sábado, 20 de febrero de 2010

Ernest F. Kevan

Ernest F. Kevan fue un ministro bautista y director del London Bible College en el siglo pasado. Este bautista escribió varias obras concernientes a la relación del cristiano y la ley de Dios. El día de hoy quiero publicar un artículo de uno de sus libros, “The Moral Law.” El artículo se llama, “La Ley no fue Abrogada por Cristo para los Creyentes.” Lean lo que Kevan argumenta.

La pregunta básica de la controversia antinomiana histórica era si la ley moral de Dios es abrogada o no en el evangelio; y fue la aseveración que fue abrogada lo que le dio el nombre al Antinomianismo. Este asunto se presenta de nuevo en conexión con algunas de las exposiciones populares y actuales de la doctrina de la santificación.

La respuesta a la pregunta sobre la abrogación de la Ley es dada categóricamente por Pablo cuando escribe, “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley” (Romanos 3: 31). En los versos precedents deja claro la naturaleza de la justificación tan exactamente que todas las causas-eficientes, meritorias, formales, instrumentales, y finales-están claramente descritas, tanto como lo es consecuente con esta verdad, es decir, la exclusion de la autoconfianza y gloria en lo que un hombre haga. Él, entonces, llega a una conclusion declarando tanto positiva como negativamente (Romanos 3: 28). El argumento positivo es que la justificación es “por fé;” el argumento negativo es que se trata de una justificación “sin las obras de la ley.” Cuando todo esto ha sido dicho, el apóstol trae adelante la objeción con el fin de refutar la idea que él estaba destuyendo la Ley. Él pregunta, “¿Luego por la fe invalidamos la ley?” La única respuesta que hace el apóstol a esto es una eyaculación de aborrecimiento, “En ninguna manera,” y es con esta fuerte expression que queda claro cuán intolerable es tal doctrina. Pablo no solo repudia la insinuación que él está destruyendo la Ley, sino que sustituye la aseveración en su lugar. Él añade, “sino que confirmamos la ley,” usando una metáfora de una estructura siendo fortalecida que estaba pronto a caer.

Muchos intérpretes han quedado perplejos que Pablo pueda decir que él ha establecido la Ley, especialmente considerando aquellos tantos lugares en sus epístolas que parecen abrogarla. Una sugerencia es que Pablo quiere argumentar que la Ley es establecida en el sentido que la verdad que ella testificaba ha sido cumplida (ver verso 21). Esta interpretación, sin embargo, es insuficiente. Otra sugerencia, basada en la visión que estas palabras se refieren a la Ley ceremonial, encuentra su significado en el hecho que las ceremonias y tipos fueron cumplidos en Cristo. Esto, de nuevo, no es adecuado, pues cuando el apóstol habla de la Ley en este lugar incluye la Ley Moral.

La Ley es establecida por el Evangelio de tres maneras. Primero, con respecto a sus penalidades: este aspecto fue establecido en Cristo, quien satisfizo la justicia de Dios. Segundo, con respecto a su requerimiento de perfecta obediencia: esto también fue cumplido en Cristo, y tercero, y lo que pareciera ser el propósito principal de Pablo en este pasaje, la Ley es establecida por el Evangelio debido a que el creyente obtiene gracia en alguna medida para cumplir la Ley. El creyente, entonces, aún mantiene la Ley es su parte preceptiva, y por fe en Cristo es ayudado a una vida de obediencia a ella. La verdad que emerge de una correcta comprensión de las palabras de Pablo en este pasaje es, por lo tanto, que la doctrina de la gracia, cuando es vista en su excelencia, no abroga la Ley, sino que la establece.

Existe, sin embargo, una pregunta más para ser discutida, es decir, si Cristo, habiéndo establecido la Ley en la manera ya observada, abroga la Ley en cuanto a su autoridad sobrfe el creyente. Parecería que la Biblia se contradijera en este tema. Por ejemplo, en el pasaje que examinamos Pablo niega que sus enseñanzas “invaliden la ley;” sin embargo en otro pasaje expresamente usa la palabra que es aquí negada y habla de la Ley como “lo que perece.” (2 Corintios 3: 11).

