los inicios de sus ejercicios y de la obra. Cuando la escribió contaba ya más de cincuenta años. Se hallaba no obstante, a mitad de camino de su andadura en el ministerio. Pensaba insertarla aparte del cuerpo de la obra; al principio; a continuación de las notas biográficas. De momento esto es todo, hermanos. Tengo deseos de oíros y de que refutéis o enderecéis, o bien transforméis el orden en que he presentado mis ideas sobre el trabajo. Cualquiera de vosotros lo haría mejor. Me habéis casi obligado, y ya sabéis que yo siempre lo he esperado todo de los demás.

Cuando terminó, sus hermanos, no cabían en sí de gozo. Era el sentimiento producido por la obra de Dios en los demás. En este caso en el corazón de Roura. Porque Pedro, por encima de todo, por encima de sus facultades, su tesón, su abnegación, su innegable y equilibrada inteligencia, era un corazón; un corazón para Cristo y para sus hermanos.

Ricardo Graells y Lidia Serra tenían seguramente algo que objetar. El enfoque del trabajo les complacía, el esquema, no tanto. Tal vez pensaban que un orden progresivo en la presentación de la correspondencia ayudaría al lector a considerar el adelanto y la madurez en el conocimiento del Hijo de Dios, y todo lo que a Él atañe, que John N. Darby adquirió a través de los años. «La senda del justo es como la luz de la aurora que va en aumento hasta que el día es perfecto» (Pr 4:18); pero por nada del mundo querían presentar ningún reparo a su amado Roura. No fuera que, un poquito acomplejado que era, en relación con sus hermanos, se retrajera después del despliegue confiado que de sus facultades (bien entendido que venían de Dios) había hecho. Pero, quién sabe. Tal vez estaba en lo cierto. El trabajo por temas podía, por otra parte, ser más asequible y más meditativo. Así es que, por todo comentario, y con un brillo de felicidad en sus ojos, ambos dieron a Roura un efusivo apretón de manos.

Eliminaron de sus quehaceres diarios todo aquello que siendo legítimo no era imprescindible, es decir, dejaron lo bueno por lo mejor.

Pasaron las semanas y el material disponible iba aumentando. Roura lo compaginaba según el plan preestablecido.

He aquí el trabajo de nuestros amigos:



JOHN NELSON DARBY
Su nacimiento, peregrinaje y muerte
Nota biográfica. (Gentileza de A. G.)

John Nelson Darby nació en Londres en 1800, en el seno de una acomodada familia irlandesa. Después de unos brillantes estudios en la Universidad de Dublín renunció a la carrera de abogado, para consagrarse al servicio de Dios. Un profundo trabajo de alma, antes de tener la paz por la simple fe en Cristo y en su obra, le preparó para este cometido. Consagrado como pastor anglicano en 1826, empezó su ministerio en una pobre y ruda comarca de Irlanda, dándose al mismo con ardor y plena dedicación. Allí adquirió la convicción de que no solamente la Iglesia anglicana se hallaba en un triste estado moral y espiritual, sino de que la existencia de múltiples iglesias y denominaciones religiosas de la cristiandad era, de hecho, la negación de la sola y única Iglesia a saber, el conjunto de los creyentes, unos en Cristo, de quien forman su Cuerpo sobre la tierra, unido a la Cabeza glorificada en el cielo.

Dimitió de sus funciones religiosas y entró en relación con otros cristianos, que, como él, se hallaban iluminados únicamente por la luz de las Escrituras.

Algunos empezaron a reunirse con él, fuera de toda organización, en la ciudad de Dublín. Otros grupos se formaron al mismo tiempo y a continuación en Inglaterra y en el Continente (Suiza, Francia y después Alemania), así como en Norteamérica.

J. N. Darby, que unía a una grande y humilde piedad una cultura intelectual de excepción, un espíritu abierto y una capacidad de trabajo sorprendente, se consagró por entero, hasta su muerte acaecida en 1882 (en Bournemouth: Inglaterra), a la propagación, por medio de su palabra y de su pluma, de las verdades que hallaba en la palabra de Dios. Anunciaba el evangelio a los inconversos, con un gran amor en favor de las pobres almas esclavas del pecado, pero en particular orientó su servicio en reunir a los creyentes alrededor del Señor, a esclarecerles sobre la excelencia de su posición ante Dios a consecuencia de la perfección de Cristo y de su obra, sobre la vocación celestial y la esperanza de la Iglesia, y sobre el sentido del testimonio de Dios en la tierra.

No cesó jamás de viajar, recorriendo amplias zonas de la Europa occidental (Francia, Suiza, Alemania, Italia, Holanda), y largas visitas a los Estados Unidos, Canadá, Antillas, Nueva Zelanda, etcétera.

Ha dejado un gran número de escritos, en su mayoría tratados y opúsculos relativamente breves. Han sido reunidos durante su vida y después de su muerte por la diligencia y los cuidados de William Kelly, y forman una colección ( Collected Writings) de treinta y cuatro volúmenes, más otros siete de Notas y comentarios sobre la Escritura.

Entre los más significativos podemos mencionar: La Iglesia según la Palabra (1850), El Culto según la Palabra (1848), La esperanza actual de la Iglesia y las profecías que la establecen (1840), numerosas publicaciones de controversia (pues tuvo que combatir a muchos contradictores y falsos maestros), comentarios escriturales, etc. Los estudios sobre la profecía: Notas sobre el Apocalipsis (1842). Estudios sobre Daniel (1840). También se ha publicado una voluminosa correspondencia (de la cual destacan tres tomos de cartas en inglés).

Pero sus obras capitales son, de una parte, los Estudios sobre la Palabra, publicados a partir de 1852 (primero en francés, después en inglés), y, de la otra, su traducción de la Biblia al francés, efectuada con la colaboración de hermanos calificados, obra de valor inestimable por su exactitud y por el respeto con el que ha sido tratado el texto sagrado. La traducción en francés, sirvió de base a la traducción alemana y a una versión inglesa.



Resumen itinerante tomado
de su correspondencia
(Todo este resumen es aproximado)

Desde 1832 hasta 1839 toda su correspondencia está dirigida desde Irlanda o desde Inglaterra, pero el 22 de noviembre de 1839 hallamos su primera carta fechada en Neuchâtel (Suiza), país donde permaneció hasta 1843, circunscribiéndose al área o cantones de lengua francesa (Lausana y Ginebra principalmente). Regresa a Inglaterra, donde reside hasta el año siguiente, y en marzo del mismo (1844) escribe su primera carta desde Francia (Montpellier). Después de una breve estancia en este país, regresa a Londres, y desde allí viaja a numerosas ciudades de Inglaterra. En enero de 1847 escribe desde la isla de Guernesey (canal de la Mancha). En la primavera de este mismo año visita nuevamente Montpellier, en donde permanece poco tiempo. Regresa a Inglaterra en octubre, y en enero de 1848 volvemos a encontrarle en Montpellier, desde donde vuelve a regresar a Inglaterra (casi siempre a Plymouth), desde donde escribe en mayo. Viaja por Inglaterra, ocupado constantemente en el ministerio, y a finales de año fecha sus cartas en Ginebra, después en Vernoux (en marzo de 1849), en abril desde Montpellier, y en mayo desde Orthez (Bearne). La obra empieza a tomar cuerpo en Francia. Regresa a Montpellier, y en octubre lo detectamos en Nîmes. A continuación, después de permanecer bastantes semanas en esta población (tres meses por lo menos), lo hallamos en Lausana (Suiza) en julio de 1850; en febrero de 1851 en Montpellier, y desde Londres escribe el 14 de julio del mismo año. El Sr. Darby tiene ya cincuenta años cumplidos.

Viaja por Inglaterra durante bastante tiempo (casi dos años), y en 1853 otra vez a Montpellier. Lo reencontramos en Irlanda en mayo de 1854, y en Londres el mismo mes, hasta agosto. A principios de 1855 se desplaza a Elberfeld (Alemania), parece ser que por primera vez; en el mes de abril aún escribe desde allá. (Alemania llenó una no pequeña parte de su ministerio, con grande bendición). En el mes de noviembre lo hallamos en Inglaterra y en junio de 1856, nuevamente en Francia, en el Gard (Nîmes).

En septiembre de 1857 inicia sus primeros contactos con creyentes holandeses y escribe desde Rotterdam. Desde esta ciudad se traslada otra vez a Alemania, y a primeros de 1858 regresa a Londres. Permanece en Inglaterra, pero en octubre de 1859 escribe desde Dublín; en abril de 1860 otra vez desde Nîmes (Francia); en agosto desde Saint-Agréve (Ardeche), y llega a Lausana en octubre, en donde queda tres o cuatro meses. Los años van sucediéndose. J. N. Darby ha cumplido sus sesenta años con una gran labor de ministerio oral y escrito en favor de las almas en tinieblas y entre los hijos de Dios. El Maestro le dirige, y él gobierna su vida, en la dependencia a los dictados de arriba.

En octubre de 1861 escribe nuevamente desde Elberfeld (Alemania), y en diciembre le hallamos nuevamente en Londres. Después de visitar numerosas comarcas del país (pues la obra en Inglaterra es importante: la nación número uno), en otoño de 1862 lo hallamos en Canadá. Allá permanece un año, aproximadamente, visitando numerosas ciudades, y lugares inverosímiles entre los indios, los leñadores, lugares que hasta poco —dice él— eran el dominio de los osos y de los lobos.

Noviembre de 1863: otra vez en Londres, pero en febrero de 1864 lo tenemos nuevamente en Lausana. (En la Suiza de lengua francesa la obra fue muy bendecida. Podemos casi asegurar que proporcionalmente al número de habitantes —unos novecientos mil en la actualidad— es donde mayor número de asambleas locales existen. algunas de ellas bastante numerosas, y también mayor número de almas vinculadas al testimonio).

En marzo de 1864 visita nuevamente Pau (fue el lugar en donde se realizó la mayor parte del trabajo de traducción del Nuevo Testamento en su versión francesa). En agosto del mismo año escribe desde Zurich (es la primera vez que seguramente visita la Suiza de habla alemana.) En octubre le hallamos nuevamente en Londres, y en diciembre ha efectuado ya su segunda travesía del Atlántico y escribe desde Montreal. A mediados de 1865 deja el Canadá y por tierra se traslada a los Estados Unidos. Entra en contacto con diversos creyentes, principalmente oriundos de Europa (franceses y suizos). Visita Nueva York y Boston, desde donde probablemente regresa a Europa; llega en octubre del mismo año, y después de visitar la Isla de Wight, Dublín en Irlanda, y Glasgow en Escocia, regresa a Londres, en donde fecha una carta en enero de 1866. Se traslada nuevamente a Dublín en donde permanece hasta mayo, y desde allí se dirige a París para regresar nuevamente a Londres, desde donde volvemos a tener noticias en junio del mismo año.

En el mes de agosto vuelve a atravesar el Atlántico por tercera vez; ha llegado al Canadá, por donde viaja durante tres meses de un lugar a otro (Hamilton, Toronto, Guelph), para dirigirse desde allí a Nueva York en el mes de noviembre, donde se hospeda dos meses. En febrero de 1867 lo detectamos en Boston por poco tiempo y de allí regresa a Nueva York, desde donde, después de permanecer otros dos meses, se traslada a Massachusetts, y desde Boston (capital del estado) escribe en mayo. En junio le hallamos en Guelph (Canadá), lugar en donde se daban las conferencias anuales, con la asistencia de hermanos canadienses y norteamericanos. Se traslada a Toronto, donde permanece por un tiempo, y otra vez desde allí a Nueva York hasta finales de 1868. Regresa nuevamente al Canadá en marzo de 1869 (Montreal), y en julio le tenemos ya de regreso en Irlanda. Escribe desde Dublín, y un mes más tarde desde Londres, en donde reside hasta el 17 de noviembre. Nuevamente cruza el Atlántico por cuarta vez, y a fines de año visita por primera vez la Guayana Inglesa, las pequeñas Antillas (Barbados, San Vicente), y Jamaica en las grandes Antillas. Pasan los meses y escribe cartas desde Georgetown, Kingston, etc., hasta mayo de 1869. Regresa a Londres, desde donde fecha una carta el 5 de junio. En agosto otra vez le hallamos en Ginebra; a continuación en Pau (Francia), y en noviembre en Elberfeld (Alemania). En esta población permanece bastante tiempo, tal vez cinco meses. Desde allí escribe mucho. En mayo de 1870 el Sr. Darby se encuentra en Londres. Alcanza un hito en su pasaje terrenal: tiene ya setenta años. (Sal. 90:10).

En julio de 1870 (año de la guerra Franco-Prusiana, en que tantas circunstancias penosas sufrieron los franceses del norte en particular y entre los tales bastantes hermanos), el Sr. Darby se traslada al Canadá, atravesando el océano por quinta vez. Escribe desde Guelph, reembarca en agosto, según se deduce por su carta, y en septiembre escribe desde Londres. Su permanencia en el continente americano ha sido muy breve. Seguramente cambió sus planes al producirse la declaración de guerra por parte de Napoleón III el día 15 de julio. En esta fecha se hallaba en Guelph y podemos creer que su corazón sufría. Tanto en Francia como en Alemania había hermanos que debieron enrolarse en los respectivos ejércitos. Esto es un desastre para los verdaderos hijos de Dios en las circunstancias del desierto. En sus cartas de esta época nos daremos cuenta de cómo trata todo este asunto, los derivados y las consecuencias. Como siempre, dirige el corazón de los santos, por encima de lo que es terrenal, con aquella sabiduría y tierna delicadeza en favor de los que podían verse involucrados por sentimientos nacionales.

Desde septiembre de 1870 le seguimos por sus cartas y nos damos cuenta que esta vez ha permanecido en Inglaterra unos seis meses. En junio de 1871 le hallamos en Dublín, en agosto lo encontramos en Belfast, desde donde regresa a Londres el mismo mes. En septiembre escribe desde la Suiza de habla francesa (Vevey). Leemos varias cartas de fecha imprecisa y en noviembre lo hallamos en Turín (Italia). Allí permanece hasta enero de 1872; entra en Francia por Niza, de allí se traslada a Nimes, desde donde recorre el Gard. En abril está en París, desde donde regresa a Londres en el mismo mes. Pero he aquí que en junio lo hallamos nuevamente en Boston, en su sexta travesía del Atlántico. De Boston se traslada a St. Louis, Chicago, Springfield, y de allí nuevamente a Chicago a final de año. Parece increíble tanta actividad, a sus años y en su tiempo. Desde el Estado de Kentucky escribe en enero del 1873, en marzo desde Montreal (Canadá), y a renglón seguido, regresa a Estados Unidos (Boston), yendo a continuación a Nueva York (abril). El mes de julio de 1873 fecha sus cartas desde Inglaterra: Leeds, Ryde, Ventnor, Bath, Hereford, Londres, Edimburgo (Escocia), otra vez Leeds, Londres, Dublín (Irlanda), hasta finales de año.

Empezamos el 1874, y en enero lo hallamos en Belfast (Irlanda del Norte), después viajando hacia París y en febrero en Milán (Italia). En abril aún está allí y el mismo mes se traslada a Vevey (Suiza de habla francesa). Escribe mucho desde allí, y en junio lo encontramos en Dillenburg, después en Siegen, Elberfeld (todo esto en Alemania), para volver a Londres en julio.

A mitad del 1874, aproximadamente (Darby tiene ya 74 años), emprenderá su séptimo y último viaje al Canadá y Estados Unidos. Pero esta vez atravesará el Continente americano de Este a Oeste, y desde San Francisco de California, después de haber pasado cinco días y seis noches en ferrocarril, embarcará hacia Nueva Zelanda. Más de treinta días de buena navegación le llevarán a Auckland, la más importante de las ciudades neozelandesas, enclavada en la isla Norte (una de las dos grandes islas del archipiélago); pero sigamos la ruta de sus cartas.

En el mes de septiembre de 1874 escribe desde Boston, en noviembre desde Nueva York. Vuelve a Boston, donde permanece todo el mes de marzo. Entre Concord, Nueva York y Filadelfia, el mes de abril y en Chicago hasta junio. En agosto lo hallamos ya en San Francisco, a orillas del Pacífico. De esta ciudad embarca ruta Nueva Zelanda, a donde llega después de cinco semanas de navegación. Escribe su primera carta desde Auckland, la segunda desde Nelson, en la Isla Sur, en octubre de 1875, en donde permanece unas semanas. En febrero de 1876 lo hallamos otra vez en la isla Norte, esta vez en Wellington (la capital), y en marzo en Christchurch, la ciudad más importante de la isla Sur. Desde esta ciudad escribe que se propone trasladarse a Melbourne (Australia) para asistir a una conferencia, y de allí a Sydney, para embarcarse de regreso a San Francisco (EE.UU.). Efectivamente: el 9 de junio de 1876 escribe ya desde esta ciudad.

Desde Brandford (Canadá), en el mes de julio, escribe a un hermano de Francia: «Nueva Zelanda me ha tenido un poco alejado de la obra de Europa; del cuerpo de la obra, no del corazón. Ahora estoy ya de regreso, esperando encontrarme allá antes del invierno. Cuando recibí su carta acababa de atravesar el Pacífico; treinta y un días de mar, debiendo añadir a esto cinco días y seis noches de ferrocarril. Salvo el calor de estos dos últimos días, bastante fatigoso, me encuentro muy bien por la bondad de Dios, y gracias a Él he hallado a los hermanos de aquí gozosos y en paz. Puede que sean un poco negligentes en relación con los de fuera, pero son espirituales, piadosos, unidos, teniendo solicitud los unos por los otros.»

Desde San Francisco (antes de trasladarse a Brandford para asistir a una conferencia que reunió a numerosos hermanos del Canadá y de los Estados Unidos) fue a Chicago, en donde empezó a escribir la carta cuyo extracto queda indicado anteriormente, y de allí a Hamilton, desde donde escribe a mediados de julio. En Toronto fecha una carta el 20 de agosto; en Belleville, en septiembre. Después se traslada a Quebec; en noviembre escribe desde allí, y a finales de este mes también desde Boston, en Estados Unidos. En diciembre aún permanece en esta ciudad, no sé hasta cuando, pero el hecho es que no ha regresado a Europa antes del invierno, como tenía previsto. A principios de marzo de 1877 está en Nueva York y el día 21 del mismo mes en Halifax, donde continúa por algún tiempo. El 4 de junio escribe desde Ottawa —la capital administrativa del Canadá—. Después, parece ser que desde Quebec, regresó a Inglaterra, y que de allí se trasladó a Dublín, según una carta fechada el 23 de junio.

Ha estado ausente de Europa desde septiembre de 1874 hasta junio de 1877 (casi tres años), visitando los países nombrados. Aún tiene bastante energía, pero, según confiesa, siente el peso de la vejez, aunque también el de gloria. Se halla más desligado de la tierra y más cerca del Señor. Sus cartas tienen cada vez un sabor más celestial. Las hay que parecen venir de otro mundo, y de estar escritas por un hombre de otra raza: realmente es así.

Viaja y escribe desde Leeds, y regresa a Londres, donde permanece por un tiempo. A finales de año se halla en Dublín, lugar donde le sorprenden los albores de 1878. Escribe; siempre escribe. Muchos días responde a trece o catorce corresponsales, pero no es todo. Tenemos el compendio de su grandiosa obra escrita, que ha ido creciendo a través de los años, y que gracias a Dios tenemos a nuestra disposición. Todo esto no ha sido obra de gabinete (aunque también haya ocupado mucho tiempo en él), sino viajando de aquí para allá, levantándose a las cuatro de la mañana y trabajando hasta las once de la noche, un día y otro día, un mes y otro mes; un año tras otro. Con la fatiga de la vida, las enfermedades, los accidentes. Las largas correrías, los viajes a caballo, la diligencia y el ferrocarril de aquel tiempo. La alimentación, tan dispar según los países, con lo que esto lleva aparejado (peligro de constantes trastornos digestivos), etc. No es comprensible —naturalmente hablando— su proliferación de trabajo, tanto de cuerpo como de espíritu, si hacemos abstracción de la energía, la guía y el poder del Espíritu Santo. Durante semanas, predicando cada día seis y siete veces. Los estudios con los hermanos; las visitas por las casas, el tráfago de la lucha, la contradicción de los incrédulos; el racionalismo que invadía Inglaterra. ¡Siempre en la brecha!

En mayo de 1878 —este anciano— se desplaza aún a Elberfeld (Alemania), a Zurich, Ginebra y Berna (todo esto en Suiza), y en septiembre otra vez de regreso a Londres.

A principios de 1879 —ahora es preciso contar los meses muy despacio, lo hallamos en Pau (Francia). Se hospeda durante seis meses en casa del amado hermano Schlumberger, trabajando para completar la versión francesa de la Biblia, o tal vez la revisión del Antiguo Testamento, pues el Nuevo hacía años que se había publicado. En julio escribe desde Londres, en donde permanece un par de meses, y vuelve a trasladarse a Francia (siempre amó mucho la obra de ese país). En septiembre escribe desde Les Ollieres (Ardeche), y después desde Vernoux y Montpellier en octubre. El mismo mes, regresa a Pau, desde donde se dedica a escribir mucho y donde permanece tres meses con alguna salida por los alrededores, y a Burdeos en diciembre de 1879, pero en enero de 1880 escribe aún desde Pau.

