lunes, 11 de enero de 2010

San Alberto Magno

San Alberto Magno

(Lauingen, c. 1193-Colonia, 1280) Filósofo y teólogo alemán. Acaso descendiente de los condes de Bollstädt, estudió filosofía, matemáticas y medicina en París y en Padua y cursó teología en Bolonia. Fue profesor en Colonia (donde el Aquinate fue discípulo suyo) y otros lugares.

Rector de la Universidad de Colonia (1249), provincial de los dominicos alemanes (1254) y obispo de Ratisbona (1260), renunció al episcopado a los dos años; en 1274 predicó en Alemania y en Bohemia la cruzada de Gregorio X y asistió al Concilio de Lyon.

Sin su aportación enciclopédica (sirviéndose de los filósofos, teólogos, matemáticos y médicos musulmanes y judíos), la síntesis de su discípulo Tomás de Aquino hubiera sido imposible. Distinguió y exigió delimitar los ámbitos de la fe y de la razón, se dedicó a estudios experimentales y fue un gran investigador (sobre todo en química, campo en el que se le deben descubrimientos). Conocido como Doctor universalis, es doctor de la Iglesia y fue canonizado en 1931. Fiesta el 15 de noviembre.

San Alberto Magno,un gigante de la Ciencia

El Profesor José Ignacio Saranyana explica la importancia de un Doctor de la Iglesia.

San Alberto Magno, Doctor Universal de la Iglesia Católica. Casi ochenta años vivió el sabio dominico alemán, nacido en Bollstadt, una pequeña aldea bávara. Casi ochenta años, que dedicó a poner al alcance de los medievales la ciencia acumulada hasta entonces por los griegos y por sus discípulos los árabes y judíos, traducida al latín en Toledo, Nápoles, Salerno y Ripoll. El séptimo centenario de su muerte fue celebrada por el Romano Pontífice Juan Pablo II recogiéndose en oración en la cripta de la iglesia de San Andrés, a escasa distancia de la catedral de Colonia, donde reposan los restos de San Alberto.

UN GIGANTE DE LA CIENCIA

Como dijo Gilson, Alberto Magno se abalanzó sobre el saber greco-árabe con el gozoso apetito de un gigante de buen humor. Escribió de todo, porque disfrutaba haciéndolo. Y así su producción literaria adquirió unas proporciones no superadas por nadie, al menos que me conste: 38 gruesos volúmenes en la edición de Borgnet (Paris 1890-1899). ¡Ciento cincuenta años! han calculado los investigadores del Instituto Albertino (Bonn) que tardarán en terminar la edición crítica de sus escritos, según me confesaba, desolado, el P. Kübel, su actual director. Entre las obras albertinas -que supondrán cuarenta tomos in folio, algunos divididos en varios volúmenes, de la nueva edición coloniense- se cuentan tratados de lógica, metafísica, matemáticas, física y química, medicina y astronomía, fisiología animal, filosofía y teología, y comentario a los antiguos, sin excluir varios ensayos sobre saberes prácticos, como un manual del perfecto jardinero.

Fue tan pulcro en sus descripciones, y tan deseoso de que sus experiencias pudieran ser útiles a la posteridad, que todavía hoy, al cabo de tantos siglos, es posible reproducir en un laboratorio sus técnicas químicas. Recientemente me contaba el gran arabista George Anawati, que había instalado en El Cairo un pequeño local donde llevaba a cabo las prácticas albertinas con éxito total. Su meticulosidad fue proverbial: «Yo mismo lo he experimentado -escribía Alberto-. Pues algunas veces me puse en camino para visitar minas metalíferas muy alejadas y experimentar directamente las propiedades de los metales».

PADRE DE LA INTELECTUALIDAD CRISTIANA

La carrera intelectual de San Alberto suele dividirse en cuatro etapas. Un primer período teológico, vivido en Alemania y en París (1228-1248); un segundo momento, transcurrido en Colonia, en que estuvo interesado por la cultura griega post-romana (Pseudo-Dionisio, por ejemplo), y durante la cual fue además el maestro de Santo Tomás de Aquino (1248-1254); los años en que anduvo a vueltas con la filosofía aristotélica y con los escritos de Boecio (1254-1270), y, finalmente, la segunda etapa teológica (1270-1280), en la que redactó ya pocas obras, agotado como estaba por tan dilatada e intensa existencia, aunque todavía tuvo fuerzas para dictar su magna Suma de Teología. A todo ello deberíamos añadir su actividad diplomática al servicio de la Santa Sede (predicador de las Cruzadas), su labor interna como organizador de los estudios dominicanos, y su consagración episcopal para la sede de Ratisbona.

No es fácil destacar aspectos del saber científico en que San Alberto haya aportado verdaderas novedades. Fue fundamentalmente un recopilador, un curioso de la especulación, un apasionado de la naturaleza y de la cultura antigua. En algunas disciplinas, su obra no pasa de ser, después de setecientos años, un momento histórico del progreso científico. Sus aportaciones más interesantes se hallan en el campo de la filosofía y de la teología, porque preparó el material que habría de usar Santo Tomás para su genial síntesis, que Alberto conoció y defendió, aunque nunca llegó a comprender... Pero en todo caso, San Alberto queda, para nuestras generación, como el testimonio de esa actitud cristiana hacia la ciencia, que Juan Pablo II ha subrayado, en su importante discurso en la Catedral de Colonia, abarrotada hasta lo inverosímil por estudiantes y catedráticos alemanes de todas las Universidades.
San Alberto es un científico, pero ante todo es un teólogo, observante y mortificado, hombre de oración ininterrumpida. Pasa muchas noches en la oración. San Alberto Magno es un místico que descubre a Dios en el encanto de la creación. La gran gloria de San Alberto es sin duda su discípulo Santo Tomás de Aquino.

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