No hay abrogación de la Ley en el Evangelio. Una distinción cuidadosa debe ser hecha entre la abrogación de la ley y su relajación. Relajación supone una ley que aún permanece, pero abrogación significa que una ley es totalmente quitada. Tal abrogación se origina en ocasiones de la constitución original de la ley, que limitaba y prescribía el tiempo por el cual debía continuar; y en ocasiones se origina de la revocación explícita de la ley por la autoridad que la hizo. Puede ser fácilmente probado que la ley ceremonial y judicial ha sido abrogada; pero no hay tal abrogación de la ley moral. Es cierto, por supuesto, que hay cierta mitigación de la aplicación severa de la Ley con respecto al creyente; pero esto no es la abrogación de la ley, pues Cristo vindicó la ley en nombre del pecador y llevó su maldición en lugar del pecador. El cambio que sale de esto a través de la gracia de Dios no es un cambio en la Ley, sino un cambio en el pecador hacia la Ley.

Una atención más cercana, sin embargo, aún debe ser pagada al concepto de la Ley como un pacto. El pacto de Ley ha concluído, pero el gobierno de la Ley es eterno. Hay alguna diferencia de juicio entre expositores acerca de la naturaleza del pacto de Ley. Algunos hacen de la Ley un pacto de obras y mantienen que es bajo este régimen que el pacto ha concluído; otros le llaman un pacto servil al Pacto de Gracia, y lo ven como introducido sólo para aumentar la gloria de la gracia de Dios; existe un tercer grupo que llaman al pacto de Ley un pacto mixto de obras y gracia, pero esto no puede ser entendido como tal, y mucho menos como cierto. La visión que parece más correcta es aquella que entiende que debido a la Caída Dios nunca entró en pacto con el hombre bajo algo diferente a la gracia, y que por lo tanto la Ley dada por Moisés era parte del Pacto de Gracia. El pacto de Ley, aún como una expresión del Pacto de Gracia, es concluido debido que, a pesar de la esencia del pacto previo y que la del que le reemplazó son la misma, sin embargo la administración de la primera es anticuada. Es claro, por lo tanto, que quienquiera que vea le Lay para vida y justificación abusa la Ley y la hace un pacto de obras hecho por el hombre.

Uno de los intentos de rechazar la Ley de Dios de la vida del creyente se basa en la aseveración ilógica que la Ley ha sido abolida pero su sustancia permanece obligatoria. Pero cómo puede una obligación estar presente sin la presencia también de aquello que es esencialmente ley? La Ley y la obligación están implícitas en cada una. Pues si la sustancia continua de la Ley conlleva una obligación en ella, entonces cuando el creyente no camina de acuerdo a su deber, peca. No aceptar la obligación es no aceptar la Ley. De nuevo, decir que la Ley ata, pero no como Ley, es una contradicción de términos; pues que es la ley sino algo que ha sido dado por la orden y voluntad de un superior? Si esto es llevado a una aplicación particular, se puede preguntar si el amor por Dios, que es la sustancia de la Ley, no es también la voluntad de Dios. Parecería ilógico asegurar que amor por Dios debe atar a los creyentes meramente debido a que este asunto en bueno, pero que no debe atarlos de ninguna manera porque es la voluntad de Dios que le amen. Además, visiones que desprecian la Ley de Dios deben, necesariamente, negar no sólo la naturaleza obligatoria de la ley, sino también la voluntad de Dios en requerir que los creyentes le amen; pues una ley no es nada sino la voluntad del dador de la Ley.