A primeros de febrero fecha una carta desde Londres. En abril otra desde Reading, donde creo que existían dificultades serias en la asamblea local. En mayo está en Dublín, en junio en Belfast, y en julio regresa otra vez a Dublín. En septiembre se desplaza a Escocia (Edimburgo, Aberdeen), y en octubre regresa a Londres.

Ha cumplido los 80 años, y no puede desplazarse como hasta entonces (Sal 90:10).

En Londres permanece alrededor de medio año, hasta mayo de 1881, pero siempre con sus plenas facultades mentales e intelectuales, trabajando en su gabinete, o en la cama, o como sea. El 28 de junio escribe desde Croydon (cerca de Londres), en donde permanece dos meses, y regresa a Londres, desde donde, a continuación, vuelve a Croydon, y escribe también desde Ventnor en el mes de octubre.

En el mes de enero de 1882 —año de su fallecimiento— escribe aún desde Londres, y desde Croydon en febrero, regresando a Londres nuevamente, desde donde fecha una carta el 28 de este mes.

El 10 de marzo el Sr. Darby se halla ya en Bournemouth —último viaje de peregrino y lugar donde terminó su carrera terrestre. El día 11 se despide (por mano de otro, pues no puede ya escribir) de su amado P. Schlumberger de Pau, «deseándole la bienvenida en el otro mundo».

Aún leemos otra carta con fecha 28 de marzo, y el 29 de abril de 1882 partió para estar con su Señor, después de una carrera pletórica de un trabajo bendecido.




Entierro del Sr. Darby


Como queda dicho anteriormente, J. N. Darby partió para estar con Cristo el día 29 de abril de 1882. A continuación traducimos y entresacamos, de una carta manuscrita por un hermano testigo de la efemérides, unos detalles de interés referentes a sus últimos días, y en particular al entierro del amado siervo de Dios.

«Fue un día muy triste; sí, muy triste, aquél en que nos tocó acompañar el cuerpo de nuestro amado hermano a su última morada terrestre. Pero nos consuela el hecho de saber que “ausente del cuerpo, estaba presente con el Señor”.

»El jueves que precedió su muerte, decía: “Soy como un pájaro dispuesto a volar”, y dos días después, el sábado, 29 de abril, a las 10:55h. de la mañana, dejó este mundo para irse con Cristo, “lo cual es muchísimo mejor”.

»Como que pensamos en la posibilidad de que hayan corazones deseosos de conocer lo concerniente a las circunstancias del día del entierro, damos unos pormenores tan simples y tan exactos como son posibles. Sin embargo debemos advertir que nos ceñimos a hechos exteriores, pues nos está vedado precisar lo que sentían los corazones, cuyo estado sólo puede valorar Aquel que lloró sobre la tumba de Lázaro.

»Nuestro hermano había permanecido las últimas ocho semanas de su vida en el agradable y tranquilo hogar de nuestros hermanos Sr. y Sra. Hammond, rodeado y cuidado con toda la ternura que el afecto cristiano puede sugerir y proyectar. Tal fue su última morada en vida. De allí salió para la tumba.

»El 2 de mayo (día del entierro) tuvo lugar una reunión de oración, previamente convocada para el mediodía. Los que acudieron pudieron contemplar —al atravesar el vestíbulo que precede el espacioso salón donde la gente se reunió—, el féretro situado sobre dos caballetes, en el que también podía leerse:

»”J. N. Darby, nacido el 18 de noviembre de 1800 y que durmió en el Señor el 29 de abril de 1882.”

»Como alguien dijo: la triste y solemne realidad para nosotros consistía en el hecho de que nuestro amado hermano había dejado este mundo. Que el instrumento escogido que había trabajado —con afán— para apacentar el rebaño de Cristo y para exponer las verdades y la riqueza de la Palabra, había entrado en su reposo.

»En el mismo salón en que tuvo lugar un estudio sobre las Escrituras y en el que sus últimas enseñanzas impartidas habían versado sobre el tema expuesto al final del cap. 3 de Efesios: “A fin de que Cristo habite por la fe en vuestros corazones”, los afligidos hermanos se hallaban ahora reunidos de nuevo, esperando en Dios y en silencio, con dolor sincero, pero con el sentimiento profundo de la presencia del Señor.

»Esta calma solemne fue interrumpida por el canto del himno: “El reposo de los santos en lo alto”, a continuación del cual un hermano anciano rindió gracias al Señor, en primer lugar por la gloria que ha puesto delante nosotros y que nadie puede arrebatarnos, y después, por la plena suficiencia de Cristo y por la certidumbre de Su bendita presencia hasta el final de nuestro peregrinaje terrenal.

»A continuación, un hermano pidió al Señor que la partida de nuestro amado hermano J. N. Darby pudiera ser bendecida para todos, haciéndonos sentir la urgente necesidad de vivir ocupados en el Señor mismo de una manera más real, así como más consagrados a Su servicio.

»Otra oración siguió (y por cierto conmovedora), por la cual un hermano agradeció al Señor el don que había dado a la Iglesia por medio del servicio fiel que su siervo había cumplido y por la vida de consagración que vivió en conformidad con los principios que la habían dirigido. Fue tan intensa su emoción, que no pudo continuar.

»Otro hermano, con acciones de gracias por todo el bien que el ministerio del amado hermano nos había aportado, pidió que su muerte ofreciera aún la posibilidad de hablar al corazón de todos los que le conocían y que sus escritos puedan contribuir de forma bendecida a proveer firmeza espiritual a los santos.

»Y por fin, un hermano muy anciano oró con grande confianza en Dios, y esta dulce, aunque triste y solemne reunión de oración y acciones de gracias, finalizó con el canto del himno: “Tú, manantial secreto de sereno reposo”.

»Atendiendo a la sugerencia de un hermano, se procedió a la lectura, en presencia de todos, antes de abandonar el salón, de las últimas palabras que J.N.D. escribió.

»Hacia las tres de la tarde, el cuerpo fue conducido por ocho hermanos a la sencilla carroza fúnebre que esperaba a la puerta y que debía de conducirle al cementerio, situado a respetable distancia. Ningún vehículo de duelo siguió al féretro, únicamente algunos cabriolés para los que no podían caminar tan largo trecho. La mayoría de los que se habían reunido se trasladaron al cementerio por un camino distinto del seguido por el coche mortuorio, de suerte que no se diera motivo alguno para llamar la atención del mundo. Hemos de notar que éste había sido el deseo de nuestro amado hermano, deseo que los hermanos respetaron.

»El cuerpo llegó al cementerio hacia las tres y media. Centenares de personas se hallaban congregadas en el lugar para recibirle. A una corta distancia de la puerta de entrada fue bajado del coche fúnebre desde donde 24 hermanos, relevándose de trecho en trecho, le condujeron a la sepultura. Alrededor de mil santos afligidos rodeaban la fosa. Algunos habían venido de Escocia, otros de Irlanda.

»Después de un momento de concentración espiritual, un hermano (el Sr. Mac Adamm), indicó el cántico, del cual ofrecemos la traducción libre:



¡Oh día precioso! viene el Señor
A tomar a su pueblo que le espera
Más allá de los cuidados de la tierra
En donde no se conoce el pecar.
¡El Señor viene a buscar a los suyos
Y a sentarlos con Él en su trono
Para su gloria para siempre compartir!
La mañana de la resurrección se acerca,
Cada santo que duerme en el Señor será despertado
Y conducido a la luz plena.
Día demasiado glorioso para los ojos mortales
Cuando la Iglesia reunida
Arrebatada será a las celestes esferas,
Para siempre con Cristo estar.
Oh Señor, ¡cuán lentos son nuestros corazones
Para el cántico eterno alzar
Y gloria, honor y alabanza tributar!
Pero hasta ese día de Gloria,
Bendito Salvador, tú nuestro escudo serás,
Pues a nuestras almas te has revelado
Cual nuestra fuerza y castillo protector.

»Un hermano (el Sr. Stuart) leyó a continuación Mateo 27:61, y dijo: “¡Qué contraste entre el entierro del Maestro, y el de su siervo para el cual nos hallamos reunidos aquí hoy!

“José de Arimatea halló un lugar para el cuerpo de su Maestro. Con la ayuda de Nicodemo, lo puso en un sepulcro nuevo de su propiedad. ¿Pero quiénes eran las personas afligidas? ¡Dos pobres mujeres! ¡Cuán significativa y demostrativa es la realidad de la humillación voluntaria del Dueño del Universo! Nuestros corazones se hallan tristes alrededor de la tumba del discípulo, ¡pero cuánta mayor tristeza sentían aquellas almas piadosas que le habían seguido en la tierra, y qué diferencia también en el carácter de este dolor!

“Una tristeza amarga, una angustia sin consuelo, llenaba los corazones, pues en aquel sepulcro, al depositar el cuerpo del Maestro, enterraban —al menos así lo creían— todas sus esperanzas. Habían esperado que Él era el libertador de Israel, pero había muerto, y toda la luminosa expectativa en relación con la nación se había esfumado juntamente con la vida de Aquel que había partido y de la cual —pensaban— no les quedaba otra cosa que el recuerdo. En este momento doloroso nada sabían de la resurrección, mientras que nosotros nos hallamos alrededor del sepulcro del servidor sabiendo que Jesús ha resucitado, y que está con Su presencia haciéndonos compañía en nuestra tristeza, así como también que volverá pronto para tomarnos a Sí e introducirnos en el cielo.

“¿Cómo podríamos haber venido aquí con confianza y depositar en el sepulcro el cuerpo de nuestro hermano amado si no tuviésemos firmemente asegurada la esperanza de la resurrección? Cuándo pensamos en todos los gloriosos privilegios que se desprenden de la resurrección de Cristo, un gozo real se mezcla con el dolor que sentimos sobre una tumba que va a cerrarse. En presencia de la muerte no nos conviene elogiar al difunto. Un solo ser entre los que han pisado la tierra es digno de alabanza. Es Aquel que ha vencido la muerte y que tiene todo el poder sobre la misma, Aquel que muy pronto despertará de la tumba a los que durmieron y llamará también con poder a los que vivan para estar siempre con Él. El Señor murió y fue sepultado, pero ha resucitado. “Mas cada uno en su orden: Cristo las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida”. Es con esta esperanza bendita que nos consuela, que nos libera y fortifica, que depositamos en la tumba el cuerpo de nuestro amado hermano que partió.”

»El servicio continuó con fervientes oraciones; se leyeron y comentaron otras porciones de las Escrituras, entre ellas Génesis 48:21. “He aquí yo muero, mas Dios será con vosotros, y os hará volver a la tierra de vuestros padres.” Un hermano (Charles Stanley) leyó también en el Evangelio de Juan 14:1 al 3, y 1ª a los Tesalonicenses 4:13 al 18 lo cual fue también comentado. A continuación se añadieron otras oraciones con himnos de esperanza.

»Después de un breve silencio, el ataúd fue bajado a la fosa por diez hermanos, y uno de ellos confió el cuerpo del siervo a los cuidados del Señor, hasta el día de la resurrección. Aún se cantó otro himno a Aquel que había tomado a nuestro hermano, y finalmente, sin que nadie lo indicara, se elevó (como proviniendo de un solo corazón y de una sola voz, con acorde armonioso y gozoso a la vez), el canto de estas palabras:



Gloria, honor, alabanza y poder,
sean para siempre al Cordero.
Jesús es nuestro Redentor,
¡Aleluya, Aleluya, Alabemos al Señor!

»Muchos dirigieron una mirada a la tumba, como un último adiós en el desierto. Después nos dispersamos, para pensar aún en aquél que reposa de sus trabajos en la presencia del Señor».


Correspondencia sobre diversos temas
CARTA AUTOBIOGRÁFICA

La carta que damos a continuación es como una breve autobiografía ceñida a un tiempo determinado (unos treinta años). Seguramente es la única que en su totalidad y de forma ordenada escribe de sí y de su obra. Como se desprende de la misma, la redactó por solicitud del profesor Tholuck, pero, como se ha hecho constar en otro lugar, no fue enviada a su destino. Después de su fallecimiento, los hermanos la hallaron entre sus papeles. Fue publicada en el apéndice del tercer tomo de sus cartas en inglés, y el año 1913 apareció traducida al francés en el Messager Evangelique de Vevey (Suiza). Es de la versión francesa que ha sido tomada para darla al castellano.

Al Sr. Profesor Tholuck

«Querido Sr. y hermano en Cristo:

Desde que nos vimos casi siempre he estado de viaje, de modo que habría sido difícil enviarle el relato que interesó de mí. Lo mejor que puedo hacer es comunicarle, con toda sencillez, cómo han sucedido, en mi caso, las cosas de esta obra de Dios, desde el principio. Podrá comprender con facilidad que otros muchos han trabajado, y muchos de ellos con más consagración que un servidor —y aún con un resultado más relevante en lo que concierne a las almas y la bendición de las mismas. Pero es de la obra de Dios y no de nuestro trabajo que debo ocuparos, pues Vd. extraerá de mi relato lo que convenga a sus propósitos.

Yo era abogado. Juzgando que si el Hijo de Dios se había dado por mí, me debía por entero a Él, y que el llamado mundo cristiano se hallaba, en relación con Cristo, en una posición de ingratitud insoportable, mi alma suspiraba por una consagración completa a la obra del Señor. Mi idea era dedicarme a trabajar entre los pobres católicos de Irlanda. Me recomendaron que empezara por hacerme consagrar. No me sentía atraído a ocupar un cargo regular, pero joven en la fe (no estando aún liberado, vivía más bien gobernado por el sentimiento de mi obligación hacia Cristo, que no lleno del convencimiento de que todo lo había hecho por mí, y por lo tanto era rescatado y salvo), seguí los consejos de los que tenían una posición más adelantada que la mía en el mundo cristiano.

Fui consagrado, y me trasladé entre los pobres montañeses de Irlanda, a una comarca inculta y ruda, donde permanecí dos años y tres meses trabajando como mejor pude. Sin embargo, sentía que todo esto no se correspondía con lo que leía en la Biblia en relación con la Iglesia y el cristianismo, ni con los efectos de la acción del Espíritu de Dios. Mi espíritu trabajaba sobre todas estas cosas desde el punto de vista práctico. De todas maneras me ocupaba asiduamente de los deberes del ministerio que me había sido encargado, trabajando noche y día entre una gente casi tan rústica como las montañas en que habitaban. Me sobrevino un accidente (mi caballo se desbocó, y me lanzó sobre el quicio de una puerta), que me inmovilizó por un tiempo, y estas ideas se fueron desarrollando. Después de un gran ejercicio de alma, la palabra de Dios tomó sobre mí una autoridad absoluta. Siempre la había reconocido como siendo verdaderamente esto: la Palabra de Dios.

Entonces comprendí que estaba unido a Cristo en el cielo y que, en consecuencia, mi posición ante Dios era la suya, que no se trataba más, ante Él, de este miserable yo que me había cargado y fatigado durante seis o siete años, en presencia de la ley. Entonces comprendí que la Iglesia de Dios, en su aspecto real, se componía de los que estaban unidos a Cristo, y que la cristiandad exterior no era la Iglesia (salvo en relación con la responsabilidad de la posición que ella pretendía gozar, verdad ésta, por otra parte, muy importante en su lugar), sino que en realidad era el mundo. De otro lado vi que el cristiano, teniendo un lugar en Cristo en el cielo, no tiene otra cosa que esperar sino la venida del Salvador, para encontrarse, de hecho, en la gloria que le ha sido adquirida en Jesús.

La lectura de los Hechos me ofreció un cuadro de la Iglesia primitiva, lo cual me volvió profundamente sensible al estado actual de la amada Iglesia de Dios. En este tiempo caminaba ayudado de muletas, de tal manera que no tenía ocasión de mostrar mis convicciones o mis pensamientos de cara al mundo, y mi salud no me permitía acudir al culto, por lo cual, me hallaba forzado a abstenerme. En esto vi la buena mano de Dios viniendo en mi ayuda, ocultando mi impotencia espiritual por medio de la física. Entretanto, se desarrollaba en mi corazón el pensamiento de que todo lo que el cristianismo había hecho en el mundo no respondía de ninguna manera a las necesidades de un alma que sentía lo que el gobierno de Dios debía producir.

En mi forzado retiro, el cap. 32 del profeta Isaías me enseñaba claramente de parte de Dios que había aún una economía futura y todo un orden de cosas que no está aún establecido. La conciencia de mi unión con Cristo me había dado la parte celeste de la gloria; este capítulo me hacía conocer la parte terrenal. No podía aún situarlas, ni coordinarlas, como puedo hacerlo ahora, pero las verdades estaban reveladas de parte de Dios, por la acción de su Espíritu, en la lectura de su Palabra.

¿Qué hacer? Veía en esta Palabra la venida de Cristo para tomar a su Iglesia a la gloria. Veía la cruz, fundamento de la salvación, cómo debiendo imprimir su propio carácter sobre el cristiano y sobre la Iglesia hasta la venida del Señor; veía que entretanto esperaba, el Espíritu Santo era dado para ser la fuente de la unidad de la Iglesia; la fuente de la actividad y de toda la energía cristiana.

Por lo que atañe al evangelio, la diferencia no radicaba en los dogmas. Las tres Personas en un solo Dios, la divinidad de Jesús, cuya obra de expiación en la cruz, su resurrección, su lugar a la diestra de Dios, eran verdades que aprendidas como doctrinas ortodoxas, tenían una realidad viviente para mi alma; eran las condiciones conocidas, sentidas, actuales, de mis relaciones con Dios. No solamente eran verdades, sino que además conocía personalmente a Dios de esta manera; no tenía otro Dios que Aquel que se había revelado así. Era el Dios de mi vida y de mi culto, el Dios de mi paz, el solo y verdadero Dios.

La diferencia práctica de mi predicación, cuando volví de nuevo al ministerio activo, fue ésta: había predicado (en mi rol eclesiástico) que el pecado había abierto un abismo entre nosotros y Dios y que solamente Cristo podía taparlo o cubrirlo; ahora predicaba que Cristo lo había hecho todo. La regeneración, que era siempre una parte de mi enseñanza, se relacionaba más particularmente con Cristo, el postrer Adán, y comprendía más y mejor que se trataba de una vida real, toda nueva, comunicada por el poder del Espíritu Santo; pero, como he dicho, más en relación con la persona de Cristo y el poder de su resurrección, que reúne al mismo tiempo el poder de la vida victoriosa sobre la muerte, en una nueva posición del hombre ante Dios. Es la liberación. La sangre de Jesús ha borrado, en el creyente, toda mancha, toda traza de pecado, según la misma pureza de Dios. En virtud de su aspersión, única propiciación, puede invitarse a todo hombre a acudir a un Dios de amor, que con este fin ha dado a su propio Hijo.

La presencia del Espíritu Santo, enviado desde el cielo para hacer morada en el creyente como unción, sello y arras de la herencia —y en la Iglesia como poder que la une en un solo cuerpo y distribuye a los miembros dones según su voluntad—, tomó un gran desarrollo y una gran importancia ante mis ojos. Con esta última verdad se relaciona la cuestión del ministerio. ¿De dónde proviene? De la Biblia; claramente de Dios, por la acción libre y poderosa del Espíritu Santo.

En aquel entonces, cuando estaba ejercitado en estas cosas, aquel con quien me hallaba, localmente, en relación cristiana, como ministro, era un excelente creyente, digno de todo respeto y por quien siempre he sentido un gran afecto. No sé si vive aún; después de separarnos lo nombraron arcediano. Pero eran los principios y no las personas lo que obraba sobre mi conciencia, pues hacía tiempo que había renunciado ya, por amor del Señor, a todo lo que el mundo podía darme.

Yo me decía: “Si el apóstol Pablo viniera aquí, no le sería permitido (según el sistema vigente) predicar siquiera, al no estar legalmente consagrado. Pero si viniese un obrero de Satán, que negase al Salvador por su doctrina, podría predicar, y mi amigo cristiano (con quien comparto el ministerio parroquial) debería reconocerle como coadjutor, mientras que no puede reconocer a uno, aun siendo fiel y capacitado por el Espíritu Santo, si antes no ha sido consagrado por el sistema.” Todo esto es falso, pensé yo. No se trata de abusos; éstos pueden existir por doquier: se trata del principio del sistema. El ministerio pertenece al Espíritu. Entre el clero hay personas que son ministros por el Espíritu, pero el sistema está fundado sobre un principio opuesto.

Desde entonces no pude continuar. En la Palabra hallaba a los dones, y éstos eran los que servían en vez de un clero fundado sobre otros principios. La salvación, la Iglesia, el ministerio, todo quedaba ligado y todo se relacionaba con Cristo, Cabeza de la Iglesia en el cielo; con Cristo, el cual había realizado una salvación perfecta, y con la presencia del Espíritu Santo sobre la tierra, uniendo los miembros a la Cabeza y también entre sí, para formar un solo cuerpo y obrando en ellos según su voluntad.

En la práctica, la cruz de Cristo y Su regreso debían caracterizar a la Iglesia y a cada uno de sus miembros (los miembros del Cuerpo). ¿Qué hacer? ¿Dónde estaba esa unidad y ese Cuerpo? Y el poder del Espíritu ¿dónde era reconocido? ¿Dónde era esperado el Señor?

