lunes, 15 de diciembre de 2008

George Whitefield

George Whitefield

George Whitefield fue uno de los más grandes predicadores de todos los tiempos. Representante de la Iglesia Metodista, recorrió las colonias americanas y encabezó el primer avivamiento evangélico en América, conocido como El Gran Despertar

Sus comienzos

Whithefield nació el 16 de Diciembre de 1714 en Gloucester, Inglaterra, hijo de una mujer que enviudó cuando George tenía tres años de edad, de manera que su infancia fue pobre. A pesar de la condición familiar humilde, su madre procuró que adquiriese una buena educación. Pudo estudiar en el Crypt School de Gloucester y en el Pembroke College de Oxford. Para poder pertenecer a esta reconocida casa de estudios, debió entrar categorizado como 
“servitor”, lo que en la práctica significaba estar al servicio y la asistencia de otros estudiantes adinerados.
A pesar de que sus ocupaciones de servicio a sus compañeros ricos, apenas le dejaba tiempo para sus propios estudios, se hizo un lugar para formar parte del 
Holy Club, al que pertenecían, entre otros, nada menos que los hermanos Wesley.
Apasionado del estudio de las Escrituras, y además dotado de talento para el arte escénico, prontamente descubriría su vocación.

Primeros pasos en el Ministerio

En poco tiempo, cuando apenas contaba con 21 años de edad, ya era un ministro de la Iglesia de Inglaterra en la Crypt Church, en Gloucester.
Su primer sermón, al domingo siguiente de ser ordenado, causó impacto en los presentes. La mayoría se mostró conmovida, mientras que algunos mostraron un fuerte rechazo a este encendido predicador. Así es que sus primeros pasos no serían para nada fáciles.
En ocasiones era insultado por algunos del público y hasta agredido con terrones. En Basingstoke fue agredido a palazos. En Moorfield destruyeron la mesa que le servía de púlpito y le arrojaron la basura de la feria. En Evesham las autoridades, antes de su sermón, lo amenazaron con prenderlo si predicaba. En Exeter, mientras predicada ante un auditorio de diez mil personas, fue apedreado de tal modo que llegó a pensar que le había llegado su hora y en otro lugar lo apedrearon nuevamente hasta dejarlo cubierto de sangre; Otras veces a causa del “disturbio” que podía generar, le vedaban el ingreso a los templos. Así que fue transformándose en un especialista en predicar en los campos.

En el año 1738 se embarcó rumbo a América, en donde lo esperaba un puesto como ministro en una congregación en Savannah, Georgia.
Luego de un año de servicio, regresó a Inglaterra impulsado por su llamado evangelístico. La vehemencia de sus mensajes y la cantidad de público que congregaba, lo transformó en un predicador “al aire libre”.
Las predicas de Whitefield avivaron el movimiento metodista en Inglaterra convirtiéndose o renovando sus votos miles de personas.

El disenso con los hermanos Wesley

Whithefield sostenía el punto de vista calvinista en cuanto a la doctrina de la Predestinación. Por el contrario, 
Juan Wesley creía en la postura arminiana, opuesta a la de Calvino en este asunto.
Pero Wesley y Whitefield, además de camaradas en la causa del Evangelio eran amigos, una amistad que había nacido en 
The Holy Club, en Oxford.

Juan Wesley había expresado en público su posición acorde a la de 
Jacobo Arminio, lo que significó contrariar la doctrina de Juan Calvino. Sin embargo, la honorabilidad y el culto a la amistad de Whitefield, lo motivó a no replicar, al fin de cuentas estaba pronto para partir hacia América. Y así lo acordó con Wesley.

Pero el debate siguió entre los partidarios de una y otra postura. Finalmente Wesley debió definir su posición. La Iglesia metodista se presentaba dividida por la controversia y al tiempo se agruparon en dos confederaciones, cada una encabezada por Wesley y Whitefield respectivamente, quienes, a pesar de esto, no permitieron que las disidencias teológicas enturbien su amistad.

Los viajes misioneros

Whitefield realizó unos trece viajes a través del Atlántico, completando siete viajes misioneros a América.
A lo largo de su vida como predicador realizó entre veinte y treinta mil sermones. Se cuenta que en algunas ocasiones, las multitudes llegaban a un número de 80.000 personas. (Tan solo imaginemos que no existían equipos amplificadores).
Además realizó numerosos viajes a otros países como Escocia, en quince oportunidades, Irlanda, las Islas Bermudas, Gibraltar y los Países Bajos.
Se cuenta que estando en Bristol, Inglaterra, predicó a cerca de veinte mil mineros, conocidos por su mala reputación. Varios miles se convirtieron al Evangelio.

Una observación que puede hacerse a la idiosincrasia de Whitefield, es su posición acerca de la esclavitud. Si bien se lo reconoce históricamente como un abogado del buen trato, en rigor de verdad, apoyó las iniciativas para introducir la esclavitud en Georgia, incluso adquiriendo cierta cantidad de esclavos.

La resonancia de sus mensajes

Su mensaje claro y directo atraía a ricos y pobres, amos y esclavos. El propio Benjamín Franklin, uno de los padres de Estados Unidos, acudió en varias ocasiones a escucharlo. Whitefield y Benjamín Franklin se conocieron, y a pesar de sus irreconciliables diferencias, se hicieron grandes amigos. Franklin se transformó en uno de sus admiradores. En la autobiografía de Franklin, hay un destacado lugar a la memoria de George Whitefield.


La fama de Whitefield pronto se extendió por todas las colonias. Algunos periódicos, incluso reproducían sus prédicas, contribuyendo de esta manera a la difusión del Evangelio.
Whitefield y su contemporáneo 
Johnatan Edwards, fueron los máximos predicadores del siglo XVIII en América. Su labor provocaría el primer gran Avivamiento de la historia americana: El Gran Despertar. La llama del Evangelio había cobrado intensidad en cientos de miles de personas y reavivado a toda una nación.

Los últimos días

La reputación de Whitefield lo había transformado en uno de los formadores de opinión más respetados en América. No era un gran escritor ni teólogo, y tampoco y gran organizador como 
Juan Wesley, pero la potencia de sus mensajes era acompañada por una vida consecuente.

Whitefield notaba que su condición de salud no era buena. El 29 de Septiembre de 1770, se lo escuchó orar 
“¡Señor, si aún no ha llegado el fin de mi carrera, déjame ir a predicar y sellar tu Verdad una vez más al aire libre, entonces vendré a casa y moriré!”
Esa tarde predicó en Exeter, Massachussets: “¡Obras! ¡Obras! Un hombre podrá entrar al Cielo por obras tan pronto como yo descubra que se puede escalar a la luna con una soga de arena.” Luego de predicar partió rumbo a Newburyport para pernoctar en la casa de un pastor de la ciudad.
Durante la madrugada se despertó con una angustiante sensación de ahogo: 
"Me estoy muriendo" –dijo. Fueron sus últimas palabras.
El 
30 de Septiembre de 1770, George whitefield, el Príncipe de los Predicadores al Aire Libre, entregó su alma al Señor.

El día de su entierro, las campanas de todas las iglesias de Newburyport doblaron y las banderas se izaron a media asta. Miles de personas concurrieron a despedirse frente a sus restos mortales. Tal como el lo deseaba, fue sepultado bajo el púlpito de la "Old South Presbyterian Church", la Iglesia de sus amores.

“Es mejor ser un santo que un conocedor. De hecho, la única manera de ser un verdadero conocedor es procurando ser un verdadero santo.”- George Whitefield

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