La premisa que asegura la abrogación de la Ley para el creyente rápidamente lleva a la imposible conclusión, pues si la Ley es abrogada para los creyentes bajo en Nuevo Pacto debe igualmente ser vista como abrogada para los creyentes del Viejo Pacto. No hay posiciones intermedias en este argumento, o, si hubieran entonces ellos estaban tan libres de la Ley como los creyentes en la actualidad. Si la Ley se toma en su entera administración del Antiguo Pacto entonces, por supuesto, los creyentes bajo el Evangelio son libres de ella de tal manera que los creyentes de tiempos más antiguos no lo eran: pero si la Ley se entiende con respecto a sus partes esenciales en dirigir y ordenar, entonces estas cosas están igualmente vigentes, o sino igualmente abrogadas para todos los creyentes, ya sea en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. Los argumentos en contra de la sujeción de los creyentes a la Ley bajo el Nuevo Pacto son igualmente fuertes contra los creyentes bajo el Antiguo.

De algunos puntos de vista es posible hacer lo que podría ser llamado concesiones a la idea de la abrogación de la Ley, pero no puede insistirse muy fuertemente en el sentido propio de que no hay abrogación alguna. La concesión puede ser hecha en un modo puramente verbal debido a que muchos teólogos reformados han hablado de la abrogación de la Ley, sin embargo no con respecto a ese sentido erróneo adherido a la palabra que está siendo aquí refutada. Hablando libremente puede ser concedido que hay una abrogación de la Ley para los creyentes con respecto a la justificación, pero, estrictamente la Ley nunca fue diseñada por Dios como un instrumento de justificación, y por lo tanto no es relevante hablar inclusive de la mitigación de la Ley. De hecho, en todos los aspectos de la salvación, si la Ley es “establecida” como dice el apostol, entonces no puede hablarse de su “abrogación.” La palabra más correcta es mitigación.

Es cuando el andar del creyente con Dios es considerado que alguna mitigación de la Ley puede ser aceptada. El creyente es liberado, por ejemplo, de la carga y obediencia rígida, pero no debe haber malentendidos aquí, pues la redención de Cristo no es de tal manera que el creyente no está bajo la obligación de una perfecta obediencia. Debe ser mantenido que si el creyente no obedece la Ley de Dios a la perfección es un pecado, y que cada creyente peca en este respecto; sin embargo, tal es la misericordia de Dios en Cristo que la obediencia del creyente a la Ley, la cual es imperfecta e incoada, es aceptada por Dios a través de los méritos de Cristo. Esta es una mitigación que nace exclusivamente del hecho de la gracia en Cristo, pues la Ley, tomada estrictamente, podría aún condenar al pecador.

Esta mitigación puede también ser visto con respecto a la manera en la que la Ley no provoca pecado en el creyente como lo hace en el incrédulo. En la epístola a los Romanos el apostol se quejó que la Ley de Dios tanía el efecto amargo de hacer de él algo peor (Romanos 7: 8). Entre más espiritual y sobrenatural que fuera la Ley, más la resentía su corazón corrupto y carnal: entonces entre más pudiera la Ley contener las lujurias pecaminosas, más alto crecían. Pero esta experiencia dolorosa no es adscrita a la Ley, sino a la corrupción de Pablo. No es lo brillante de la luz lo que hace que cerremos los ojos, pues la luz fue especialmente creada por Dios para ellos, sino la enfermedad y debilidad de los ojos, que no son capaces de tolerar tal brillantez. La experiencia de la Ley en el corazón del creyente puede ser ilustrada de la naturaleza. Como las espinas que son cortadas nacen de nuevo aún más abundantemente, igual las corrupciones que son cortadas por la Ley, debido a que ellas permaneces fijadas y toman raíz en el corazón del pecador. El los piadosos, sin embargo, debido a que hay una nueva naturaleza y un principio de amor y deleite en la Ley de Dios creada dentro de él, su corrupción no crece y aumenta por la Ley sino que es subyugada y acallada. El poder provocador de la Ley es entonces mitigado por el efecto de la gracia en el corazón.