Las Iglesias nacionales estaban unidas al mundo. En su seno, algunos creyentes estaban diseminados en el mundo mismo de donde Jesús los había separado. Y se hallaban separados unos de los otros, mientras que Jesús los había unido. La Cena, símbolo divino de la unidad del Cuerpo, había venido a parar en el símbolo de unión entre éste y el mundo; es decir, precisamente lo contrario de lo que Cristo había establecido. La disidencia (los que no formaban parte de las Iglesias nacionales), me ofrecía hijos de Dios, no lo dudo, pero unidos sobre principios que no concuerdan con la unidad del cuerpo de Cristo. Si me unía a ellos me separaba de todos los demás. Era la desunión del cuerpo de Cristo y no su unidad. ¿Qué hacer? Tal era la pregunta que se me presentaba sin ninguna otra idea que la de satisfacer mi conciencia según la luz de la Palabra de Dios. La expresión de Mateo cap. 18 dio respuesta a mis anhelos: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos”. Exactamente esto era lo que precisaba: la presencia de Jesús estaba asegurada a nuestro culto; es allí en donde sitúa su nombre, como en otro tiempo lo había hecho en el templo de Jerusalén, para que los israelitas acudieran.

Cuatro personas que se hallaban más o menos en idéntica situación espiritual que la mía, habiéndonos reunido en mi apartamento y hablado de las cosas que nos afectaban, les propuse partir el pan el domingo siguiente, lo cual tuvo lugar en Dublín. Otras personas se unieron a continuación. Pronto dejé mi residencia, pero la obra tomó impulso en Limerick, ciudad también de Irlanda, y a renglón seguido en otros lugares.

Transcurridos dos años (en 1830), me trasladé a Cambridge y Oxford. En esta última población algunas personas todavía activas en la obra compartieron de mis convicciones, y sintieron que la Iglesia debía ser para Cristo como una Esposa fiel.

Fui invitado a desplazarme a Plymouth para predicar, lo cual también acepté e hice. Predicaba por doquier donde me solicitaban, sea en los templos, o bien en locales particulares. Más de una vez, aun con los ministros del clero nacional (anglicanos), hemos partido el pan el lunes por la noche, después de reuniones de edificación cristiana en las cuales había libertad para leer, orar o indicar un himno de alabanza. Unos meses después, empezamos a realizarlo los domingos por la mañana, usando de la misma libertad, pero añadiendo la Cena a nuestras actividades en este día, pues teníamos y tenemos el hábito de participar en ella todos los domingos (a veces se ha participado más a menudo). Más o menos, en esa misma época, en Londres, también empezaron a gobernarse siguiendo esta línea de conducta.

La unidad de la Iglesia, cuerpo de Cristo, la venida del Señor, la presencia del Espíritu Santo, tanto en el individuo como en la Iglesia; un desarrollo asiduo de la Palabra; la predicación del Evangelio como obra de pura gracia; obra cumplida y por lo tanto dando al corazón (por el Espíritu Santo) la seguridad de la salvación; la separación práctica del mundo; la consagración a Cristo como siendo el que ha redimido la Iglesia; un andar, no teniendo otro motivo o regla que Él; en fin, otros temas en relación con los citados. Todo esto ha sido tratado y promovido en publicaciones separadas o en escritos periódicos, y estas verdades se han difundido ampliamente.

Un buen número de ministros nacionales (anglicanos) dejaron los cargos de sus iglesias para andar según estos principios, e Inglaterra se llenó poco a poco de reuniones más o menos numerosas.

Siendo Plymouth el lugar en donde se editaban la mayoría de estos escritos, la denominación de “hermanos de Plymouth” vino a ser la usual para identificar esas reuniones.

En 1837 visité Suiza, y estas verdades empezaron a introducirse. Repetí esas visitas varias veces. La segunda vez me hospedé en Lausana por un tiempo, y allí Dios operó conversiones y reunió a un buen número de sus hijos fuera del mundo. En Suiza había disidentes de la Iglesia oficial desde hacía veinte años, y habían sufrido fielmente por el Señor en aquel tiempo, pero no había mucha actividad entre ellos, y el avivamiento inicial se encontraba en vías de extinción. Por la bondad de Dios, su obra se ha multiplicado por el país y las conversiones han sido numerosas. En cambio, en la Suiza de lengua alemana no se ha alcanzado tanto desarrollo.

Durante dos de mis permanencias en Lausana, algunos creyentes jóvenes que deseaban consagrarse a la evangelización pasaron cerca de un año en mi compañía estudiando la Biblia. También participábamos conjuntamente, y cada día, en la celebración de la Cena.

En el mismo tiempo, aunque con independencia de lo que sucedía en Suiza, un hermano que trabajaba en Francia, en la obra del Señor, despertó la atención en un distrito de considerable importancia por su extensión; lugar que se caracterizaba por la incredulidad y las tinieblas.

Algunos de los jóvenes hermanos de quienes he hablado, y dos o tres más, conocidos, pero que no habían estado conmigo, fueron a trabajar a Francia. Otros obreros de diversas Sociedades, sintiendo que serían más felices trabajando bajo la dirección inmediata del Señor en vez de sujetarse a cualquier comité (organismos que por otro lado no son conocidos, ni de hecho ni por principios, en la Palabra, y a los que además la posesión del dinero les confiere el derecho de dirigir la obra del Señor), han renunciado a su salario y se han consagrado a la obra, confiándose a los siempre fieles cuidados del Señor. Dios ha suscitado otros, aunque es bien cierto “que la mies es mucha y los obreros pocos”. Dios ha bendecido abundantemente a estos obreros, y ha habido numerosas conversiones en la Francia meridional. Desde el principio visité esas comarcas y compartí con ellos las penas y las vicisitudes de la obra con alegría, pero han sido esos esforzados hermanos a quienes corresponde el honor de este trabajo. En algunos lugares, las primeras fatigas han sido mi porción; en otros solamente he visitado y ayudado, cuando la obra, gracias a Dios, había sido ya establecida. El Señor nos concedió ser de un corazón y un alma para ayudarnos mutuamente, buscando el bien de todos y reconociendo nuestra debilidad.

Casi al mismo tiempo comenzó en el este de Francia una obra parecida, pero también con independencia de ésta. Ha sido visitada, y en la hora presente su extensión abarca desde Basilea hasta los Pirineos, con una gran laguna, teniendo como cabecera la ciudad de Toulouse. El país está más o menos sembrado de reuniones, y la obra, por la gracia de Dios, se va extendiendo todavía.

Debo decirle que jamás me mezclé ni intervine en manera alguna en la vocación ni en la obra de los hermanos que estudiaron la Biblia conmigo. Refiriéndome a algunos de ellos, tenía la convicción de que Dios no los había llamado, y efectivamente la cosa quedó confirmada, pues de hecho volvieron a sus ocupaciones ordinarias. En cuanto a los demás, he procurado ayudarles en el estudio de la Biblia, comunicándoles las luces que Dios me impartía, pero dejándoles por entero la responsabilidad de su vocación tanto para la obra de evangelización como de la enseñanza de la Palabra.

Hemos tenido el hábito de reunirnos de tiempo en tiempo por unos días cuando Dios nos ha deparado la ocasión, para estudiar todos juntos temas bíblicos o libros de la Palabra y comunicarnos mutuamente lo que Dios había dado a cada cual. Durante algunos años, tanto en Irlanda como en Inglaterra, habían tenido lugar grandes conferencias con motivo de lo acabado de exponer. Estas conferencias duraban una semana. Tanto en el Continente (europeo), como en Inglaterra esto ha variado, y ahora son menos frecuentes. En tales circunstancias hemos pasado quince días o tres semanas estudiando alguno de los libros de la Biblia.

Mi hermano mayor —que es también cristiano—, ha vivido dos años en Düsseldorf. Se ocupa también en la obra del Señor. Ha sido de bendición para algunas almas en los alrededores de esta ciudad. Estas almas, a su vez, han propagado la luz del Evangelio y la verdad, y un cierto número de personas se reúnen en las provincias renanas (es decir, provincias situadas en las orillas del río Rin). Se han traducido diversas publicaciones y tratados de los hermanos, y se han repartido profusamente, y así se halla diseminada la luz en relación con la liberación del alma, la posición de la Iglesia, la presencia del Espíritu Santo aquí, entre los santos, y el regreso del Señor. Dos años después, ayudado por las luces proyectadas por este ministerio escrito —según creo—, pero independiente de esta obra, ha tenido lugar en Elberfeld un movimiento del Espíritu de Dios. Existía allí una “Hermandad” que empleaba doce obreros, si no me equivoco. El clero ha querido prohibir a estos obreros la predicación y la enseñanza del Evangelio. Instruidos sobre la libertad del ministerio del Espíritu y compadecidos por amor a las almas no han querido obedecer esa orden. Siete de esos obreros y otros miembros se han separado del grupo, y algunos de ellos, con otros que Dios ha suscitado, han continuado la obra de evangelización que se ha extendido desde Holanda (Gueldres) hasta Hesse. Las conversiones han sido numerosas, y varios centenares de almas se reúnen ahora para el partimiento del pan. Más recientemente, la obra ha comenzado a establecerse en Holanda, así como también en el sur de Alemania Por medio de otros instrumentos de Dios, ya existían algunas reuniones en el Würtemberg.

La evangelización de Suiza y de Inglaterra, saltando el océano, ha formado varias reuniones en Estados Unidos y en el Canadá. Desde allí se ha extendido a los negros de Jamaica, la Guayana inglesa, y entre los indígenas del Brasil, en donde un hermano se ha abierto camino, pero ha muerto, y no sé si otro hermano conocerá bastante la lengua para continuar esta obra que había sido bendecida.

Las colonias inglesas en Australia también tienen sus reuniones de hermanos, pero no me extiendo más, pues creo que este resumen le bastará.

Los hermanos no reconocen otros cuerpos sino el de Cristo, es decir, la Iglesia de los primogenitos en conjunto. También reconocen a todo cristiano (puesto que es miembro de Cristo) que ande en la verdad y en la santidad. Su esperanza de salvación está fundada sobre la obra expiatoria del Salvador, del cual esperan Su regreso según la Palabra. Creen en la unión de los santos con Él, como un cuerpo, del cual también Él es la Cabeza. Esperan el cumplimiento de la promesa de Su venida, para ser introducidos en la casa del Padre y estar allí donde Él está. Mientras están a la expectativa de estas cosas, deben llevar cada uno su cruz y sufrir con Él, separados del mundo que le rechazó. Su persona es el objeto de la fe, su vida el ejemplo a seguir en la conducta. La Palabra, a saber, las Escrituras inspiradas de Dios, es decir, la Biblia, es la autoridad que forma su fe; es el fundamento, lo cual también reconocen como debiendo ser lo que gobierne sus acciones. Y el Espíritu Santo, el único que puede hacerla eficaz por medio de la vida recibida y por la práctica de la misma.»


Fragmentos de cartas en relación con el interesante tema de:Cuerpo, Alma y Espíritu

St. Hippolite, 1851.

Al Sr. M.:

«Amado hermano,

Respondo brevemente a sus preguntas, según mi capacidad.

En general, “alma” y “espíritu” son casi equivalentes, siendo usadas de una manera un poco vaga en contraste con el cuerpo, para significar la parte espiritual, inmortal, responsable e inteligente del hombre. En el pasaje que Vd. cita, (aunque no incluye la cita, seguramente se trata de lª a los Tesalonicenses 5:23), pienso que el apóstol procuraba sobremanera desarrollar ante los Tesalonicenses la santificación íntegra del hombre, designando para tal fin todo lo que puede distinguirse en él. Sin duda alguna, el Espíritu ha querido hacernos discernir estas cosas en nosotros mismos. La diferencia entre ellas me parece que es la siguiente: Tenemos el cuerpo, que es dependiente de la inteligencia y de la voluntad, en bien y en mal, y el canal de las impresiones de lo que está fuera de nosotros, el vaso y el instrumento de nuestras pasiones; no es preciso que me extienda sobre el particular.

El alma es la vida natural en donde radican las afecciones y toda la acción vital que nos distingue de la existencia vegetal; supone una voluntad y más o menos la inteligencia. Así pues, una bestia tiene un alma, un alma inferior sin duda alguna, bajo todos los aspectos, pero la tiene. Pero está escrito que Dios alentó en la nariz del hombre soplo de vida; y vino a ser en alma viviente; esto es lo que esencialmente distingue al hombre de la bestia. Dios hizo que de la tierra surgieran toda suerte de animales, para venir a existir, como seres vivientes, según su voluntad suprema; pero jamás alentó espíritu de vida en las narices de los tales. Esta diferenciación nos constituye en linaje de Dios. (Hch 17:29). Ahora bien, podemos engreírnos, querremos ser independientes, desearemos razonar sobre Dios, para querer ser como Él, o bien al contrario, anhelaremos recibir las comunicaciones que nos hace su Espíritu para sentir nuestra responsabilidad y someternos, amar subjetivamente, lo cual corresponde a obedecer de corazón. Ocuparnos de sus pensamientos y recibirlos con sumisión, esto es la santificación de espíritu.

Las afecciones del alma pueden tener el Yo por centro, o ser ordenadas según Dios y ser así santificadas. A menudo, como ya he dejado dicho, el espíritu, —punto de contacto del alma con Dios—, está comprendido en la expresión “alma”, pues es por este soplo / espíritu de vida que el hombre vino a ser en alma viviente. El corazón es el alma contemplada desde el punto de vista de las afecciones, y con frecuencia se identifica con las mismas; por ejemplo: cuando decimos “de todo corazón”, “tiene mucho corazón”, etc. El espíritu es el alma desde el punto de vista de su inteligencia, por lo cual queda bajo responsabilidad. Si contemplo el alma desde esta perspectiva diré: “mi espíritu”, si lo hago desde el lado de las afecciones, diré: “mi corazón”.

En la conciencia hay dos partes: el sentimiento de la responsabilidad hacia uno a quien se es deudor, y el conocimiento del bien y del mal. La primera parte existía ya en la inocencia, y existe por doquier donde subsiste la conciencia de la relación que nos sitúa en la posición del deber. El conocimiento del bien y del mal, que nos hace sentir, en nosotros mismos, la diferencia entre las cosas buenas y las malas, convenientes o inconvenientes, lo hemos adquirido por la caída —terrible conocimiento y agravamiento de la responsabilidad para un pecador ya comprometido, pero necesario para tenerlo frenado y darle el verdadero sentimiento de su obligación.

El entendimiento no difiere gran cosa del espíritu. Es la facultad del alma por la cual piensa y juzga, discierne y decide interiormente; no digo, por la cual es decidida, esto es otra cosa. En Efesios 1:18, en el original dice “corazón”, en Romanos 7:23-25, “entendimiento” o “espíritu”. Creo que “inmundicia de espíritu” (2 Co 7:1), quiere decir, ante todo, inmundicia en los pensamientos en contraste con los actos del cuerpo, de las cuales ambas cosas debemos purificarnos.

No entro en las consideraciones metafísicas en cuanto a la diferencia entre el alma de los hombres y la de las bestias; hallamos que la de las bestias es ajena a las abstracciones y en cambio los hombres son capaces de afecciones morales que son algo superior a la pasión y al instinto».

Quince años después de esta carta, el Sr. Darby escribió al hermano Schlumberger de Pau (Francia) en relación con el mismo tema, en los siguientes términos:

Nueva York, 24 de noviembre de 1866.

«…He recibido su carta, y en primer lugar responderé a sus preguntas metafísicas.

Si no estoy mal informado, cuerpo, alma y espíritu es una división, que hallamos ya, en los escritos de Platón. Esta división se halla justificada por el hecho de que Dios alentó en el hombre un espíritu de vida, y es así, y no por un acto de creación y voluntad divina, que el hombre ha venido a ser un alma viviente. Dios ha hecho salir de la tierra, sin más, a los animales, en cambio ha formado al hombre y después lo ha animado. De esta manera hemos de entender que somos “linaje de Dios” (Hch 17:29). Tenemos el cuerpo y el alma, centro de las afecciones de un ser viviente en relación con su individualidad, y su actividad voluntaria; además, esta parte superior por la cual existe conexión con Dios y eleva el carácter del alma, y hace que todo lo que se halla deba ser formado y guardado en vista de nuestra responsabilidad en relación con Dios, es decir, en la vinculación que nos hallamos con Él, pues nuestra obligación siempre consiste en ser consecuentes con las relaciones en que nos hallamos. En cuanto a éstas (las relaciones), nos encontramos separados de Dios, por nuestra posición de seres caídos. Enemistad hacia Él, corrupción, egoísmo e incredulidad, la pretensión de no necesitar a Dios y de levantarse contra Él en independencia, tal es el pecado en sus tres partes: cuerpo, alma y espíritu. Pero habiendo sido formados para Él, hallados en esta condición, se pone de manifiesto la miseria moral y espiritual de la manera más degradante, cuando las cosas aparentes cesaron y tenemos que ver con Dios. Pero ahora, el poder de la vida divina ha tomado posesión de nuestro ser; el espíritu se somete a Dios y goza de Él, revelado en amor y en santidad; el alma pierde su egoísmo y el cuerpo se convierte en instrumento de justicia para Dios. Las relaciones humanas creadas por Dios ocupan su justo lugar; no existe la infidelidad ni la idolatría. La presencia y el don del Espíritu Santo presenta otro carácter. Esta presencia da la conciencia de nuestras nuevas relaciones con Dios y con Cristo, y la inteligencia y la fuerza para conducirse aquí, de una manera consecuente con estas relaciones. Esto corresponde a los privilegios especiales que tenemos en Cristo, es decir, como hijos de Dios en Él, como miembros de su cuerpo, etc. No hay duda de que el espíritu piensa, pero es una locura de la filosofía presentar la facultad de pensar como la cosa más sublime del hombre: No lo es. Dios no piensa: todo le es conocido. En cambio nosotros pensamos, porque no conocemos. La parte superior del hombre es lo que tiende sus relaciones hacia Dios. Un animal, hasta cierto punto, piensa; pero no creo que haga abstracciones. El hombre está por encima de esta esfera a causa de su inteligencia, pero ésta no se eleva ni puede elevarse hasta Dios. El instinto del alma sabe que existe un Creador; tan pronto como el hombre piensa, le es imposible creer, porque la idea de la creación le es inasequible. La razón no sabe jamás que una cosa es, sino que es preciso que sea —es una conclusión lógica, nada más. Pero el Creador es “lo que se puede conocer de Dios”; Su eterno poder y Su divinidad “a ellos se manifestó” (Ro 1:19-20). Dios lo ha divulgado. Estas cosas se “disciernen por medio de la inteligencia”. Esto no es una conclusión sacada de los razonamientos, aunque la inteligencia se ocupa. “Las cosas invisibles de Él se disciernen”, pero la conclusión se desprende de lo que es creación o creador. El propósito y Quien lo tuvo, son correlativos; en manera alguna puedo ver lo que delata un propósito sin pensar en alguien. Esto es así. ¿Por qué supongo una causa primera? Porque soy hecho de tal manera, que no puedo ver lo que existe sin pensar en una causa. Ahora bien, Dios existe y no puedo pensar en su existencia sin una causa, es decir, no puedo conocerle. Con esto afirmamos que somos seres creados, y por lo tanto pensamos según nuestra naturaleza. Puedo también decir: todo esto no existe sin un ser creador, sabio y poderoso, y no entrar en otras consideraciones en cuanto a la creación; puedo y debo decirlo, pues es esto “lo que de Dios se conoce”. Los filósofos han querido conocer por la razón al Creador; esta es otra de sus locuras, pues para ello sería preciso ser Dios, y en consecuencia han caído en el panteísmo y las especulaciones, unas más absurdas que otras; y, en fin, en el positivismo, única cosa que es verdad, pues nos dice que no podemos conocer a Dios, pero también supremamente falsa, porque pretende negar a Dios, cuando según su teoría no se puede saber nada.

“El cuerpo espiritual” (1 Co 15:44), significa solamente que el cuerpo resucitado no es un cuerpo de bajeza como el que ahora tenemos. Dios puede darnos uno como Él estime, y con tanta facilidad como nos dio el que ahora nos cubre. Lo que llamamos existencia material es relativo; la materia existe para la materia. Dios abre la puerta a Pedro, sin embargo el ángel entra sin necesidad de pensar en este obstáculo (Hechos 12:7 y 10).»

* * *

Graells había tomado la responsabilidad de traducir lo correspondiente a este interesante y sugestivo tema. Sujeto profundo que debe conducirnos más allá de la simple curiosidad. Conocía otros extractos no debidos al mismo autor, pero que, a su entender, podían ser de provecho a los lectores. Pensó consultar con Roura especialmente por el hecho de tener la responsabilidad del conjunto de la obra y este rasgo de delicadeza espiritual y de humildad dio los frutos apetecidos.

He aquí pues, en primer lugar, un extracto breve y después un trabajo más extenso de singular importancia a causa de su sencillez.