A pesar de que la Ley es mitigada o relajada en relación con los creyentes en las maneras vistas, debe ser afirmado sin embargo que la Ley perpetuamente continua como una regla de vida para ellos. En apoyo de esto debe ser observado, primero que todo, que las diferentes frases que usa la Escritura concerniente a la Ley ceremonial y su abrogación no son aplicadas en ningún lugar a la Ley moral, que ha sido cambiada, o que ha sido hecha antigua, o abrogada, expresiones que denotan un cambio en la Ley; sino que cuando la Escritura habla de la ley moral dice que el creyente ha sido “muerto” a ella y que ha sido “redimido” de la maldición de ella, frases que implican que el cambio es en el creyente y no en la Ley.

Una segunda consideración es que la santidad requerida del creyente no es nada más que la conformidad a la Ley. Es perfectamente claro que cuando el apostol habla contra la Ley, él no está hablando de ella como la regla que obliga al creyente a obediencia. Por ejemplo, escribiendo a los Gálatas, claramente advierte a aquellos que desean ser justificados de su terrible condición mediante la Ley (Galatas 5:4), sino que inmediatamente procede a pedirles que no usen la libertad dada por Cristo como una ocasión para la carne, y les da esta razón, “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (versículo 14). Está el apostol contradiciéndose en el mismo capítulo? Les está pidiendo que obedezcan la Ley y al mismo tiempo reprobándolos por desear estar bajo ella? Ciertamente no; las circunstancias eran diferentes. Cuando ellos desean buscar justificación por la Ley, entonces les advierte, pero cuando son negligentes a su obligación de obedecer la Ley los reprueba.

Además, la desobediencia a la Ley es aún un pecado para el creyente. Si aún hay pecado, entonces debe haber Ley, pues el pecado es la transgresión de la Ley (1 Juan 3: 4). Cuando David comete adulterio, o cuando Pedro niega a Cristo, no son estos pecados? Si es así, no es el adulterio de David un pecado porque se da contra un mandamiento particular? Es una evasión decir que es tan sólo pecado contra el amor de Cristo, pues entonces no habrían pecados sino pecados de ingratitud. El amor de Cristo puede ser la razón suprema para obedecer los mandamientos de Dios, pero esto no entorpece el mandamiento en sí de la atadura del creyente como la expresión de la voluntad del Dador de la Ley.

Finalmente, es obvio que hay muchas razones porque la ley ceremonial debe ser abrogada que no puede ser aplicada a la moral. En primer lugar el objeto de la ley ceremonial no era algo perpetuo, ni tampoco la verdadera santidad. El circuncidarse y ofrecer sacrificios no eran por ellos mismos santos y buenos, ni el dejarlos un pecado; pero el asunto de la ley moral es perpetuamente bueno, y fallar en obedecerla es necesariamente un pecado. Puede ser pensado que fue todo igual para Dios si un hombre era un adúltero o casto, que si era circuncidado o no? De nuevo, la ley ceremonial era típica y era una sombra de Cristo que vendría; pero ahora que ha venido no hay más uso para estas ceremonias. Finalmente, los judíos y gentiles debían ser unidos en un solo cuerpo, sin diferencia entre ellos; y para esto era necesario que la partición de ceremonias fuera derribada; pero no hay tal circunstancia que afecte la Ley moral.

En necesario prestar atención a aquellas Escrituras que parecen indicar que la ley moral debía perdurar por un tiempo limitado solamente y de la misma manera que la ley ceremonial. La primera de estas consideraciones es la aseveración, “La ley y los profetas eran hasta Juan” (Lucas 16: 16), palabras que en ocasiones con entendidas como que la Ley debía continuar solamente hasta el tiempo de Juan el Bautista. Este pasaje, por supuesto, no provee prueba alguna de que la ley debía ser abrogada cuando Juan el Bautista viniera; pues, para que nadie malinterprete Sus palabras de tal manera, el Señor añade, “Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley” (versículo 17). El significado, por lo tanto, es que la Ley debía cesar en el sentido en que prefiguraba a Cristo, es decir, en su aspecto ceremonial. Por esta razón la Ley y los profetas están juntos, estando de acuerdo en una cosa general, es decir, predecir a Cristo y tipificarlo.