Dejemos que sea el mismo Graells quien hable:

—En conexión con esto, deseo transcribir unos párrafos de un siervo de Dios sobre un tema de tanta trascendencia como lo es Hebreos 4:12 y 13:

«Vamos a extendernos y hacer notorio algo más del carácter penetrante de la palabra de Dios. El hombre suele hablar de sí mismo como una combinación de alma y cuerpo como si esta división fuera correcta. La palabra de Dios penetra más profundamente y divide entre el alma y el espíritu —o sea, entre las dos partes no materiales de su ser—. La distinción que de ordinario hacemos es que el alma tiene que ver con los afectos, los apetitos y los deseos que rigen el cuerpo; todo lo que tiene en más alto grado, pero en común con los animales inferiores en la escala de la creación. Estos afectos se dividen en lo que llamamos las emociones y los sentimientos y pasiones.

Por otro lado, se halla el espíritu que dirige las facultades superiores de la mente y de los sentimientos morales, y que llamamos conciencia. La palabra de Dios viene y divide entre ambas (entre alma y espíritu). Ahora bien, hay muchas personas que al examinar sus experiencias religiosas, no saben distinguir entre los sentimientos —que corresponden al alma— y las decisiones espirituales.

Si fuera posible conseguir que las personas presentes en una reunión donde se predica la palabra de Dios llegasen a una conclusión, juzgarían el valor de sus experiencias religiosas por las emociones que hubiesen experimentado. Si se sienten felices y contentos al oír las verdades religiosas, creen que gozan de la salvación. Si se sienten conmovidos por la gravedad de sus pecados y reconocen su indignidad, llegan hasta el punto de temer que la gracia divina no es para ellos, y dudan de que la salvación pueda alcanzarles. Más a pesar de ello, este último puede estar más cerca del reino de Dios que el primero. A menudo los hombres confunden sus sentimientos con la operación de la conciencia, y son estos sentimientos los que estorban o tuercen el juicio, desviando el corazón de sus propósitos espirituales.

Pero la palabra de Dios penetra hasta la división entre el alma y el espíritu. Es posible que Vd. sea conmovido hasta el punto de derramar lágrimas, pero esto no es una señal segura de que haya nacido de nuevo en el reino de Dios. Puede ser que sus emociones dominen completamente todo su ser. El sentimiento de gratitud puede ser tan hondo, y Vd. tan bajo en su propia estimación, que éste (su ser) se postre abatido ante Dios al igual que los árboles se doblan ante la fuerza del huracán; y, sin embargo, que el hombre interior no se rinda hasta el punto de la obediencia.

La palabra de Dios cala más hondo que estas exterioridades y se presenta ante la conciencia, demandando un acto de sumisión por parte de todo el ser; el reconocimiento por la inteligencia de la autoridad de la Palabra de Dios para presentar la verdad (o como portadora de ella), la aceptación por la conciencia de la purificación del pecado, hecha por la sangre del Señor Jesucristo, y la entrega de la voluntad por un acto de fe, que acepta la salvación como un don gratuito de Dios». (Transcrito de «Auxilios para los Peregrinos», año 1912).

Ahora, finalmente, añadiremos un trabajo aparecido en la revista Vida Cristiana, año 1959, página 19, que en una de sus secciones titulada: Las palabras del Nuevo Testamento, en relación con el tema: ESPÍRITU, ALMA Y CUERPO, dice así:

«En todos los idiomas, las palabras tienen, al lado de su sentido real o primitivo, uno o más sentidos secundarios o figurados. Así, por ejemplo, la palabra “ alma“, no sólo significa “la parte espiritual, razonable e inmortal del hombre, la cual le transforma en súbdito de un gobierno moral”, o sencillamente: “el principio intelectual, o sea, el entendimiento”, sino que se usa a menudo en el sentido de una “persona”; así, “no había alma viviente”, que significa que no había nadie; “una ciudad de cincuenta mil almas” es sinónimo de una ciudad de cincuenta mil habitantes.

Esta variedad de matices en el uso de la palabra no da lugar a ninguna dificultad seria porque —mediante el contexto— aparece inmediatamente el verdadero sentido del término empleado. Es pues de suma importancia entender lo que el contexto quiere realmente decir, a fin de no prestar a una palabra un sentido diferente del original, o de su sentido real en cualquier pasaje.

Tomemos, por ejemplo, ciertas palabras sobre las cuales se apoyan algunos para probar que el alma muere, en Ezequiel 18:20: “ El alma que pecare, ésa es la que morirá” (V.M.). Sin embargo, la Escritura no habla nunca de la muerte del alma cuando “alma” tiene el sentido primitivo de la parte inmortal del hombre. La palabra “mortal” se aplica invariablemente al “cuerpo”. Pero citemos todo el pasaje al cual hemos hecho alusión: “El alma que pecare, ésa es la que morirá: el hijo no llevará la iniquidad del padre, ni el padre llevará la iniquidad del hijo; la justicia del justo estará sobre él, y la maldad del malo sobre él estará.”

Se quejaba Israel de que Dios le castigaba a causa de los pecados de los padres, diciendo: “los padres comieron el agraz, y los hijos sufren la dentera”. Pero el profeta les demuestra que no era cuestión que el hijo llevase la iniquidad del padre —como ellos pretendían que era el caso—, sino que cada uno moría por sus propios pecados: “El alma que pecare, ésa morirá“… El énfasis de la expresión recae sobre el demostrativo “ésa”, sin ocuparse, en el pasaje, de la suerte del pecador después de la muerte. En cuanto a esta cuestión, el Señor mismo levanta el velo del misterio en Lucas capítulo 16. Es la persona que peca la que morirá; el juicio es individual. Es ahí donde reside el sentido evidente del referido versículo.

En el texto original del Nuevo Testamento, la palabra “alma” (psujé) se usa de diversas maneras; notemos unas cuantas:

l.) Parte interior, espiritual y moral del hombre contrastada con el cuerpo y estrechamente ligada al “espíritu”. Véase: “no dejarás mi alma entre los muertos” (literal: “en el Hades”). (Hch 2:27, V.M.). “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero el alma no la pueden matar; temed más bien a aquél que puede destruir así el alma como el cuerpo en el infierno” (literal: “gehenna”) (Mt 10:28, V.M.). “Y ruego que vuestro ser entero, espíritu, alma y cuerpo sea guardado y presentado irreprensible…” (1 Ts 5:23, V.M.).

2.) Sede de los afectos, de los deseos del corazón, etc. Véase: “Mi Amado, en quien se complace mi alma” (Mt 23:38). “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma» (Mr 12:30).

3.) Espíritu. Véase: “Y la muchedumbre de 1os creyentes era de un mismo corazón y de una misma alma“(Hch 4:32). “Pero los judíos que no creían excitaron los ánimos (literal: “almas”) de los gentiles…” (Hch 14:2).

4.) Vida. Ocurre muy frecuentemente, por ejemplo: “no os afanéis por vuestra vida (literalmente: “vuestra alma”: psujé). Mt 6:25; etc.

5.) Personas. Véase: “Tres mil almas” (Hch 2:41). “Y vino temor sobre toda alma” (Hch 2: 43. VÍA)

Como se ha hecho notar, estando el alma estrechamente ligada al cuerpo, como su principio de vida, esta palabra se usa a menudo, para designar la vida misma.(1) El espíritu, el alma y el cuerpo permanecen en íntima relación. Podemos decir que el “espíritu”es la parte más elevada, intelectual, enérgica; mientras que el “alma” queda más bien vinculada a los afectos.

El apóstol Pablo, abarcando al hombre por entero, ruega que todo su ser: espíritu, alma y cuerpo, sea conservado irreprensible. Es pues el hombre compuesto de tres partes: el cuerpo siendo naturalmente una cosa material que podemos ver y palpar; el alma y el espíritu permaneciendo intangibles e invisibles para nosotros. Y sin embargo existen, y no son por eso menos reales, según el testimonio de la Escritura.




Nota (1): Trátase de la vida del cuerpo, o «ánima» como principio motor de toda vida animal o animada. No es la vida en su sentido espiritual (la vida eterna), para la cual se usa una voz completamente diferente en el original: Zôé.







EL ALMA



Empezando por el “alma”, llamaremos la atención del amado lector sobre el hecho de que nuestro Señor, precaviendo a sus discípulos contra los que les perseguían, les dice que no teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, mas no pueden tocar el alma. ¿Era el alma menos real en este caso? De ningún modo. Notemos también el orden de las palabras en el citado pasaje: “ espíritu, y alma, y cuerpo“; y es así también como nuestro Señor habla de destruir “el alma y el cuerpo” en la gehenna; el alma es antepuesta al cuerpo. Está pues claro que es después de la muerte cuando el alma y el cuerpo se hallan en la gehenna; de modo que esto existe después de la muerte, incluso para el malo. Destruir no significa aniquilar, como veremos más adelante. “Está decretado a los hombres que mueran una sola vez” dice el apóstol en Hebreos 9:27, “pero después de esto se seguirá el juicio”. La muerte y “después de la muerte”, el juicio; ésta es la suerte común del hombre pecador e impenitente; hay algo, pues, que sobrevive a la muerte y que está sujeto a juicio.

Algunos dicen que el alma deja de existir, pero que resucitará el cuerpo. Pero lo que ha dejado de existir no puede jamás ser resucitado, y si hay una cesación de existencia con la muerte, es preciso que Dios cree un nuevo ser en la resurrección, pues ha desaparecido la identidad, y con ella la responsabilidad vinculada al hombre en este mundo.

A este propósito encontramos un pasaje muy notable en Job 19:25-27. “Pues yo sé que mi Redentor vive, y que en lo venidero ha de levantarse sobre la tierra y después que (los gusanos) hayan despedazado esta mi piel, aún desde mi carne he de ver a Dios, a quien yo tengo que ver por mí mismo, y mis OJOS le mirarán; y ya no (como a) un extraño”. Así, en aquellas tempranas edades, existía el conocimiento (revelado por Dios) de que Job vería al Redentor por sí mismo. No se trata de un nuevo Job reemplazando al antiguo, por cuanto dice “y ya no (como a) un extraño”, sino del mismo hombre en una nueva posición y en un estado nuevo.

Abundan en las Escrituras las pruebas de la existencia del alma después de la muerte, y son de una claridad diáfana para todos, menos para aquellos que están cegados por su afán de sostener una determinada teoría. El Salmo 16 nos enseña, acerca de nuestro Señor Jesucristo, que su alma no fue dejada en el Hades, es decir, despojada del cuerpo; y en cuanto a éste, no vio corrupción.

Varias falsas conclusiones han sido extraídas del hecho de que en Génesis cap. 1 la expresión “alma”, o “ánima viviente” se aplica tanto a los animales como al hombre. Es verdad, por cierto, que tienen una vida ligada al cuerpo, mas aquel que niega la diferencia entre el hombre y los animales rebaja al hombre al nivel de las bestias nacidas para “presa y destrucción”.

Si se formula esta pregunta —como lo hizo otro escritor—, veremos que la Escritura, estudiada pacientemente bajo la guía del Espíritu Santo, habla de tal manera que —en pocas palabras— anula todas las especulaciones humanas. En Génesis 2:7 leemos que Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida, y el hombre vino a ser “ alma viviente“. Vemos pues, que fue del soplo de Dios, este altísimo poder de vida, por el cual el hombre vino a ser “alma viviente”. Primeramente, Dios había moldeado el cuerpo como juzgó conveniente, y fue al comunicarle la vida proveniente de Sí mismo como animó la forma que había hecho. Los animales habían salido de la tierra por su voluntad, y por la palabra de Su poder. Había dicho: “Produzca la tierra seres vivientes según su especie”. Y fue así: aparecieron las criaturas vivientes. No ocurre lo mismo con el hombre. Según sus solemnes designios, Dios decidió hacer al hombre a su imagen conforme a su semejanza. De este modo, creó al hombre a su imagen, entregándole el dominio, y le bendijo. Dios le señaló asimismo su lugar, su comida, así como el alimento de los animales, etc. Siendo objeto de los designios de Dios, y habiendo recibido el aliento de vida, era también el receptáculo de las comunicaciones divinas. Pero hay más que esto: Dios le coloca en una relación consciente con un Creador conocido, de modo que aprenda su responsabilidad. Le enseña la obediencia mandándole no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Dícese del hombre que es del linaje de Dios (Hch 17:28) y Adán, como ser creado, incluso es llamado “hijo de Dios” (Lc 3:38); y, aunque caídos, todavía somos reconocidos como hechos a imagen de Dios (Stg 3:9).

No cabe la menor duda de que la creación del hombre no sólo fue enteramente distinta de la de los animales, sino que el hombre fue colocado en una posición de relación y de responsabilidad para con Dios, cosa que jamás ningún animal ocupó.

Las falsas teorías sobre este tema modifican toda la verdad de las Escrituras, e invalidan hasta la misma expiación. Si el hombre no es sino una especie animal más elevada, sin espíritu inmortal o alma, entonces la expiación no vale para nada, porque sus efectos serían limitados a cosas hechas en el cuerpo; por consiguiente, de ser este sistema verdadero, la responsabilidad humana no diferiría sensiblemente de la de la bestia, aún en el caso de que existiera.

Por otra parte, en Apocalipsis 6:9 se nos habla de “las almas de los que habían sido muertos a causa de la palabra de Dios y a causa del testimonio que mantenían”; y en el capítulo 20:4 de “las almas de los que habían sido degollados a causa del testimonio de Jesús”, etc. Es cierto que se trata de una visión, pero nos muestra la realidad de la existencia del alma después de la muerte y el hecho de que los que habían padecido el martirio esperaban el momento de la primera “resurrección” cuando el cuerpo y el alma serán reunidos y tendrán parte en las bendiciones del reino milenario. Veamos ahora la palabra:

EL ESPÍRITU

El espíritu es distinto del cuerpo y del alma, y es mencionado en primer lugar en el deseo que expresa el apóstol para los tesalonicenses: pide que “su ser entero, espíritu y alma y cuerpo, sea guardado irreprensible”. Distinto del alma, el “espíritu” es —por así decir— la parte que suministra la energía y que dirige. Así la palabra de Dios penetra “hasta la división del alma y del espíritu” (He 4:12). Lo que es de los sentimientos y de los afectos, del pensamiento y de la voluntad; lo que puede ser y a menudo es el fruto de la obra de Dios en el hombre.

Leemos en 1ª a los Corintios 2:11 “¿Pues quién de los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?” Aquí, desde luego, el espíritu es considerado como una entidad distinta; diferente del cuerpo que le sirve de “vaso” o receptáculo. Del mismo modo, en 1ª a los Corintios 7:34, tenemos “para que pueda ser santo, tanto en cuerpo como en espíritu”, otra prueba de que el “espíritu” es una parte bien definida de la persona, distinta del cuerpo y del alma.

Pero resulta falso decir que la muerte puede alcanzar al espíritu; el cuerpo es mortal, mas nunca se dice semejante cosa del espíritu.

Así oímos decir a Esteban moribundo: “¡Señor Jesús, recibe mi espíritu!” (Hch 7:59), y nuestro Señor mismo “entregó el espíritu” (Mt 27:50), y dice “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” (Lc 23:46). Podía anunciar al ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Algunos intentan vanamente anular la fuerza de este pasaje cambiando la puntuación y colocando la coma después de “hoy”. Hay un contraste manifiesto entre el hecho de que el ladrón tenía que esperar el reino, y su presencia con el Señor en el Paraíso en aquel mismo día. Dijo a Jesús: “Señor, acuérdate de mí, cuando vinieres a tu reino”. Y nuestro Señor, en su contestación parece decirle: “Ya no tendrás que esperar que venga el reino, hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Sobra decir que el ladrón no se fue con Jesús en su cuerpo, sino que su espíritu se halló en el Paraíso tan pronto como la muerte le separó del cuerpo en aquel día, como ocurrió con el Señor mismo. Y notemos que el “espíritu” está tan estrechamente vinculado con la personalidad que el Señor puede utilizar los términos “tú” y “yo”; o sea, “ tú estarás” y “ conmigo“.

Ahora podemos examinar un pasaje del Antiguo Testamento presentado por quienes niegan la inmortalidad del alma para defender su teoría. “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, lo mismo sucede a las bestias; es decir, un mismo suceso les acontece: como mueren éstas, así mueren aquéllos; y un mismo aliento tienen todos ellos; de modo que ninguna preeminencia tiene el hombre sobre la bestia, ¡porque todo es vanidad! Todos van a un mismo lugar pues que todos son del polvo, y todos tornan otra vez al polvo. ¿Quién conoce el espíritu de los hombres, que sube a lo alto; y el espíritu de las bestias, que desciende hacia abajo, a la tierra?” (Ec 3:19-21).

Todo lector imparcial ha de saber que el libro del Eclesiastés no tiene por objeto ocuparse del destino eterno del alma. El Predicador considera las cosas “debajo del sol”, y nos comunica —por inspiración, desde luego— su propia experiencia sobre la incapacidad de los recursos del mundo para dar una satisfacción duradera. Dios le permitió experimentar las cosas de esta tierra y comunicar sus experiencias para enseñanza nuestra, y así es como dice: “ Dije entonces en mi corazón…“, etc. ¿Debemos concluir por esto que fuese justo todo cuanto “dijo en su corazón” en el curso de su búsqueda de algo satisfactorio que conduzca al descubrimiento de que todo es vanidad? Ciertamente que no. La expresión ¿quién conoce…? del ver. 21 no es el lenguaje de la fe, sino el de la duda o de la incertidumbre. Más adelante, en este mismo libro, indica el verdadero estado de cosas, cuando dice: “Nadie hay que tenga potestad sobre el espíritu suyo, para retener el espíritu” (8:8), y al final: “y el polvo torne al polvo como antes era, y el espíritu se vuelva a Dios, que lo dio” (12:7). Así, pues, si el espíritu vuelve a Dios que lo dio, no deja por lo tanto de existir con la muerte del cuerpo.

Hallamos en Zacarías 12:1, la prueba certera de que el espíritu es lo que Dios ha puesto en el hombre: “Así dice Jehová, el que extendió los cielos, y echó los cimientos de la tierra, y formó el espíritu que tiene dentro de sí el hombre”. Lo que aquí se establece no se refiere solamente a los creyentes, sino al hombre en general: hay dentro del cuerpo lo que Dios ha formado. No son meras emociones, como lo pretenden algunos, o algo que el hombre tuviera en común con los seres inferiores; se trata de una individualidad distinta formada por Dios mismo.

Todo el testimonio de la Escritura sobre este punto es de lo más expresivo, no solo en cuanto a los salvados, sino también en cuanto a los que no lo son. Por lo que se refiere a aquellos, dice el apóstol Pablo, al establecer un contraste entre su estado actual en el cuerpo y su condición fuera del cuerpo: “teniendo el deseo de partir y estar con Cristo; lo cual es mucho mejor” (Fil 1:23). Esto no restaba nada a la esperanza que tenía de la resurrección, lo cual era aún mejor, así como lo prueba el capítulo 3:11. Además, considera este cuerpo como una “tienda” en la cual “gemimos”, deseando ser “revestidos” del cuerpo de gloria que el cristiano recibirá en la venida de Cristo. Pero, al mismo tiempo, afirma que mientras estamos “presentes en el cuerpo, ausentes somos del Señor”. Aquí la Escritura no deja lugar a dudas, pues al apóstol añade: “Estamos deseosos más bien de ausentarnos del cuerpo y estar presentes con el Señor” (2 Co 5:8). Resulta imposible contradecir tal pasaje.

Prueba incontestablemente que la condición de estar “ausente del cuerpo”, aunque no definitiva, vale sin embargo mucho más que estar en esta tierra. Y “estar ausentes del cuerpo” no significa de manera alguna el cese de la existencia o el “sueño del alma”, como se dice: es, por el contrario, estar “presente con el Señor”.

No se habla en absoluto del “sueño del alma” en la Escritura; la palabra “sueño” se utiliza a menudo para designar el estado del verdadero cristiano después de la muerte, y siempre se aplica al cuerpo. Nuestro Señor se vale de este término en el caso de la hija de Jairo: “no está muerta, sino duerme”. Los judíos no lo comprendieron, pues “se burlaron de él, sabiendo que estaba muerta”. En el caso de Lázaro, el Señor utiliza esta palabra para explicar a los discípulos lo que iba a hacer. Pero no lo entendieron mejor que los judíos; y Jesús anuncia entonces, de modo explícito que hablaba de la muerte: “Lázaro es muerto”. En las epístolas se utiliza para “dormir en Jesús” o “por Jesús”, y los que mueren son llamados los “muertos en Cristo”. Con la muerte cesan nuestras relaciones con este mundo para el tiempo actual, más nuestro espíritu está “presente con el Señor”.

La Escritura muestra claramente, pues, que no termina la existencia después de la muerte en el caso de los santos, y —cuando se trata de los perversos— la Palabra es tan justa como explícita.

El Señor Jesucristo, conocedor de todo cuanto pasa en el otro mundo, descorre el velo —en la parábola del rico y Lázaro, en Lucas 16—, y nos permite echar una mirada allí. Alégase que sólo se trata de una parábola: ¡Concedido!, que lo sea; mas debemos admitir que todas las parábolas propuestas por el Señor eran destinadas a presentarnos una determinada enseñanza y no pueden contradecirse las siguientes conclusiones:

1. Hay un estado de bendición y de tormentos después de la muerte: el pobre “murió” y el rico también “murió y fue sepultado”.

2. No hay la menor alusión a que termine la existencia después de la muerte, pero el uno está en un lugar de dicha y el otro en un lugar de tormentos.

3. No se puede, de modo alguno, pasar de un lugar a otro.

4. Ambos tienen la conciencia y el recuerdo de la condición perdida.

5. La palabra de Dios es un testimonio pleno y suficiente para el hombre durante su vida sobre la tierra. Es, en verdad, un testimonio muy solemne de parte de Aquel único capaz de revelar el estado del hombre después de la muerte.

Veamos ahora el cap. 20 de este mismo evangelio, donde hallamos una exposición completa, hecha por nuestro Señor, en respuesta a los saduceos que no sólo negaban la existencia del espíritu después de la muerte, sino también la resurrección. Como demostración concluyente del error de ellos, el Señor cita estas palabras: “El Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob”. Como sabemos habían muerto centenares de años antes, mas la fuerza del argumento se halla en lo que sigue, introducido por la palabra “porque” —”porque con Él todos viven” (ver 38). Y nuestro Señor dice: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”. No dice “no era“, como si aludiera al tiempo pasado de su existencia sobre la tierra; más insiste sobre el hecho de que es Dios de los vivos para probar que —aunque muertos para los hombres— ellos vivían siempre en cuanto a, o para con Dios. Por consiguiente, para Él, todos —malos o justos— viven. Los hombres mueren, desde luego, su estado se cambia, pero su existencia no es anulada, “porque para con Dios viven”.

¿Cabe tener prueba más concluyente de que en tanto que la muerte alcanza el cuerpo, como todos lo reconocen, no puede tocar el alma o espíritu inmortal que debe vivir para Dios? A la muerte, el espíritu vuelve a Dios que lo dio».













Nota (2): El lector notará al meditar lo que se acaba de transcribir que se ponen en evidencia una serie de matices que aclaran y amplían el pensamiento del Sr. Darby en relación con este tema solemne y profundo a la vez. Pero hay que subrayar el hecho de que, sea quien sea el que escriba sobre materia tan singular, no podrá penetrar en el arcano del hombre invisible e intangible, si no está sumiso y dependiente de Aquél que por Su palabra puede impartirle su divino magisterio. (N. del T.)



Fragmentos de cartas en relación con el fallecimiento
de diversos hermanos y hermanas

23 de Enero de 1850.

A Mme. S.

«Empiezo a poderme ocupar un poco de mis actividades, aunque éstas se circunscriben a escribir desde mi habitación; pero gracias a Dios me encuentro mejor. No quiero pues diferir el enviarle unas palabras de simpatía en su aflicción. No es preciso que me esfuerce en afirmar cuán real es esta simpatía, pues si nuestro querido hermano era para Vd. más amado que para nosotros, a causa de los lazos naturales, no ignora cuánto afecto sentíamos todos hacia su persona, y cuán ligados estábamos a él en los lazos del Espíritu. Su dulce y amable aprecio nos tenía el corazón cautivado. Le recordamos y está vivo en nuestra memoria, y en esta pérdida que nada puede reemplazar si no es el Señor, debe haberle sido dulce saber que aquél que le fue tan querido era también amado y apreciado por todos. Conviene que dirijamos nuestra mirada en dirección hacia Aquel que está por encima de todo, pues esta pérdida será sensible para toda la Iglesia. Lo siento profundamente, amada hermana, pero en lugar de hablar de lo que hay en mi corazón, es preferible que le invite a elevar el alma a una esfera más elevada que la arena del desierto. Sea cual sea nuestra aflicción, los propósitos de nuestro Señor y Salvador siempre son perfectos; trátese de su esposo, de Vd. misma o de la Iglesia. Para nuestro amado hermano que se fue, sabemos que estos propósitos son el reposo y el gozo, hasta el día en que aparecerá en gloria con el Señor.

Para nuestros corazones, y en particular para el de Vd., es un vacío dejado por la ausencia. ¿Pero cuál es la intención del Señor en relación con el lugar tan tristemente desierto que ha dejado en nuestros corazones? El motivo es que Él siempre obra seriamente con nosotros, y esto en relación con la eternidad. Sabemos que su voluntad es buena, agradable y perfecta, que todo lo hace bien. También sabemos, en cuanto a nuestro amado, que está gozoso. Pero nuestros corazones tienen sentimientos propios sobre los que Dios obra en primer lugar; afecciones que aún siendo naturales, reconoce; por estas afecciones y estos sentimientos hallamos en Él la dulzura de su más tierna simpatía; hallamos que es nuestro más tierno amigo. Es nuestro amigo, aun por la misma pérdida, y esto a causa del consuelo que nos aporta. Su Persona es para nosotros cada día más preciosa. Sus afecciones eternas reemplazarán poco a poco las temporales Queremos al Señor y aprendemos a amar lo que nos es más querido en Él. Es un progreso real, precioso y sentido, en donde se aprende la bondad de Su ejercicio en favor nuestro. Pero he aquí que en nuestros pobres corazones se halla también la voluntad propia, y Dios, en su gracia, la quebranta, consolándonos no obstante al mismo tiempo Entonces aprendemos a juzgarnos a nosotros mismos; Cristo tiene un lugar más absoluto en nosotros; somos más capaces de gozar del cielo, tal como gozaremos por entero, y como ya gozan aquellos amados que se fueron de esta escena; pues después de todo, para Dios se trata de lo que es eterno, de aquello que tiende hacia la naturaleza de Cristo resucitado.

Cuando la voluntad se somete, el recuerdo de lo que hemos perdido momentáneamente viene a producir un gozo y un dulce sosiego, en donde el Señor halla Su lugar. El sello de su gracia está allí.

Apreciamos las buenas cualidades de los que amamos, como siéndole agradables. Le bendecimos por habérnoslos prestado por un poco de tiempo, pero sentimos, que aunque los tuvimos, no eran nuestros, sino de Cristo, y que El los ama mejor que nosotros y tiene todo el derecho de reivindicarlos para Sí. Con esto no quiero decir, amada hermana, que Vd. haya alcanzado esta meta en sus ejercicios. En estos momentos experimenta la pérdida de lo que en apariencia le pertenecía; esto es bien natural; pero la obra del Señor hará camino, y Cristo tendrá un lugar más grande en los recuerdos que correspondan a la persona del amado esposo que se fue. Y, en efecto, Dios le ha proporcionado las más dulces compensaciones. La vida irreprochable de nuestro buen hermano, su constante amabilidad, bien que todo esto pertenece también a Cristo antes que a Vd., será un precioso recuerdo para el corazón. Es un privilegio que el Señor concedió que pudiese gozar por un tiempo de esos rasgos agradables que adornaron el carácter moral de su amado esposo. Por el momento, lo natural en el ser de usted sentirá el vacío de día en día, pero cobre ánimo; dirija la mirada hacia Cristo y, como antes dije, los recuerdos se unirán poco a poco a los pensamientos del Señor y al gozo que nuestro amado amigo experimenta cerca de Cristo. Entonces vendrá la calma, unida al sentimiento de la supremacía de Jesús en el corazón. Ha perdido un amigo, precioso para todos nosotros; pero la mano que lo ha retirado de esta escena es una mano de amor que no se equivoca jamás. Es un dulce consuelo el pensar que aquél que tanto hemos amado está con el Señor; y en la medida en que Cristo sea precioso para nosotros, tanto más este consuelo será real y grande.

Paz para su corazón, amada hermana; que Su gracia la sostenga. Escribo brevemente, pues me hallo debilitado aún, y no soy capaz de un ejercicio de espíritu sostenido.

Ruégole diga a F. que precisamente ésta es la causa que me ha impedido responder a su carta, la cual exige, en cierto sentido, un trabajo de mente que debo dejar por el momento, pero le escribiré tan pronto pueda. Poco a poco voy recobrando mis fuerzas.

Salude a todos los amados hermanos.»



Toronto, 4 de enero de 1865.

A Mr. L. F.

«Amado hermano,

Ya sabrá que hemos perdido a nuestro hermano Bellet, hombre de una dulzura que ganaba a todo el mundo, y que poseía un don de un atractivo particular. Su finalidad iba más allá de la paz. No podía oír hablar de otra cosa que de ir con Jesús. Sus palabras se resumían así: “Creo en el Reino, creo siempre en su gloria, pero lo que necesito es el hombre de Sichar”. Así nombraba a Jesús. Lo que puede ser faltara un poco en él, era el cuidado por la Iglesia; este “es más necesario quedar por causa de vosotros”. No podía soportar la idea de no ir con Jesús; de este lado todo era luz, gozo y delicias. Era uno de los cuatro que por primera vez partimos el pan en Dublín. Solamente quedamos C. y yo. Los otros dos terminaron ya su peregrinaje. Su tiempo había terminado. Era el sentimiento que tuve cuando me enteré de la gravedad de su enfermedad. Llega un momento en que uno se va a su lugar, después de servir por un tiempo. Wigram le escribió que podía ser que como siervo del Señor, debía permanecer aún; yo mismo no sé si Dios, después de haberlo despojado por completo del mundo, no lo hubiese tomado a su servicio, con este nuevo carácter. El decía: “No puedo llamarme siervo del Señor. He amado a los hermanos (y era bien cierto), he trabajado por ellos; he procurado servir al Señor, pero no puedo llamarme Siervo del Señor”.

Lo comprendo perfectamente. Es un asunto muy serio, ¿pero qué vamos a hacer si es así? ¿Se trataba de causas personales? ¿Era a causa del estado de la Iglesia? Confesaba que con las personas que no se habían mantenido fieles (los de Bethesda, etc.), había sido demasiado blando; que no había tenido la suficiente firmeza en sus tratos con ellos. En su marcha eclesiástica había estado dotado de una entereza remarcable, pero su amabilidad era excesiva.

En todo se juzgaba de una manera santa, y nos decía que aunque había conocido al Señor desde hacía tiempo (lo cual sabíamos muy bien), Él se había revelado a él de una forma particular en el presente. “Le tengo —decía— como jamás lo he tenido. Sé que soy objeto de su amor, y esto me produce un gozo inefable”. Por lo demás, para él no existía nube alguna que velara su destino. Lo que decía y escribía era de una rara hermosura de lenguaje y de ideas, lo cual se desprendía de la “buena fuente”. No precisaba de esfuerzo alguno. Todo lo hacía “a vuelapluma”. Tenía el hábito de usar papel de escribir cartas para expresar sus pensamientos sobre la Palabra, y cuando escribía a alguien tomaba una de esas hojas y, después de haber expresado lo que debía, añadía: “Ahora voy a ocuparos un poco de las cosas preciosas”. Entonces seguía con lo que tenía escrito de antemano. Así obraba en relación con muchas personas. Su pérdida será sensible para los hermanos de Irlanda, y, sin embargo, me parece que todo es para bien.

Su corazón lo tenía en el cielo, y allí ha ido ahora.

Como él mismo confesaba, no era hombre para tensiones ni roces de esta vida. Pero ahora está con Aquel a quien amaba sinceramente. Tenía un sentimiento profundo de la perfección de Jesús.

Pero en esto, amado hermano, con toda mi flaqueza —y soy consciente de ella—, no le cedo el paso. De una cosa estoy seguro y cierto: Jesús es el todo para mí. Para mi corazón, nada puede compararse con Él; ni de cerca, ni de lejos. Conozco al Padre por Él; como objeto, es el todo para mí. En relación con esto no tengo duda alguna. Mi dolor es que le sigo muy débilmente. Conozco muchas personas que me llevan considerable ventaja, y serán justamente recompensadas más que yo. Esto me regocijará. ¡Les veré brillar en la gloria con tanta felicidad…! Esto se debe a Jesús y para mí es un gozo, porque los amo. Siento un profundo respeto por esa consagración, pero me cuesta creer que alguien ame a Jesús como yo le amo. Él es el todo. . . ».

Estimo oportuno, tal como hallamos en Messager Evangelique de 1914, pág. 357, añadir a la carta anterior una que el hermano Sr J. G. Bellet dirigió al Sr. Darby unos pocos meses antes, desde su lecho de muerte. Carta llena de un amor consagrado en Cristo; carta de una profunda sensibilidad espiritual, en la que los lazos y los afectos fraternos tienden y se remontan hacia regiones que la aspereza del desierto no pueden enturbiar.

30 de agosto de 1864.

«Mi muy amado John:

Me parece que voy debilitándome un poco, bajo el efecto de una pleuroneumonía, como dicen en la Facultad. Puede ser, mi querido hermano, que ya no te vea más en esta tierra, pero tengo que decirte, como uno que habla desde el lecho de muerte, que mi alma bendice al Señor por haberme revelado la verdad que los hermanos recibieron de Él. Mi conversión tuvo lugar en 1817 (era una obra aún muy débil), cuando leía un libro en vista de mis exámenes. ¡Cuánto ha balbuceado mi alma durante años! Entonces llegó la hora en que nos conocimos, no de paso como anteriormente sino con sentimientos que me ligaron instintivamente a ti, y después de pasar cuarenta años, estos sentimientos jamás desfallecieron ni se enfriaron.

¡Cuántas gracias doy al Dios de mi vida eterna por haber nutrido y fortificado esta vida, por haber ensanchado sus capacidades (las de la vida), por medio de tu ministerio privado y público! Te he amado, y supongo, en cierto sentido, como no he amado a otro, y ahora, después de tanto tiempo transcurrido, nos hallamos aún juntos en la gozosa comunión de una misma confesión. No quiero hablar mucho de mí mismo, pero al menos no quiero silenciar esto: Jamás he gozado tanto como ahora del feliz y apacible reposo en Cristo. Considero que partir, y estar con Cristo, es mucho mejor. Estoy más lleno de gozo que en cualquier momento de mi vida anterior.

He repasado en mi memoria el servicio prestado a los demás, y, ciertamente, he descubierto la vanidad y la satisfacción propia; pero el mismo Señor me ha dicho que todo esto queda perdonado. Pero, ¡oh!, cuán miserable es no tener fruto de su servicio para traerle; es así cuando menos que quiero expresar mi pensamiento. Decía a un cristiano de la Iglesia Anglicana, que estoy adherido a la verdad que aprendí hace ya treinta años como una cosa de valor inestimable. Y, querido John, ¡pon en contraste con ella (la verdad), los oficios, las ordenanzas, la liturgia y el clero!

Que el Señor sea contigo, hermano muy amado. Mantente siempre como el defensor y el ornamento de la doctrina. He leído tu edificante folleto: “La ley y la justicia”. Sé que has juzgado en el temor de Dios, y guiado por Su Espíritu, a la persona que mencionas».

J. G. Bellet.






Más cartas del Sr. Darby



Estados Unidos, junio de 1876.

A Mme. G. R.

«Amada hermana en el Señor:

Le remito estas pocas líneas para expresar de todo corazón mi simpatía, pues he tenido noticia, ahora mismo, de la pérdida de su querido esposo. Su fallecimiento me ha producido profunda emoción, ¡y cuánto más a Vd.! Le conocí antes que Vd. misma, cuando era un joven viviendo en la casa paterna. En cierta ocasión pude ayudarle para continuar un viaje en Alemania, en donde buscaba empleo como maestro. No lo halló. Dios había preparado para él un trabajo mejor. Cuando regresó a su casa, tuvo lugar en su espíritu una lucha secreta y profunda en relación con su vocación al servicio de Dios y los deberes hacia sus padres. Estos habían hecho grandes sacrificios para darle una buena educación. Más tarde, durante una tempestad en el lago de Neuchâtel, el cual atravesaba conduciendo a su hermana al cantón del Vaud, cuando se encontraba al borde del naufragio, tuvo la seguridad de que debía consagrar su vida al servicio del Maestro. Por la bondad de Dios llegaron a puerto, y cuando regresó a casa dijo a su madre: “Adiós, amada hermana”, en efecto, era una mujer remarcable. Después del adiós, fijó su residencia en Berna como profesor de alemán, y fue allí en donde él la conoció a Vd.. A continuación se trasladó a Zurich y desde entonces Vd. misma le ha conocido mejor que yo. Nuestras relaciones siempre fueron llenas de la más tierna afección; sentía hacia él una atracción en grado sumo, y no es de extrañar que el hecho de habérselo llevado el Señor haya sido para mí particularmente doloroso, así como para la obra, pues hablando como hombre puedo decir que su vacío difícilmente será llenado, toda vez que era un hermano lleno de sabiduría y experiencia. Pero lo mismo para el servicio que para Vd., es preciso dirigir la mirada al Señor. La parte de Vd. es la de poner toda confianza en “el Padre de huérfanos y en el defensor de viudas” (Sal 68:5). Su numerosa prole le dará ocasión de glorificar al Señor, pues tendrá mucho a confiarle. Dios busca y se agrada de esta confianza. Nuestro corazón halla el gozo en este menester, pero en el del Señor mucho más aún, pues Él es la misma bondad. Afirma y fortifica al huérfano y a la viuda; no solamente siente compasión por ellos, sino que las circunstancias que atraviesan despiertan su misericordia como nos ofrece a manera de ejemplo el caso de la viuda de Naín, y las muchedumbres parecidas a un rebaño sin pastor. El trabajo que Vd. tiene por delante es grande, pero no demasiado para la bondad de Dios. Los hijos, a consecuencia de este rudo golpe, serán para Vd. un sostén y una rica consolación, pero su confianza debe reposar en el Señor, para esto como para todo lo demás.

No pensaba extenderme tanto, amada hermana. En estos momentos me encuentro en un pueblecito, camino del Canadá, pero no podía recibir la comunicación de la partida de su esposo (lo cual hubiese sido imposible para mí), sin expresarle toda la parte que tengo en este dolor y en esa pérdida que le aflige. Para el amado que se fue, su porción es la paz y el gozo; para Vd. y los hijos, separación de lo que les era más precioso y la soledad con Dios. Pero Él es suficiente para todo, y cuando el pecado ha introducido la muerte, la prueba y el dolor, el vencedor del infierno y de la muerte ha entrado también en ella. Se ha hecho hombre a fin de tomar parte en todas estas cosas para ofrecernos una esperanza; esperanza que hace, aún de la misma muerte, una ganancia para nosotros; esperanza perfectamente asegurada; un amor del cual nada nos puede separar.

Su hermano en el Señor.»

Inglaterra, Marzo de 1861.

A Mme. B.

«Amada hermana:

No hay duda de que la pérdida de vuestra querida María, será un golpe doloroso, y una brecha en vuestra familia. Pero no sé cómo explicarme, mas lo intentaré. Desde hace muchos años me he habituado a la muerte en Cristo, y para el cristiano es como una amiga que sonríe. En sí misma es una cosa terrible, estoy plenamente de acuerdo, pero ahora para nosotros es “ganancia”. Dios nos quiere en la perfecta luz. Para Cristo, y a causa de nosotros, “el camino de la vida” ha sido a través de la muerte; lo cual no es así necesariamente para nosotros, pues la misma ha sido vencida de manera efectiva y completa, y si hemos de pasar por ese camino para salir del mal y de la contaminación, para entrar en la luz y en el perfecto gozo de su presencia, Cristo, que ha vencido, está con nosotros. Si hay alguna cosa de la cual no nos hayamos desprendido según Dios, puede haber algún momento penoso, pues es preciso que el alma responda al gozo que le es preparado, pero en sí misma, la muerte no es otra cosa que el desprendimiento de lo que es mortal y el tránsito del alma a la presencia de Jesús. Por ella dejamos lo que está manchado y en desorden. ¡Cuánto gozo hay en ello! Más tarde el cuerpo se reencontrará en su vigor y su gloria incorruptible e inmortal. Entretanto el alma debe esperar por un poco de tiempo para alcanzar esto.

Salude con mucho afecto a sus hijos. Siento mucho esta pérdida a causa de ellos, vuestra amada María hubiese sido un gozo para cualquier familia en la cual hubiese entrado por los lazos naturales. Ahora, ella hará el gozo de Cristo, pues nosotros tenemos derecho a decirlo. Este es un consuelo para los que están en ruta aquí abajo. Dios nos prepara para el cielo, cortando poco a poco los lazos que nos ligan a esta tierra como descendientes de Adán que somos. Cristo todo lo reemplaza, y así todo va bien; todo va mejor. Que Dios bendiga a toda vuestra familia en medio de esta pena de corazón tan grande y tan real, pero en donde Él, tan bueno siempre, ha mezclado tantos cuidados y abundante gracia a la amargura de la copa.

Adjunto una carta para María; temo que no sea demasiado extensa, pero tengo la convicción de que al leerla según le permitan sus fuerzas, gozará de las palabras que expresa; pensará en Cristo y tendrá refrigerio.

Que Dios os bendiga y os haga sentir su bondad, aun en medio de esta pérdida».





Un hermano joven le notifica su próximo enlace matrimonial.
El Sr. Darby le envía esta afectuosa e interesante carta.


Marzo de 1858.

A Mr. J. P.