La siguiente Escritura ha considerer es la oración tan conocida y tan usada en esta controversia, que dice, “pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6: 14). Para la exposición de estas palabras debe preguntarse en que sentido Pablo argumenta en contra de la Ley y cual es el tema verdadro en discusión. Esta pregunta se puede trazar a la pregunta levantada por algunos fariseos en Jerusalén que presionaban el tema de la circuncisión que unieron a Moisés con Cristo (Hechos 15). Pareciera que a pesar de la decisión del concilio que condenó tal opinión, habían aún muchos que persistían en requerir la circuncisión, y esto, necesitaba ser refutado por el apostol de tan falsa visión del Evangelio. Como ha sido observado en el capítulo previo de esta discusión, a pesar de que mantener la ley ceremonial era la ocasión de la controversia en primer lugar, Pablo ahora extiende sus argumentos para incluír la ley moral, debido a la suposición generalizada de los judíos que la observancia de la ley moral sin Cristo era suficiente para su salvación. Es claro, sin embargo, que el apostol está argumentando contra la Ley no en su naturaleza y gloria, sino solamente en el abuso judío de ella. El argumento se transfería, de la ley ceremonial a la ley moral debido al falso razonamiento de los judíos. Si los judíos podían persuadirse ellos mismos que el rendimiento externo de la ley ceremonial era suficiente para hacerlos aceptables para con Dios, aún de vivir en franca desobediencia a la ley moral, cuanto más podrían engañarse ellos mismos de su aceptación por parte de Dios cuando vivieran una vida externamente conformada a la ley moral! Es en un contexto como este que el apostol parece hablar cosas derogatorias de la ley, debido a que los judíos la tomaban sin Cristo; así como llama a las ceremonias elementos pobres, cuando sabía, por supuesto, que eran signos de una gracia evangélica.

Es extremadamente importante observar que el apostol usa la palabra “ley” en diferentes sentidos, ya que la falla de discernir estas diferencias ha sido la ocasión de muchos malentendidos. En la mayoría de pasajes en donde la Ley parece ser abolida, es tomado en uno de dos sentidos. En algunas ocasiones es utilizada de la manera en que la totalidad es tomada como parte, es decir, la palabra Ley ha sido usada solamente por la parte que condena. Un ejemplo de esto es el pasaje donde el apostol dice, “contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5: 23), y habla como si no hubiera nada en la ley sino condenación. En otras ocasiones la palabra “ley” se pone en lugar del ministerio de Moisés, como una dispensación que era inferior al ministerio del Evangelio (ver Gálatas 4: 25; 5: 1-4). Antes de llegar a las conlcusiones, entonces, sobre la visión de Pablo acerca de la abolición de la ley, la primera tarea es la de definir el sentido en que el término está siendo utilizado.

Otra importante tarea en este respecto es determinar los diferentes significados de frases como, “ sin ley,” “en la ley,” “de la ley,” y “bajo la ley.” “Sin la ley debe ser entendido de dos maneras: primero, un hombre es “sin ley,” en el sentido de estar sin el conocimiento de ella; por ello los gentiles están “sin ley” (Romanos 2: 12); y segundo, un hombre está “sin ley” cuando está sin la experiencia de el poder acusador y aterrorizante de la Ley (Romanos 7:9). Opuesto a la frase “sin ley” está la expresión “en la ley” (Romanos 2: 12), y en este pasaje significa aquellos que poseen el conocimiento de la Ley pero pecan contra ella. Mucho del mismo propósito es la frase “de la ley” (Romanos 4: 14) que en ocasiones es equivalente a “de la circuncisión” (Colosenses 4: 11; Tito 1: 10), es decir, aquellos que son iniciados en el ministerio de Moisés. El apostol usa otra frase, “por la ley” (Gálatas 2: 21), queriendo decir obras hechas en conformidad a la ley; y es en este sentido que el apostol urge que la justicia no es “por la ley.” Toda la dificultad en la controversia presente es acerca de la frase “bajo la ley,” y es por eso que debemos prestar especial atención.