Le doy las más expresivas gracias por el hecho de haber pensado en mí a tenor de la expectativa de vuestro cambio de estado, lo cual incide de forma muy seria en toda vuestra vida humana. Pido a Dios, de todo corazón, que os bendiga. Son momentos en que el gozo humano deja el corazón poco dispuesto (a menos que esté bien ejercitado sobre el asunto, en la presencia de Dios) a pensar en las exhortaciones. Dios mismo reconoce esta felicidad, y la emplea como imagen del gozo más sublime. Pero es necesario recordar que todo aquello que en este mundo produce la alegría trae aparejado también la pena.

Estoy dispuesto a gozarme con los que se gozan, y creo que sean cuales sean las pruebas que acompañan al matrimonio en este pobre mundo caído, la bondad de Dios piensa de tal manera en nosotros, y nos ofrece tanto sus tiernas compasiones, como el refrigerio en las aflicciones, que no es conveniente ensombrecer el hecho en sí con el temor de lo que deba venir. No, mis advertencias se dirigen en otro sentido. El mismo gozo tiene sus peligros, y también los cuidados ordinarios de la vida. Existe el peligro de que pensemos menos en la venida del Señor porque somos felices aquí en esta tierra, y también las preocupaciones que dan los cuidados de la vida alejan el corazón del Salvador y de los derechos que tiene sobre nosotros. Piense en este asunto, amado hermano. Mi deseo es que su matrimonio sea muy feliz; pero para su gozo deseo más ardientemente que sea un hecho muy serio. Este es el camino de la dicha y de la verdadera delicia. Así lo deseo también para su futura compañera de la vida. Cuanto más introducimos al Señor en todo, más felicidad tenemos.

El gozo que Jesús no pueda compartir (y Él quiere, bendito sea su nombre, que nosotros compartamos el suyo), no es un gozo persistente; no es el deleite verdadero. Su presencia produce un gozo equilibrado, pero real, bendito; una felicidad en que el alma puede tomar su lugar con acciones de gracias. Orad, buscadle para que Él os acompañe. Hable de Jesús a su prometida, a fin de que sea el verdadero lazo de unión para vuestros corazones. Esto os traerá el regocijo si el Señor os concede unos años en esta tierra. No dudo de que lo haréis, y tampoco dudo de que recibiréis mis palabras que no tienen otro motivo sino el del afecto que tengo hacia el Salvador y hacia vosotros, y un sincero deseo en cuanto a vuestra felicidad. »

Respuesta a una joven hermana que solicita consejo en cuanto al matrimonio en su caso particular.

«Amada hermana en el Señor:

No se equivoca cuando estima que tengo verdadero interés, y que mi deseo es que Vd. sea dirigida por Dios y también bendecida, en un momento tan trascendental de su vida. También del anhelo de que pueda tener confianza al abrirme su corazón. No me expreso así en relación con la sabiduría de los consejos que pueda darle, sino con el intento de que los mismos sean de parte de Dios en favor de Vd. Aún dándome cuenta de lo delicado que es dar opiniones y consejos en semejantes casos, me dispongo a responderle apoyándome en Aquel que se digna interesarse en todos los detalles de nuestra pobre vida terrenal. En primer lugar mi consejo es que dirija la mirada a Jesús; no es que dude o piense que Vd. haya sido negligente en este sentido, pero tenga siempre la seguridad de que Él piensa por nosotros, comprende nuestro gozo y lo busca mejor que nosotros mismos. No debemos hacer otra cosa sino abandonarnos a Él, bien seguros de que, pase lo que pase, sabe hacernos más felices que las cosas que tienen más apariencia para que esto debiera ser así. Esto es tanto más necesario, cuanto es bien difícil conocer de antemano si alguien es apropiado, en este dominio, para hacernos felices, aunque él se lo proponga. Todas estas cosas ofrecen la absoluta necesidad de que situemos todo en las manos de Aquel cuya sabiduría es perfecta, y que tiene toda su voluntad dirigida a hacernos felices. Esto es lo que le aconsejo hacer, tanto en cuanto al proyecto en sí, como con la persona.

En primer lugar, pienso que el hermano a quien Vd. ha consultado ha querido decirle que casarse no es una obligación exigida en todos los casos. Es evidente que la institución es divina. El Antiguo Testamento nos ofrece, por la Palabra de Dios, la confirmación de que no es bueno que el hombre esté solo. Por eso Dios dio a Adán una esposa, y el Señor señala este hecho para prohibir el divorcio que tenía lugar entre los judíos y añade: “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”. Una multitud de pasajes en la Palabra, Efesios 5, por ejemplo —donde vemos que esta unión es una figura de la de Cristo con la Iglesia— no deja sombra de dudas en relación con este punto; la prohibición de casarse es uno de los caracteres del espíritu apóstata (1 Ti 4:3).

El matrimonio es honroso bajo todos los puntos de vista, como dice el Espíritu Santo en Hebreos 13:4, y el que se casa hace bien. Esta es la regla general del orden divino para el hombre. Pero he aquí lo que ha sobrevenido: habiendo entrado el pecado en el mundo, todo lo ha arruinado. La confusión, la miseria y el dolor reinan en esta escena. Pero Dios ha introducido un poder nuevo que nos da la victoria sobre este orden de cosas caídas; un poder que es independiente y nos adhiere a Cristo, pues él no pertenece a lo que está arruinado, puesto que ha resucitado y está en el cielo. Si el Espíritu atrae y une un creyente a Cristo, de manera que éste pueda tenerse por muerto al mundo, como Pablo, y decir: “Para mí vivir es Cristo”; si la cosa realmente es así; si el poder de Dios que se sirve de este hombre como vaso de su gloria le hace salir de la conducta habitual del ser humano, es una gracia; entonces es bueno que saque provecho de ella. Pero un tal hombre será el primero en reconocer la bondad de Dios en el orden divino de la creación. Comprenderá, sin hacerse ilusiones, y advirtiendo a los demás, que habiendo entrado el pecado en esta creación, la pena y la aflicción le acompañan. Así es en el matrimonio, hallará también la pena, pero sentirá y hará comprender igualmente, que la bondad y la misericordia de Dios están ahí también y que además se puede contar con ellas si los lazos matrimoniales han sido según su voluntad. Se puede contar también con la bendición y el alivio de su presencia y la actividad de su buena mano, aun en la misma aflicción, a la que sin duda nadie escapa, pero en donde su bondad será un bálsamo para el corazón y para el alma. “Aquel que se casa hace bien, y el que no se casa hace mejor”. Pero este último caso supone una consagración a Dios por el Espíritu Santo, por la cual uno es más libre que si está casado; esto es bien claro. Feliz aquel que se encuentra en esta situación.

La regla general de Dios es que la gente se case. Sin embargo, uno es más feliz si puede quedar libre del matrimonio, pero la libertad debe ser real, de suerte que no piense en ello, puesto que se desprende que tiene poder sobre su propia voluntad. Jamás he sido más impresionado acerca de la bondad y de la condescendencia de Dios en relación con la santidad, que al leer lo que el apóstol dice refiriéndose al matrimonio; nunca he comprendido mejor la verdad maravillosa de que su Espíritu ha venido a consecuencia de la glorificación de Jesús, para introducir en el corazón del cristiano el poder en medio de esta escena de ruina. No me habría extendido tanto si el hermano a quien ha consultado se hubiese expresado de otra forma. Pienso que él está en lo cierto, aunque no se ha expresado bien. Por lo demás, lo que le escribo no es otra cosa que lo que Pablo dice sobre esta cuestión.

Y ahora, para su caso particular, mi experiencia como persona soltera es, que si el celibato tiene lugar por consagración v según el poder de que he hablado, y el corazón está libre y es enteramente para Dios, se glorifica a Dios con ventaja en esta posición por el hecho de estar más dado exclusivamente a Él.

El casado piensa en las cosas del mundo para complacer a su mujer, y asimismo a la recíproca. Quien es soltero piensa en las cosas del Señor, para complacerle. Pero insisto, esto supone la consagración de la cual he hablado. Ahora bien, cada cual tiene su propio don, y, sin esto, uno hace bien en casarse. El estar preocupado en estas cuestiones de su posición ante el matrimonio siendo una persona dentro de la regla general y no estar casado, es más nocivo a la piedad que los cuidados que procura el matrimonio La bondad de Dios nos acompaña, si el casamiento es según su voluntad. Solamente que sea “en el Señor”.

Cuanto a la persona de que me habla, la primera cosa que estimo ha de hacerse es, que después de haber orado a Dios, tiene de asegurarse (lo cual podéis hacer por medio de otros) de la piedad personal de X…, y de si está en la comunión del Señor. Sin esto no puede Vd. contar con la bendición del Señor. Bendigo a Dios de que haya renunciado a la emigración, cosa que a mí no me agrada en absoluto. También bendigo a Dios de que haya impedido a otros seguir este camino, aunque a veces haya sido por medios dolorosos. Me parece —sin que pretenda condenar la emigración en todos los casos— que la impaciencia de la carne está tras todo esto en la mayoría de las ocasiones. No se cuenta bastante con Dios y sin embargo es Él quien domina todas las cosas. Le aconsejo que se informe cuidadosamente de su piedad y de su andar. Si el resultado es satisfactorio, todo va bien; de todas formas no emprenda una gestión cualquiera. Decida ante Dios lo que piensa hacer. Después, sin dejarse conducir por un sentimiento indeterminado, infórmese a fondo, por medio de algunos hermanos, de su piedad y de la integridad de su andar. Apoyándose en Dios, Él la dirigirá. Que Dios la bendiga y la guarde, como de cierto lo hará si espera en Él. Cuente con su bondad, y como le he dicho antes, Él piensa en su felicidad mejor que Vd. pudiera hacerlo. Deseo, en oración, que la plena bendición de la gracia de nuestro buen Dios repose sobre Vd. Creo, amada hermana, que sin duda Vd. busca su voluntad; cuente con su bendición. Cuente también con penas y cuidados si el matrimonio es según su voluntad, pero esté segura también de su bondad siempre tierna y compasiva, pues su mirada de amor toma cuenta de nosotros.

Sea paciente. Uno lo es siempre cuando está en la presencia de Dios. No añado otra cosa que el deseo sincero para que la bendición del Dios tierno y fiel, nuestro Padre, la acompañe.

Afectuosamente, su hermano y servidor en Cristo».



Carta a un incrédulo

Noviembre de 1871.

Al Dr. X…

Querido Sr. Doctor:

No puedo dejar Turín sin dirigirle unas líneas.

Puede comprender que si hay un bien infinito, la porción de Vd. es una pérdida infinita. Decir que no existe, es negar el mismo bien. Por mi parte, es evidente que la idea no existiría si la cosa no existiera. Es una contradicción decir que uno tiene la idea del bien absoluto e infinito en un corazón que no es capaz, pues el tenerlo es la prueba de su capacidad. Decir que somos capaces, pero que la cosa no es, es terrible; el hacer del hombre moralmente un deseo, una necesidad del bien que no será jamás saciado, es condenarlo siempre a la miseria más espantosa. No quiero suponer que Vd. diga: No soy capaz de hacerme una idea, ni de gozar de ella, reduciéndose al más bajo escalón de la humanidad, pues hay una infinidad de personas que se hacen una idea. ¿Existe un bien real? ¿Cuál es? ¿De dónde proviene? Se habla de leyes que rigen la materia. En tesis general, sería una locura negarlas. ¿Quién ha inspirado estas leyes y las ha impuesto de suerte que sean universales? La universalidad muestra que un solo ser, o una sola causa, las ha impuesto. Decir que la universalidad es una cosa fortuita es la más insensata de las locuras.

Cuando hemos hablado de una causa, Vd. dijo que los niños no piensan. Puede ser; no piensan, pero si yo pienso, no puedo dejar de creer en una causa cuando veo una cosa que deja adivinar un plan, y la experiencia demuestra que es así. Un hombre que dijera que un globo, o una lámpara existen sin que nadie los haya hecho, sería estimado por los demás por un falto de sentido y tendrían razón. ¿Qué decir, pues, si en vez de esto se trata del universo? Vuestra medicina no es otra cosa que un empirismo indigno de un hombre honesto, si no existen en ella efectos y causas; si existen, ¿dónde está la “ causa causans“?

Además, el cristianismo existe, y debe tener un origen. La historia lo cuenta. Los historiadores profanos, los adversarios filosóficos, los herejes, los judíos, todos están de acuerdo sobre su origen. Lo detestan, lo atacan, pero lo reconocen y lo constatan. Algunos de ellos explican cómo se han realizado los milagros, pero explicar es admitir. Mas cuando leo la historia dada por los que han seguido al Señor, hallo una perfección de un género tan superior, que en vano he intentado hallarla en no importa qué esfera. En algún lugar hallaremos la moralidad, pero no el amor y la santidad perfectamente adaptados al hombre y revelando cabalmente a Dios. En la historia de Buda, de Apolonios de Tyane, de los santos, tenemos narrados muchos milagros que son absurdos de poder; en cambio, en la esfera genuinamente cristiana, todos son (salvo uno, que no hace otra cosa que confirmar la regla de la excepción), una revelación de bondad y poder, ejerciéndose para revelar a Dios en su bondad en favor del hombre.

Existe la conciencia en todo ser humano —pues se juzga de una cosa que sea buena o mala—. Es una conciencia que a menudo está corrompida, pero el Evangelio la sitúa no precisamente en presencia de una regla perfecta, sino ante un ejemplo perfecto; me sitúa ante Dios en la luz (a la conciencia no le interesa esta posición cuando la voluntad está en actividad), pero también en presencia del perfecto amor. No me muestra una contradicción entre el amor y la conciencia del mal (como la vaga bondad del filósofo), sino una obra que purifica mi conciencia y me deja en libertad de amar y reconocer el amor de Dios sin violentar la justicia. Hallo la bondad, la pureza, la verdad, en un mundo de pecado, ¡y me dicen que esto es una impostura! ¿Esto es todo lo que la filosofía puede decirme, que la paciencia, la bondad, la verdad y la pureza son una impostura? ¡La cosa moralmente más bella del mundo tildada de impostura! Cuando uno habla de tal manera, se degrada. ¿Es que la falsedad y la violencia son las únicas cosas verdaderas, juntamente con la prisión cuando el egoísmo es demasiado perjudicado en sus intereses?

Otra cosa me sorprende. El cristianismo es motivo de odio. Se escribirán historias imparciales del budismo, del mahometanismo; se tratará de ellos como un fenómeno; pero el cristianismo suscita odio, oposición, voluntad propia y pasiones. ¿Por qué, si es una impostura como lo demás? Ello se debe a que el cristianismo revela a Dios, y esto el hombre no lo puede soportar. Uno no se avergüenza de profesar religiones falsas en el mundo. Se harán procesiones y allí cada cual halla su propia gloria; pero, en cambio, del verdadero cristianismo se siente vergüenza. ¿Por qué?

Ahora, apreciado señor, Dios ha venido en amor. Cristo os ofrece la vida eterna, el perdón, el gozo, la felicidad, el conocimiento de Dios —del Padre que se revela en el Hijo— las delicias infinitas y eternas, la salvación. Anuncia que regresará, y que ante Él se doblará toda rodilla; también la de los incrédulos, no importa. Ahora es el día aceptable, en el verdadero conocimiento de la santidad y del amor; después vendrá la calamidad por haber rechazado este bien. De ambas cosas ¿cuál desea para Vd.? Dios le busca ahora en amor. Cristo se ha dado por Vd. No le rechace; hacerlo implica rechazar la vida eterna con El.»



Extractos sobre diversos temas

Montpellier, 1849.

«…Lo importante, en nuestros días, no consiste en resolver todas las teorías eclesiásticas que parecidas a constituciones políticas se postulan por el mundo, sino que lo interesante es la simplicidad de la fe que se extiende hacia adelante. Por que al estar uno convencido, se fía de Jesús y desea seguirle.

Aunque solamente existieran dos o tres apoyándose de tal manera en el Señor, y poseyendo personalmente las convicciones necesarias para conducirse así, todo esto tendría más valor que una multitud que, aun siendo creyentes, no exhibieran este carácter…»

Nîmes, 1849.

«…Hay muchos adversarios; muchos hombres que en otro tiempo obraban como leones rugientes y en cambio hoy querrían mezclarlo todo empleando en este empeño unas formas educadas y cautivadoras. O tal vez mejor, desearían que yo reconociera lo que ha sido hecho, de suerte que no existiera ni traza de testimonio. En lugar de postular un cisma (como antes hacían), forzados por las circunstancias hacen una llamada a la unión, pero sin tener la fe que reconoce a Cristo como el centro.

Para los que no perciben el estado de las cosas, esto tiene un aspecto recomendable; en cambio, si ponemos de manifiesto y atacamos lo que de unión solamente tiene la forma, se nos expone a aparecer como malos y sectarios. En circunstancias semejantes, uno debe remitirse a Dios. No hay otra alternativa. Por lo demás, estas personas no buscan la unión como tampoco la buscaron antes. Lo que les conduce a portarse así es el temor a que se suscite un testimonio verdadero y al deseo que tienen de conservar unas apariencias respetables.»



Relativo a la profecía

1848.

«…En cuanto a la profecía, la cuestión importante consiste en que el corazón, enseñado por el Espíritu Santo, espere con inteligencia al Esposo; que tenga la conciencia de su relación con Cristo como tal. En tanto que Iglesia nada tenemos que ver con la sucesión de los acontecimientos. No somos del siglo, ni del mundo, y es precisamente a estas esferas que los acontecimientos se aplican. Este es el punto esencial. Si no se comprende esto, poco importa el orden de los hechos. Es una distinción especial a mantener.

Los hechos que se desarrollan ante nuestros ojos, para mí, no son dignos de mención propiamente hablando; son, eso sí, un progreso de los principios y de los acontecimientos necesarios para formar el imperio romano, consolidar la nación alemana, que se halla fuera de sus límites, y formar, por medio de la misma, una barrera, para que el Norte y Occidente no choquen, antes de hallarse cara a cara en Oriente…

Precisar más allá de nuestras luces y de la Palabra ofrece a menudo ocasión y peligro de interesarnos por las cosas mundanas, en las cuales Dios no se interesa. Cuando el sistema judío reaparezca, entonces tendremos hechos positivamente terrenales; pero este momento está aún por llegar. Entretanto nosotros estamos ahora en la esfera moral y eterna de las cosas celestes y en conexión con un Cristo que el cielo retiene…»

Clairac (Francia). 1848.

«…Estoy de acuerdo con Vd. Hay cosas en la profecía sobre las que nada tengo de cierto; siempre ha sido así en mi caso. Pero debo confesarle que temo a los espíritus demasiado positivos. Hay cosas que son bien ciertas para mí, pero los espíritus excesivamente positivos son en general humanos, es decir, contemplan las cosas desde el punto de vista humano; están poco ligados a Cristo y son estrechos. Pero nosotros solamente hemos hecho progresos en la profecía situándonos ante la Palabra de Dios para aprender; entonces lo que era oscuro para nosotros un año atrás, venía a ser un axioma el año siguiente Al mismo tiempo creo que este temor a lo positivo tiende de un lado al carácter de mi inteligencia, así como la necesidad de lo positivo, al carácter de la de Vd. Note bien que no hablo de Vd., ni de mí, sino de la forma de proseguir el estudio de la profecía.

Los hermanos en Inglaterra, tan pronto han abandonado el escudriñar para ocuparse en dogmatizar o formar un sistema profético, no han adelantado nada; pero yo me regocijo de que el corazón de Vd. se relacione con lo que le une a Cristo.

No daría ni un céntimo por toda la profecía si no surtiera este efecto, y creo que los rasgos generales de la misma tienen la más grande importancia para alcanzar este objeto. Sin embargo, el conocimiento de los detalles, si uno es equilibrado y se ciñe en no traspasar la enseñanza de Dios, proyecta mucha luz sobre los principios de la profecía, y nos sitúa, al mismo tiempo, en condiciones de poder responder a las objeciones de los contradictores …»

* * *

Cuando nuestros amigos tenían ordenado y compaginado hasta aquí todo este trabajo, Juan Reguant anunció su regreso. Lidia recibió una carta y, desde la lectura de las primeras líneas, su corazón saltó de gozo. Iba a tener por una temporada, otra vez, al amado esposo. Ahora que eran ya mayores ambos sentían más, si cabe, la necesidad de la mutua compañía.

Juan no regresaba definitivamente. Su labor era precisa en Castellformós. No le gustaba hacer la obra a medias. No solamente tenía la visión de plantar, sino también la de regar. Los dejaba por un tiempo, para experimentar a su regreso la consistencia y la obra del Espíritu en cada uno. Eran unos poquitos, pero si alguno despuntaba para el servicio, quería dejarles caminar con sus propios pies. Ocasionalmente les visitaría. Eran sus hijos en la fe, y el amor hacia ellos le guiaba. Era constante, y sus visitas por doquier, aunque a veces fueran espaciadas, eran sostenidas. Pero él tenía la necesidad espiritual de venir entre los suyos; aquel círculo de intimidad en donde habían transcurrido las experiencias y el desarrollo de su vida en Cristo. En donde se había formado; en donde había gozado y llorado. Como que no era un siervo excepcional, su círculo era restringido, pero cumplía la tarea eficazmente, consciente de que había de responder un día ante Aquel que le había encomendado lo «poco». No podemos escamotear esta realidad: Reguant amaba toda la obra, pero Vilargent y lo que este lugar representaba tocante al servicio, y como siendo una porción del Testimonio, ocupaba un lugar de prioridad, de preeminencia en su corazón. Allí conoció a Cristo como su Salvador y Señor; allí conoció a Lidia —la esposa amada y la hermana fiel; allí creció entre padres y madres espirituales que le ayudaron en amor y experiencia; allí aprendió a conocer su propio corazón a medida que conocía a Dios; allí sufrió. Conoció derrotas y amarguras, desánimos y decepciones; tuvo sus fluctuaciones, pero nunca fue aniquilado, porque jamás peleó a sus propias expensas; cuando el soldado estaba en su angustia, el Capitán le libraba.

Aquella noche, como de costumbre, Roura y Graells entraban en casa de Lidia, la cual les recibió radiante.

—Vamos —dijo el observador Roura—, no es preciso que digas nada; Juan viene, ya se ve.

—Eres encantador, Pedro. El amor que sientes por nosotros te hace siempre suponer lo cierto. No tengo porque ocultar mi alegría —dijo Lidia.

—Alegría que compartimos —remachó Graells—. Vamos a tener otra vez con nosotros al hermano amado, gracias a Dios. ¿Cuándo llega? —Lidia señaló el día siguiente a media mañana.

—Bien, está bien —dijo Roura—, yo vendré a la hora de costumbre por la noche. Juan vendrá cansado. Ya no es el hombre joven que conocí. «La casa terrestre de nuestra habitación se deshace».

—Sí, Roura está en lo cierto, ya nos veremos más oportunamente por la noche —añadió Graells—; y nuestros discretos amigos dejaron las cosas así.

Lidia agradeció con una comprensiva sonrisa la delicadeza de sus hermanos en la fe.

Era aún temprano y antes de despedirse entraron en una serie de consideraciones.

—Será muy oportuna la estancia de Juan entre nosotros. Es preciso que dé su opinión y consejo en esta obra común. Además, tiene que colaborar. Ya veréis cómo será una ganancia y un provecho —A medida que Roura argumentaba, se le veía más seguro y desembarazado—. Ahora será Juan quien tenga la última palabra en todo esto. Todo este tiempo me he visto forzado y ha sido un ejercicio superior a mi capacidad. No estaba seguro si mi trabajo era siempre acertado. Es bien raro que no hayáis formulado nunca ninguna objeción. Esto no es normal ni en las cosas fútiles de esta vida. ¿Iba a ser una excepción un trabajo como éste, una tarea que pertenece a una esfera superior?

—Otra vez, amado, razonas como al principio, cuando meses atrás empezamos la tarea. Todo ha ido bien, Roura. Ya ves que aunque poco a poco, tenemos bastante material adelantado, y cuando Juan vea todo esto y sepa que fue iniciativa y dirección tuya… en fin, no quiero decir exactamente cómo reaccionará, pero ya lo verás —y Graells, después de adelantar estos conceptos para corroborar el bien que habían recibido por el ejercicio que su hermano en la fe había suscitado, continuó—: Se aprende mucho estando ocupado en estos menesteres; una cosa es leer un artículo, una meditación, o una carta —como en el caso que nos ocupa— y otra es hacer lo mismo, pero con la responsabilidad de traducirlo para hacerlo entender a otros. En primer lugar hay que interpretarlo para uno mismo, ¿y quién es capaz si el Espíritu no nos ayuda? Él siempre quiere ayudarnos, pero ¿y nuestra disposición? ¿Nos hallamos siempre en tal estado que este divino Huésped pueda hacernos entender su Magisterio? ¡Cuánta paciencia en este ministerio de guiarnos a toda verdad…! Sea cual haya sido nuestra posición (no vamos a ocuparnos de nosotros ahora), el hecho positivo existe. Las horas pasadas analizando lo que el venerado hermano escribió nos dieron gozo y nos aportaron enseñanza. Hemos pues de confesar que los primeros receptores de bendición somos nosotros al preparar esta modesta obrita para los demás. «Vuestro trabajo en el Señor no es vano», decía el apóstol. Estoy más que contento de tener a Juan entre nosotros. Le conozco bien. Él será el primero en tomar en cuenta todo esto, pero no creas, ni por asomo, que te relevará ni «dirigirá» en nada. Amigo Pedro, tienes motivos para conocer la trayectoria de Juan; él nunca «mandó», sino que fue el criado de todos nosotros y casi siempre fue quien tomó la iniciativa y la carga de cualquier movimiento positivo por modesto o trivial que pareciera. Hemos de confesar que no siempre le hemos sido de ayuda, y él, en cambio, ha soportado con paciencia nuestra inercia y falta de dinamismo.

—Protesto, Ricardo —cortó Lidia—: Juan no opina así de vosotros; no tiene, tocante a vuestras personas, tales sentimientos. Habéis sido los amados hermanos que nos fuisteis de consuelo. Los leales amigos que, en Cristo, nunca abandonasteis a este flaco matrimonio.

La vehemencia —y no era dada a exteriorizar así sus sentimientos— acompañaba sus palabras, dándoles calor; fuego, porque provenían de un corazón sin engaño. Era una protesta enardecida ante la confesión de su hermano en la fe. ¿Quién tenía razón? Ambos la tenían. El amor de Graells le confería la humildad para confesar una tónica no muy acusada, pero real al fin y al cabo, y el amor de Lidia no se daba por enterado ni había sospechado nunca nada que se pareciera a la inercia ni a la falta de dinamismo. El amor produce todo esto. El amor es todo lo que expone 1ª a los Corintios cap. 13. El amor es de Dios, y aun más que esto: Dios es amor.



Regreso de Juan Reguant

—Mis queridos hermanos. El corazón se ensancha confiadamente entre vosotros. Otra vez entre mis amigos. Tenía deseos de veros y compartir las experiencias de este tiempo pasado en Castellformós. ¡Cuán grande es la gracia de nuestro Dios! ¡Como se magnifica por medio de pobres y débiles criaturas cual nosotros. Si vierais a aquellos pocos hermanitos recién nacidos, reviviríais la historia de vuestro nacimiento en Cristo. ¡Aquella experiencia única e insólita; aquella experiencia meta-racional pero positiva; experiencia feliz! ¿Puede acaso explicarse lo que es nacer de nuevo? Sí, se puede explicar, pero sólo de cierta manera: el nuevo nacimiento se explica viviendo la vida nueva que debe acompañarle. No sabría definir la cosa en términos más precisos. En fin, ya os iré contando, pero Lidia ni tan siquiera me ha dado tiempo de abrazarla. Ha empezado a extender encima de la mesa papeles y más papeles, notas, traducciones, etc. y atropelladamente, con un entusiasmo propio de una hermana de treinta años menos que los suyos, «mira,» ha dicho: «mira lo que los hermanos han hecho, mira lo que Roura ha preparado. Ha sido él quien inició todo este trabajo». —¿Y esto qué es? —le respondí yo. «Después de comer, te aposentarás de nuevo en Vilargent, y tú mismo juzgarás».

Esta escena tenía lugar en la casa de siempre: «en la tienda de peregrino, sobria y honesta». Al caer el día, como tantas otras jornadas del año, Roura y Graells estaban allí sentados escuchando lo que Juan exponía. Lidia preparaba «unas hierbas» —así denominaba a la infusión caliente, que tan oportuna era en el tiempo frío— y se la veía feliz en su esfera habitual. Su esposo había llegado; tenía buen aspecto, todos estaban contentos.

—He tenido curiosidad y deseos enormes de saber en qué consiste todo esto —prosiguió Reguant—. ¡Oh, qué alegría, amigos míos! Esto para mí es una bendición. Toda la tarde he estado leyendo con provecho. ¡Hay que publicarlo enseguida!

—Hombre, por favor, Juan, pareces otro. Pareces un niño ante un regalo —y perdona la comparación —dijo Roura—: ¡Pero si aún no tenemos la mitad de lo que nos proponemos! Además esperábamos a que vinieras para que nos dieras tu opinión y leyeras los trabajos, e hicieras tus sugerencias y expusieras y emitieras tu juicio; es decir, que tu colaboración fuese un hecho. Y en vez de esto, toda la conclusión de tu parte consiste en decir: ¡Hay que publicarlo enseguida!

—Querido Pedro, has juzgado rectamente. Soy un niño ante un regalo, ni más ni menos. Este es para mí un magnífico regalo, y lo recibo como un niño ilusionado. ¿Qué quieres que diga? ¿Qué quieres que haga? Dime.

—Pues que nos cuentes algo más de los jóvenes amigos de Castellformós, y mañana, si Dios quiere, después que hayas considerado este asunto más sosegadamente, en la velada que tendremos, tenemos ganas de oírte. ¿Verdad que sí, hermanos?

—Claro que sí —afirmó Graells, que no salía de su asombro por el aplomo que Roura mostraba al dirigirse a Juan. Parecía como si los papeles se hubiesen trocado.

Terminaron la velada dando gracias a Dios por todo lo que habían oído y por la perspectiva de tener otra vez por un tiempo al amado hermano.

Todos tenían interés por el coloquio de aquel día, y Roura y Graells parecía como si habiéndose puesto de acuerdo adelantaran su visita en una hora por lo menos.

—Hombres, que sorpresa —dijo Lidia—. ¿Ya estáis aquí? Pasad, pasad.

—Tal vez no somos oportunos tan temprano —adelantó Graells.

—Vamos, dejaros de excusas. Está muy bien el que vengáis ahora. Habéis adivinado los deseos de Juan —y Lidia desde la puerta casi gritó—: Ya los tenemos aquí Juan, parece como si nos hubiesen oído.

Juan salió a recibirles, les introdujo en la estancia de siempre y por todo preámbulo se expresó así:

—Lidia me ha puesto al corriente de la dirección que Roura ha imprimido a este trabajo. He vuelto a leer todo lo que tenéis compaginado. He meditado y quiero daros mi fraternal opinión.

—Eso es lo que necesitamos, dijo Roura; tu fraternal opinión.

—Pues veréis —prosiguió Reguant—; confieso que nunca se me ocurrió un trabajo semejante, bien que como exponéis existan tres tomos en lengua inglesa de dichas cartas, todas tan instructivas, interesantes y edificantes. Es para mí un gozo hallarme en presencia de una iniciativa de este estilo. Pero como que no solamente es una iniciativa, sino una bendita realización, no puedo por menos que dar gracias a Dios por la paciencia que os dio en vuestros buenos deseos, convirtiéndolos, al fin, en una obra culminada por el éxito. Cuando hablo de éxito me refiero, claro está, a lo que habéis hecho, no a cómo será recibido. Eso sólo Dios lo sabe. El trabajo es ameno, y esto es un mérito, porque al contrario de las cartas en inglés, este compendio y traducción van dirigidos a otros destinatarios. En primer lugar, el tiempo nos conduce a tres generaciones más allá del origen de las mismas y además, desgraciadamente, hoy no nos hallamos en el estado de lozanía ni en la unidad del avivamiento —o despertar— que se produjo el siglo pasado después de las guerras napoleónicas. Esto hace que se tengan que ofrecer de tanto en tanto algunas explicaciones complementarias para ayudar a su lectura y situar a los lectores en las vivencias históricas y espirituales de aquel entonces. También para que los lectores de esta obra (los lectores creyentes), sepan cuál es el origen de su posición actual, aunque no siempre la posición puede identificarse exactamente con el origen. Esta es otra de las grandes miserias que han alcanzado al Testimonio. La audiencia que puede tener no nos compete a nosotros juzgarla, pero el trabajo aquí está, y además a disposición de los creyentes de lengua castellana.

Me doy cuenta que estáis a punto de introducir otro tema en el orden de vuestro trabajo; a saber: la obra del amado hermano Darby en los países de Ultramar. Por mi parte he redactado un esbozo como preámbulo (esta es mi aportación modesta, pero de buena voluntad) a la inserción de las cartas que escribió desde el vasto continente americano, hasta las que redactó desde la lejana Australia y Nueva Zelanda. Os ruego que lo leáis y me deis vuestra opinión. Sois vosotros quien tenéis la responsabilidad de este trabajo. Creo que puede ser útil. Si así lo estimáis, entonces os adelantaré una opinión más definitiva.

—De acuerdo, dijo Roura —que cada vez cobraba más confianza ahuyentando la timidez ante sus hermanos—, ahora esto ya se está perfilando… —pero calló, pues Graells le miró fijamente con una mirada entre censura y comprensión a la vez. Roura entendió el lenguaje silencioso de su hermano. Es cierto que Juan estaba allí, pero las cosas debían proseguir con naturalidad. Lo que más agrandaba a Reguant era precisamente ser uno más entre sus hermanos.

A la noche siguiente se dio lectura al trabajito que Reguant redactó. Estaba —desde hacía unos años— familiarizado con la obra y el ministerio de J. N. Darby. Todo esto le fue de mucho provecho y bendición. Y bien que los escritos del amado siervo de Dios eran condensados y profundos, y como ha dicho otro «de una profundidad y una preocupación de dejar a la Palabra de Dios su alcance indefinible para nuestra inteligencia limitada», era un hombre capaz de informar, aunque fuera sucintamente, en lo que atañía a la vida y a la obra de aquel venerado conductor.

—He aquí lo que, en síntesis, he pensado proponeros, antes de añadir las cartas que deben seguir:

La obra en América del Norte, Australia, Nueva Zelanda, Antillas y Guayana Inglesa
(La obra en Ultramar)
Cuando el Sr. Darby visitó por vez primera Estados Unidos y Canadá, tenía sesenta y dos años. La obra estaba ya extendida y afianzada en Inglaterra e Irlanda, así como en varias naciones de Europa (notoriamente en Francia, Suiza, Alemania y Holanda). Existía una pléyade de hermanos dotados y gobernados por la gloria de Dios, de los cuales el Espíritu Santo se servía para alimentar, cuidar y edificar a las numerosas almas que buscaban y venían entre «los dos o tres reunidos en el nombre de Cristo». También para estar en la brecha y velar. El enemigo, como siempre, atacaba con tanto más ímpetu, por cuanto veía un testimonio en el que Cristo era engrandecido. La separación del mundo, la sola dirección del Espíritu Santo, y el único centro de reunión en Jesús, era lo que caracterizaba a los hermanos en aquel entonces. Dificultades, habían existido. Un testimonio genuino está marcado siempre por la hostilidad de fuera y los conflictos de dentro.

Los hermanos tuvieron que sufrir, pero éste no es el lugar de escribir la triste historia. Dios toma cuenta de los que honran Su Nombre en la humillación y en el dolor.

Las Iglesias nacionales, y aun las Libres, estaban marcadas por el sello del clericalismo, las formas, el mundanismo, o por todas estas cosas a la vez. Además, los errores más groseros y las herejías más nefastas, acompañadas por el racionalismo, la incredulidad y la influencia creciente de Roma en los países Protestantes, tenían entristecidas y preocupadas a muchas almas que yacían en los diferentes sistemas de la dividida Iglesia. «Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto», era la confesión de los que anhelaban una palabra de lo alto y un mensaje con el poder del Espíritu.

En este tiempo, y en circunstancias espirituales peores aún que en Inglaterra y en el Continente, se hallaba el vasto y joven país formado por el trasplante de las más diversas gentes de Europa. Una heterogénea gama de circunstancias históricas, étnicas, religiosas, sociales, familiares, etc., habían hallado acogida en las amplias, feraces, y a la par casi despobladas tierras del otro lado del Atlántico. El núcleo principal y dominante estaba formado por el grupo anglosajón, pero había fuertes minorías de otras etnias, lo cual marcó con un carácter peculiar a la gran familia norteamericana. En 1862, los Estados Unidos eran ya un país rico, mercantilizado y siempre con una dinámica creciente. Había unas raíces religiosas, es bien cierto; raíces heredadas de una tradición en otro tiempo pujante, pero que en aquel entonces consistían —en términos generales— de una mera etiqueta.

Como siempre, en medio de la ruina, quedaba un residuo no identificable como grupo, diseminado por aquí y por allá, ansioso de hallar unas directrices en que fundar el motivo de su peregrinaje. Darby (sin hacer nunca labor de proselitismo —era enemigo de este sistema— su deseo era reunir las almas alrededor de Cristo y en esta dirección se proyectó siempre su enseñanza) allá se dirigió, maduro y ponderado, contando con el Señor, a una edad en que muchos hombres, y más en aquel entonces, se consideraban caducos.

Sin entusiasmos fugaces, pero como siervo consciente y probado, sabiendo que el día tiene doce horas y que «entretanto es de día conviene obrar», empezó su andadura americana.

Durante quince años atravesó el Atlántico en ambos sentidos, catorce veces, y dos el Pacífico, hasta la lejana Australia y la Nueva Zelanda. No debemos silenciar su permanencia en las Grandes Antillas, las Pequeñas Antillas y la Guayana Inglesa.

Al extendernos en consideraciones sobre los Estados Unidos, no debemos olvidar el Canadá, país en el que proporcionalmente su obra fue más próspera todavía.

Tomaremos extractos de su correspondencia íntima y personal, dirigida a sus hermanos y colaboradores en el diario quehacer de la obra del Señor. Estas cartas reflejan toda una época de paciencia y trabajo sin desmayo, para cristalizar al fin en unos resultados altamente positivos, ya en su vida. Después se proyectaron más ampliamente por medio de los que vinieron tras él, quienes, traspasando las lindes del dinámico país, llevaron la verdad del testimonio hacia otras esferas de bendición. Anteriormente, y por doquier, el Espíritu de Dios sopló también en dirección y en favor de las almas muertas dentro del cristianismo nominal y del mundo pagano. Una pléyade de evangelistas distinguidos se esforzaron, con éxito, en introducir el conocimiento del amor de Dios en Cristo por medio de la Palabra, y así miles de almas pasaron de las tinieblas a la luz.

Inglaterra, el pequeño, fecundo y original país, era entonces una potencia excepcional. Nunca un dominio terreno le igualó en extensión e influencia. Fue de ahí que inicialmente Dios tomó hombres que sembraron por doquier la Buena Semilla. Esto dio lugar al más amplio y poderoso despliegue de una labor misionera que se extendió, durante el último tercio del siglo XVIII, todo el XIX, y el primer tercio del actual, por casi toda la tierra conocida. El Espíritu soplaba.

No entra en este modesto compendio enumerar la obra que en este sentido obró el Espíritu de Dios. Solamente quiero dejar constancia y dar gracias al Señor por lo que Él mismo obró y produjo, desde los días de Wesley y Whitefield, hasta entrado el siglo presente. No citaré nombres, por lo demás bien conocidos de nuestros lectores, por el temor de olvidar algunos. Dios conoce a todos y no olvida a ninguno. Hombres insignes, que quemaron sus vidas por el amor de Cristo en favor de los demás. ¡Alabado sea el Dios de la gracia y de la gloria!

Pero la obra del Sr. Darby tuvo en general otro carácter, bien que estimaba y trabajó mucho en el campo de las Buenas Nuevas. Sin embargo Dios le dio otra tarea peculiar e indiscutiblemente singular en su tiempo. No solamente fue el pionero, sino el institucionalizador y plasmador de unas verdades de la Palabra que desde siglos estaban olvidadas; a saber: el Cuerpo de Cristo, las dispensaciones; las profecías partiendo de las mismas (no hay otra forma de entenderlas con sentido e inteligencia, si hacemos abstracción de ellas), y la guía, gobierno y dirección del Espíritu Santo en la Asamblea. Todo esto, sustentado por un fundamento ortodoxo que le capacitaba para dirigirse confiadamente a todos los hijos de Dios, fuera cual fuera su posición eclesiástica.

Otros le ayudaron, colaboraron con él y le siguieron. No fue la obra de un hombre, y menos de un hombre solo, eso no, pero sí fue el motor, y la energía primordial le fue insuflada a él especialmente. Dios es soberano y elige a quien quiere. En este caso, ese quién fue John Nelson Darby, un hombre que fue siervo del Señor. Un hombre con todos los matices y peculiaridades de hombre, pero a quien nadie puede sustraerle el mérito de su consagración como discípulo de Cristo.

Su memoria, como la de otros siervos de Dios, merece respeto.

—No hay duda de que es útil y de ayuda —dijo Graells—. No todos los lectores tienen la misma medida ni el mismo grado. Todo esto les sitúa en el tiempo y en las circunstancias.

»En términos generales, todos los informes que poseemos y que se relacionan con la profesión cristiana en Norteamérica están impregnados de un ilusorio optimismo. En realidad, la cosa no daba para desmedidos triunfalismos. Una cosa es la obra de Dios y otra la religiosidad de los hombres. Por lo que se trasluce en las cartas del Sr. Darby, esta última gozaba de mucho auge, pero no así la primera.

»En fin, cuán bueno es constatar, como ha dicho el Señor: “Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro” (Jn 5:17). Gracias, Juan, pienso que Roura apreciará esta colaboración.

—Sí que la aprecio y ahora iré escogiendo las cartas que deben acompañar a este preámbulo —remató Roura.

—El caso es, querido Roura —intervino Juan—, que pensaba emitir la opinión de que os hablé el otro día.

—¡Ah! sí, es cierto. Me había olvidado, contestó éste.