Es, por supuesto, possible para un creyente ponerse “bajo la ley” de una forma voluntaria. Cristo se puso bajo la Ley de esta manera, y también lo hizo Pablo. El apostol se refiere a esto cuando dice que se convirtió para algunos “sujeto a la ley” (1 Corintios 9: 20), a pesar que en este caso era la ley ceremonial bajo la cual él se sujetó. Pablo también se describe a sí mismo como “bajo la ley de Cristo” (en nomos), pues a pesar de que un hombre santo no está propiamente “bajo ley” (hupo nomon), él está sin embargo “en la ley” (en nomos), y añade las palabras “a Cristo,” para que nadie crea que él habló de toda la ley, incluyendo la ceremonial que fue abolida por Cristo. En este bien explicado sentido, entonces un hombre piadoso puede decirse estar bajo la ley.

Qué tanto pueden igualarse las frases “no bajo la ley” y “no bajo la maldición”? Hay un sentido en el que estos parecerían tener el mismo sentido, como en la pregunta, “¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?” (Romanos 6: 15). Debido a que Pablo aquí habla de santificación, sin embargo, tanto en este capítulo como en el siguiente, parece preferible poner la frase “bajo la ley” para que signifique lo mismo que “bajo pecado;” pues el apostol, hablando de sí mismo como carnal, dice que la Ley produjo en él toda clase de mal (Romanos 7: 8). Esto, de hecho, es el trabajo de la Ley en cada hombre no regenerado; así que entre más sea aplicada la Ley a su vida, más sale esta corrupción. El argumento del apostol, entonces, es este: “No permitan que el pecado reine en ustedes, pues ahora ustedes no están bajo la ley provocando y sacando el pecado dentro de ustedes, sino que están bajo gracia santificadora y sanadora.”

El tercer pasaje que parece enseñar que la Ley moral debía permanecer por un tiempo limitado es cuando Pablo dice, “habéis muerto a la ley” (Romanos 7: 4). El apostol explica lo que es estar bajo la ley mediante una analogía de una mujer casada que está atada a su marido mientras él vive, pero que, cuando el marido muere, es libre. En la exposición de esta analogía hay una diferencia entre los comentaristas, pero el siguiente parece ser el significado. El antiguo “marido” que tenía el alma no era la Ley sino el pecado-por el cual mediante los medios de la Ley es provocador de maldades dentro del alma. Cuando el creyente es regenerado, entonces el alma se casa con otro, esto es, con Cristo. Es importante observar que al trabajar en la aplicación de esta analogía, el apostol no dice que la Ley esté muerta, sino que los creyentes murieron; pues, de hecho, la Ley nunca está más viva como en el santo que constantemente le obedece y vive de acuerdo con ella. Más adelante en este pasaje Pablo vuelve el pensamiento y habla de “haber muerto para aquella en que estábamos sujetos” (Romanos 7: 6). La cosa a la que se refiere aquí de haber muerto es interpretada por muchos comentaristas como el pecado. Habiendo sido el pecado muerto-por Cristo-el poder condenador y esclavizante de la Ley ha terminado, y el creyente se “casa” con otro.

No hay nada en la Biblia, por lo tanto, para dar base a la creencia que los creyentes no tienen obligación ni relación con la Ley de Dios. La entera representación de la vida Cristiana en las epístolas prueba lo contrario y llama al creyente a amar la obediencia esa santa Ley.


copiado del blog del dr. Eduardo Flores, sujetosalaroca.org

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