—Me doy cuenta de que, entre unas cosas y otras, tenemos material suficiente para editar un volumen de tamaño mediano (ciento cincuenta paginas, tal vez); por eso me apresuré a decir: ¡ha de publicarse enseguida! Esta expresión no fue producto del entusiasmo, sino de la reflexión. ¿Por qué no podemos adelantar a nuestros lectores una amplia muestra de lo que os propusisteis hacer, sin esperar al final de toda la tarea? Esto será más ligero de digerir. Habéis de tener en cuenta el carácter profundo del ministerio del Sr. Darby. Hablo por mí. En mi juventud me sentí animado a leer el ministerio escrito del amado siervo de Dios. No me era demasiado fácil, en aquel entonces, una lectura sostenida de sus escritos. Y aun hoy prefiero más bien leer unas pocas páginas solamente con la Palabra ante mis ojos, en vez de darme a una lectura exhaustiva, por interesante que sea. Haciéndolo así, con oración, saco más provecho en la exposición que hace de sus ejercicios, y además comprendo mejor las verdades de las Escrituras. Con esto no quiero medir a los demás con mi medida, ni tampoco medirme con la medida de los demás. Sólo es una sugerencia que os hago. Casi todos los hermanos que en alguna manera han seguido el ministerio de J. N. Darby opinan así, porque la experiencia ha sido análoga. ¿Verdad, Graells, que éste ha sido también tu caso? —Graells asintió con la cabeza.

—Pero es una lástima —exclamó Pedro Roura—. Ahora estamos lanzados y el trabajo será menor, proporcionalmente, y esto sin añadir el gasto de la impresión. ¿Hemos de presentar la obra en dos tomos?

—¿Por qué no? No es ningún mal. Se trata de que sea más útil y práctico para los demás —respondió Reguant.

—Sí, pero…, —iba a continuar Roura, mas Juan, extendiendo su mano hacia adelante con aire solemne y un tinte irónico en su voz, expuso lo siguiente—:

—Seguramente olvidáis que nosotros no somos otra cosa que unos instrumentos imaginativos; Unos personajes intangibles e irreales. El compilador de estas notas, el traductor de estas cartas, aquél que en su fantasía nos hizo aparecer en escena, cuando un día le pregunté la razón de nuestro protagonismo ficticio, me contestó:

«Os necesitaba, Juan. No me atrevía a escribir en forma tajante y definitiva salvo en casos que por su naturaleza u origen son definitivos: No podía (ni aún puedo ni quiero), establecer conclusiones incontestables. Hay cosas en que los humanos (y más en el orden de lo que es divino), debemos conducirnos con mucha humildad en la exposición de nuestras apreciaciones. ¿Quién es suficiente para emitir una opinión definitiva en ciertos casos? En cambio, vosotros me habéis ayudado con vuestro protagonismo: Habéis hablado y discutido. Habéis considerado y discrepado. Habéis concordado o no —eso vamos a dejarlo—, pero habéis convivido con amor durante muchos años, y vuestras charlas, vuestras tomas de posición y vuestros ejercicios (de los cuales he sido un testigo favorecido), han quedado escritos. Habéis prosperado en el conocimiento y no os habéis envanecido, ni tampoco tenido envidia el uno del otro. En una palabra: os habéis honrado. Vivís en Vilargent, y os convenía ser así. De otra manera nadie os hubiese hecho caso. Aquí las palabras de los hombres tienen poco peso, pero la conducta (aun contando con la frivolidad de la gente) a veces se impone: Habéis sido “letras conocidas y leídas de todos los hombres”.

»Este protagonismo ficticio merece ser real. —Yo os saludo, amigos míos, porque representáis un ideal de difícil vivencia.

»Un día os diré: gracias, hermanos, y os despediré. Habréis terminado vuestra labor, y en lo que toca a vosotros, yo la mía.»

—Esto me dijo aquel día.

—Hoy, después de tanto tiempo, con voz conmovida, pero con firme resolución, se ha dirigido nuevamente a mí:

«Juan, di a tus amigos simbólicos, y a tu también simbólica esposa, que debéis ocultaros por un tiempo; tal vez para siempre, no sé. Pero si un día os necesito, volveré a llamaros. ¿Acudiréis? —Pienso que sí, porque yo también he aprendido a amaros y sé que sois sensibles al amor.

»Ahora estoy un poco fatigado para continuar, y vosotros también, porque os habéis movido bastante. Un tiempo de reposo nos irá bien a todos.»

—Ya ves, amado Roura, concluyó Reguant, que no podemos argumentar más. Demos el manuscrito a la imprenta y, juntamente con el autor, encomendemos esta obrita a la bondad de Dios.




Apéndice


Después de meditar sobre la vida y el servicio del Sr. Darby, no puedo hacer por menos que añadir, aparte de este breve compendio, dos consideraciones personales en relación con el venerado conductor que nos legó —después de haberlo administrado fielmente—, el bagaje de los vastos conocimientos que Dios le impartió.

—La primera se refiere a su vida sentimental y la segunda a su carácter personal.

Según habrán observado los lectores de J. N. Darby, destacó su servicio por encima de su persona, aun en el bien entendido que una cosa no puede disociarse de la otra. ¿Qué sabemos de él? ¿Existe una biografía que celebre sus dotes humanas? ¿Que las realce? ¿Que las aplauda? Podía haberse escrito, pero en el epitafio de su tumba recordamos que está grabada y transcribimos su lacónica autobiografía: «John Nelson Darby. Desconocido y sin embargo conocido. Partió para estar con Cristo el 29 de abril de 1882 a los 81 años de edad. 2ª Corintios 5:21.»

Esto es todo lo que le importaba de su persona. Su delicado sentido poético (de ello testifican los numerosos y profundos himnos que dejó escritos) le hizo redactar estos cuatro versos, que damos en traducción libre y que expresan el sentir de un alma que no tiene otro fin que el de glorificar a Cristo.



Señor, que nada espere sino es en Ti.
Que mi vida tenga como único objetivo
servirte a Ti, en esta tierra desconocido,
y, después, Tu gozo celeste compartir.

Este era su deseo, pero, aunque sea brevemente, pienso que es de utilidad el que nos ocupemos de una faceta de su vida tal vez no muy conocida por la mayoría de nuestros lectores.

Es evidente que en su juventud, entre los 28 y 32 años, contactó con un corazón femenino de alta sensibilidad. La Vizcondesa de Powerscourt, joven viuda de Lord Powerscourt, cristiano distinguido y ferviente cristiana ella también. Su nombre de soltera había sido Teodosia Howard, y conoció a Cristo como su Salvador a los 19 años de edad. En 1823, dos años después de su matrimonio, quedó viuda, y es difícil precisar después de este acontecimiento, cuándo llegó a conocer a J. N. Darby.

En 1827, en Aldbury Park (Surrey, Inglaterra), tuvieron lugar unas conferencias dadas por Henry Drummond, metodista inglés que residía en Ginebra y estaba en relación con los cristianos del Avivamiento. La Vizcondesa de Powerscourt asistió a las mismas. Tuvo tal gozo que su deseo fue que tuvieran lugar otras parecidas en su agradable residencia de Powerscourt House, cerca de Bray, en el condado de Wicklow. En estas reuniones participaron Darby, J. G. Bellet y otros hermanos entre 1827 y 1828. ¿Fue acaso allí donde nació el afecto por el cual tomaron la mutua decisión de contraer matrimonio? ¿Tal vez fue algo más tarde? No lo sé. No creo que tenga más o menos importancia la fecha en sí. Lo que realmente es de señalar es el hecho de que J. N. Darby y Lady Powerscourt se amaban y habían dispuesto unir sus vidas terrenales en matrimonio ante Dios y ante los hombres.

Era una decisión normal y loable. Pero no llegaron a casarse. ¿Qué sucedió?

Darby comunicó su futuro matrimonio a los hermanos de la localidad (sin poderlo afirmar categóricamente, seguramente los de Dublín, Irlanda). Estos ruegan al Señor para que el hermano desista, y aún suplican al mismo Darby para que renuncie a su decisión. (Lo hacían para que pudiera consagrarse sin traba alguna al servicio del Señor, 1ª Corintios 7:32.) Oyendo la voz de los hermanos toma la decisión de cancelar su compromiso si Lady Powerscourt accede. Esta atiende las razones del hombre amado, y con dolor —un dolor que había de conducirla a la muerte— accede a romper mutuamente la promesa.

Todo esto, así tan breve y sucintamente expresado, es un drama. Fue una cosa muy triste.

¿Hemos de argüir que no se amaban lo suficiente? No; no estamos autorizados a pensar de tal manera. Cuando se traspasa la edad en que la vanidad de la vida y del mundo no puede empequeñecer la visión de lo que representa el amor de unos corazones consagrados al servicio del Maestro, uno puede valorar lo que condiciona una renuncia semejante. Ahora bien, ¿obró Darby prudentemente al seguir el consejo de sus hermanos en este caso? ¿Venía este consejo de la parte de Dios? Todos tenemos la opción en plantearnos estos interrogantes.

Vivimos a una distancia respetable, en el tiempo y en la historia, de aquellas circunstancias. No podemos ser osados a responder definitivamente ni en forma positiva o negativa. Poseemos, eso sí, alguna ayuda documentada que generalmente sirve como pista válida en los casos del sentimiento humano, pero siempre difícil cuando este sentimiento tiene la característica del amor en su vertiente prematrimonial.

Me he comprometido a dos consideraciones (no a dos soluciones o juicios), y una de ellas se refiere —como queda dicho— a la vida sentimental.

John Nelson Darby y Lady Powerscourt se amaban. Debían pues haberse casado, puesto que eran libres. Así lo habían determinado y así se habían comprometido. Sin embargo sacrificaron el amor efímero de los cuatro días de su peregrinación terrestre por otro amor que sobrepuja a todo entendimiento, del cual ellos eran conscientes de ser inmerecidos objetos, y renunciaron el uno al otro.

Pero no eran ángeles, sino que eran humanos, y esto dejó una huella en sus corazones. «He renunciado al matrimonio pero he herido a un corazón», decía Darby al hablar de ella. Por su parte ella escribía a una amiga: «Es enormemente penoso ser un instrumento de aflicción para una persona que nos ama y a la cual amamos, de tener la apariencia de la ingratitud y la dureza, y de saber que él es alguien en este desierto cuyo pensamiento es para nosotros, y que sufre por nosotros y a quien no podemos dar consuelo alguno después de haber pronunciado un no.»

Otra vez respondiendo a Darby, se expresa así:

«Mi querido señor. No puedo dejar vuestro amado billete sin respuesta, y tengo necesidad de testificaros mi reconocimiento, a pesar de que cada vez que os veo, o bien oigo hablar de vos, una profunda tristeza me invade, y este sentimiento que embarga mi corazón no puedo vencerlo en todo el día. De todas formas no nos hemos separado para siempre; ¡oh! no; sé que seré para vos un tema de gozo, y esta seguridad me regocija. ¡Cuán dulce es pensar en la unión íntima e inseparable de los creyentes! Estando todos en particular unidos a Jesús, también deben estarlo los unos con los otros, y por muchos que sean los esfuerzos de Satán, nunca podrá separarlos. La vida que circula en ellos es la misma, y es en el corazón de Jesús que se hacen sentir las pulsaciones…

Le ruego que me considere, querido señor, como la amiga con más tierno afecto y la más reconocida que haya en el mundo.»

T. A. Powerscourt.

Es innegable que la huella existe, y sus resultados se desprenden si nos sensibilizamos con las líneas leídas.

Resta añadir que Lady Powerscourt continuó habitando en su castillo cerca de Bray, en una región montañosa y en una época en que las comunicaciones eran difíciles. Su servicio de amor y de consolación tuvo su campo de acción allí, entre unos labriegos pobres, en su mayor parte católicos, los cuales constituían el vecindario de aquella agreste comarca.

Alguien que la conoció de cerca y que después de la muerte de la Vizcondesa reunió y publicó ochenta de sus cartas en un volumen titulado «La simpatía cristiana», decía de ella: «Lady Powerscourt unía a una firmeza poco común la dulzura femenina más exquisita. Podía consolar a los que se hallaban en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que ella misma había sido consolada de Dios. Por ella se ha derramado a los pies de Su Salvador el puro perfume de un vaso de alabastro roto».

La última carta del volumen está fechada en diciembre de 1836, y poco después —según su deseo tantas veces expresado—, «partió para estar con Cristo, lo cual es mucho mejor».

Darby continuó su peregrinaje absorbido por la consagración a la obra del Señor y por los combates por la verdad que le había sido confiada. Su persona estuvo caracterizada por un compendio de noble simplicidad en sus hábitos y en sus maneras. Los cánticos que redactó —y que fueron numerosos— se distinguen por un sentido poético de cadencia delicada. Aun estando marcados por un sello muy personal y una concisión que no permiten una airosa traducción al castellano, existen algunos que nos ofrecen la posibilidad de valorar lo profundo de sus ejercicios, tanto en lo relativo a la persona de Cristo, a la posición del creyente, como a la aridez del desierto. Su voz era agradable, pero su dicción no era la de un orador como por ejemplo William Kelly. Eso sí, la solidez de sus argumentos cuando tomaba la Palabra de Dios como base eran irrefutables, sus conclusiones eran sólidas, macizas. Difícilmente recusables.

Falto de una delicada y femenina influencia y dotado a la par del espíritu impulsivo y vivo de los irlandeses, conducía la lucha con un vigor no siempre irreprochable. Cuando se enfrentaba a alguien que ponía en entredicho la persona de Cristo, o bien cuando se fomentaban errores doctrinales siempre nefastos para el rebaño del Señor, o también cuando el racionalismo asomaba su faz, descarada o veladamente —según el caso—, no tenía demasiadas contemplaciones con los adversarios. Cristo era el todo para él.

Pero nadie puede negar que tuvo un corazón profundamente sensible. Su generosidad (siendo joven prodigó su fortuna personal en favor de los pobres campesinos irlandeses entre los cuales empezó su ministerio), el interés diario en favor de los enfermos, su paciencia con los débiles, lo ha demostrado profusamente.

¿Y qué decir de la enternecedora página que a sus cincuenta años consagró a la madre que apenas conoció, y cuyo retrato fue lo único que podía recordarle los rasgos y la dulzura de su mirada?

El esquema de este apéndice ha sido formado por notas traducidas, entresacadas o deducidas de la obra que redactada por F. Cuendet, apareció en 1935 en su primera edición, cuyo título, Acordaos de vuestros pastores, ha venido a mis manos a punto de dar a la imprenta el presente volumen. Es por esto que me veo obligado a publicarlo como apéndice y no en el cuerpo de la obra en donde seguramente hallaría un lugar más adecuado, pero no he querido omitir estos rasgos personales y estas circunstancias sentimentales de la vida del honrado siervo de Dios, una vez he tenido conocimiento de ellas.

Por lo que se deduce de su breve obra, F. Cuendet fue un hermano suizo que en su niñez y juventud conoció al Sr. Darby cuando éste visitó en numerosas ocasiones el país del autor, tal vez cuando el amado hermano era anciano. Habiendo vivido y conocido íntimamente a muchos de los más directos contemporáneos de Darby, seguramente estaba cualificado para informarnos y opinar en relación con el amado conductor. Es por esto que me he tomado la libertad de hacer uso del libro publicado por Editions, Bibles et Traités Chrétiens de Vevey, con agradecimiento.

En la edición de 1935, redactada en Ginebra, sobresalen estas líneas, breves pero definitivas: «Sus escritos, los hemos apreciado; su labor intensa ha ganado nuestra admiración, pero al constatar de cerca su congoja y sufrimiento, lo hemos amado.» Hermosa expresión y hermoso sentimiento.

En otro lugar el recuerdo y el dolor se funden: «En 1858, Darby se instala en Londres, en el número 3 de la Plaza Lonsdale, en el barrio mayormente popular de Islington, donde también se halla ubicado el vasto local de Parks Street. En 1888 me había desplazado a Londres para seguir las conferencias que se daban en la espaciosa sala. Hacía seis años que su voz no se oía más allí, pero cuanto menos, me paseé meditativo y emocionado por el islote formado por la vieja plaza —de un encanto austero y discreto—, y dirigí la mirada hacia las altas ventanas de la casa en donde Darby pasó los últimos 24 años de su vida.

Fue allí en ese lugar —que es todo un símbolo— donde fueron reunidos por el esfuerzo de un trabajo prodigioso, los complejos y necesarios materiales para la traducción de la Biblia en tres idiomas».

Tomando nuevamente el hilo del carácter y los sentimientos de Darby, continúa: «¿Qué pensar de la pena que le desgarró, cuando también por amor de los hermanos que le suplicaron rompió unos lazos, ruptura que fue causa de la muerte de la mujer amada? En lo sucesivo, ninguna esperanza de hogar, y en la residencia solitaria de Lonsdale Square, tampoco la voz animosa de una compañera le acogerá y le reconfortará a la vuelta de los duros combates o de las largas ausencias.»

Considero que la opinión del hermano es comprensible en grado sumo, bien que yo no pueda juzgar la cosa tan decisivamente como él hace. El patetismo de estos últimos párrafos es evidente, pero tras los hechos que existieron, el dolor que compartieron y las consecuencias que tocaron, se hallaba la dulce consolación y la tierna simpatía de Jesús. De ese Jesús en quien ellos confiaban y se apoyaban. De ese Jesús que jamás defrauda.

Las motivaciones de sus decisiones mutuas no tuvieron otro objeto que una mayor consagración a Aquel que les dio una nueva vida y la valoración de la excelencia de la misma. Es cierto que se trasluce la realidad de una carga que pesaba demasiado, en particular para la resistencia del corazón de la noble dama, pero el Señor la descargó de su aflicción terrena recogiéndola a Sí, cambiando su tristeza en el gozo de estar con Cristo «lo cual es mucho mejor». Del Sr. Darby, no podemos pensar que por su parte viviera de continuo bajo los efectos de una causa que había puesto en las manos de Dios.

Que sintiera nostalgia alguna vez; que el sentimiento de la soledad gravitara en su corazón, no debe extrañarnos —era un hombre—, pero también es evidente que la gracia le sostuvo, el espíritu de nazareo le bastó y le hizo experimentar la suficiencia de un Amor que siempre está en actividad en favor de seres tan débiles como somos.

En cuanto a su carácter, la tónica del mismo, según se deduce, estuvo marcado por la firmeza. No dudamos que a la firmeza le faltara alguna vez la dulzura, pero no el amor. Es posible que en según que circunstancias, el tono, además de ser firme, fuese áspero. Fue un hombre de combate (muy a su pesar), y los lectores deben recordar la historia del apóstol Pablo, antes de juzgar y sacar conclusiones sobre los detalles negativos que siempre hallaremos aun en una vida consagrada. Con todo, hemos de apreciar su profunda piedad, su humildad personal y el valor que tenía la cruz en su experiencia diaria. Solamente aquellos que trataron de empañar o empequeñecer la gloria de Cristo tuvieron que ver por un lado con la sabiduría, y también por el otro con la energía indomable de quien se juzgaba severamente en la presencia de Dios. Si por esta actitud de celo algunos han censurado el espíritu impulsivo de su carácter, hemos de recordar que solamente el Hombre perfecto ha podido sentir una santa indignación sin contaminar su inmaculada naturaleza.

Una seguridad nos queda, y ésta consiste en que todo será claro en su día. Entonces los hechos, las palabras y todo lo que motivó ambas cosas, así como lo más recóndito de los corazones, será manifiesto ante el tribunal de Cristo. En la luz transparente de una apreciación exacta y verdadera quedará expuesto todo lo que se hizo para el Señor. También el volumen de paja y hojarasca que se ha amontonado para gloria propia en pseudo-ministerios en los que las motivaciones hayan tenido por objeto promocionar al hombre religioso en la carne. Esto será una pérdida, pero en medio del espectáculo que ofrece un hombre salvo, así como a través del fuego, resaltará el esplendor de la gloria de aquella gracia que nos soportó en nuestras inconsecuencias. (2 Co 5:10; l Co 3:11-15).

Ahora bien, entre tanto somos dejados en el yermo cual peregrinos celestes, esforcémonos en imitar la conducta de las vidas que nos dejaron como ejemplo aquellos conductores que nos hablaron la Palabra de Dios. (He 13:7).

* * *




«¿Que Juan Reguant, Lidia Serra, Pedro Roura y Ricardo Graells son personajes ficticios? ¿Que se trata de una historieta? Puede que sí, pero puede que no. Mas en cualquiera de ambas vertientes que miremos, no me negaréis que fuera de desear que o bien la ficción deviniera realidad, o bien que la realidad no fuera una ficción.»
 
FIN



JOHN NELSON DARBY

Ignorado, mas conocido
Publicado por el autor, Celestino Sanz Catalán
C/ Doctor Gimbernat, nº 42
SABADELL (Barcelona)
Primera edición 1978
Maquetación y presentación electrónica:
SEDIN – Servicio Evangélico de Documentación e Información
Apartado 2002 – 08200 SABADELL (Barcelona) ESPAÑA
© 1999 SEDIN – Reservados todos los derechos tanto de presentación
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Gracias a José María Capuz y Sonia Alegre por el trabajo de digitalización y primera corrección de la obra.
Pie de Imprenta de la primera edición
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