sábado, 31 de mayo de 2008

San Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo
 

 
 
Juan Crisóstomo o de Antioquia (Antioquía, Siria; (347) – 14 de septiembre de 404) fue un religioso ortodoxo, patriarca de Constantinopla, es considerado por la Iglesia católico-romana uno de los cuatro originales Doctores de la Iglesia del Oriente, y por su propia Iglesia, la iglesia ortodoxa Griega uno de los más grandes teólogos y uno de los tres Pilares de la Iglesia, juntamente con Basilio y Gregorio.
 
Fue un excelso predicador que por sus discursos públicos y por su denuncia de los abusos de las autoridades imperiales y de la vida licenciosa del clero recibió el sobrenombre de “Crisóstomo” que proviene del griego chrysóstomos (χρυσόστομος) y significa ‘boca de oro’ (chrysós, ‘oro’, stomos, ‘boca’). (1)
 
A este santo arzobispo de Constantinopla, la gente le puso el apodo de "Crisóstomo" que significa: "boca de oro", porque sus predicaciones eran enormemente apreciadas por sus oyentes. Es el más famoso orador que ha tenido la Iglesia. Su oratoria no ha sido superada después por ninguno de los demás predicadores.
 
Nació en Antioquía (Siria) en el año 347. Era hijo único de un gran militar y de una mujer virtuosísima, Antusa, que ha sido declarada santa también.
 
A los 20 años Antusa quedó viuda y aunque era hermosa renunció a un segundo matrimonio para dedicarse por completo a la educación de su hijo Juan.
 
Desde sus primeros años el jovencito demostró tener admirables cualidades de orador, y en la escuela causaba admiración con sus declamaciones y con las intervenciones en las academias literarias. La mamá lo puso a estudiar bajo la dirección de Libanio, el mejor orador de Antioquía, y pronto hizo tales progresos, que preguntado un día Libanio acerca de quién desearía que fuera su sucesor en el arte de enseñar oratoria, respondió: "Me gustaría que fuera Juan, pero veo que a él le llama más la atención la vida religiosa, que la oratoria en las plazas".
 
Juan deseaba mucho irse de monje al desierto, pero su madre le rogaba que no la fuera a dejar sola. Entonces para complacerla se quedó en su hogar pero convirtiendo su casa en un monasterio, o sea viviendo allí como si fuera un monje, dedicado al estudio y la oración y a hacer penitencia.
 
Cuando su madre murió se fue de monje al desierto y allá estuvo seis años rezando, haciendo penitencias y dedicándose a estudiar la S. Biblia. Pero los ayunos tan prolongados, la falta total de toda comodidad, los mosquitos, y la impresionante humedad de esos terrenos le dañaron la salud, y el superior de los monjes le aconsejó que si quería seguir viviendo y ser útil a la sociedad tenía que volver a la ciudad, porque la vida de monje en el desierto no era para una salud como la suya.
 
El llegar otra vez a Antioquía fue ordenado de sacerdote y el anciano Obispo Flaviano le pidió que lo reemplazara en la predicación. Y empezó pronto a deslumbrar con sus maravillosos sermones. La ciudad de Antioquía tenía unos cien mil cristianos, los cuales no eran demasiado fervorosos. Juan empezó a predicar cada domingo. Después cada tres días. Más tarde cada día y luego varias veces al día. Los templos donde predicaba se llenaban de bote en bote. Frecuentemente sus sermones duraban dos horas, pero a los oyentes les parecían unos pocos minutos, por la magia de su oratoria insuperable. La entonación de su voz era impresionante. Sus temas, siempre tomados de la S. Biblia, el libro que él leía día por día, y meditaba por muchas horas. Sus sermones están coleccionados en 13 volúmenes. Son impresionantemente bellos.
 
Juan Crisóstomo escribe: “Aprended a cantar salmos (psallein), y apreciará el placer de la actividad. Pues, se llenan del Espíritu Santo los que cantan (psallontes), tal y como se llenan de un espíritu inmundo los que cantan odas satánicas. ¿Qué significa “al Señor en vuestros corazones”? Quiere decir: prestar atención con enten­dimiento. Los que no prestan atención cantan (psallousi) meramente, haciendo sonar las palabras mientras vaga por otros lugares su corazón” (Homilía XIX).
 
-Observación: En Efesios 5:19, “psallousi” quiere decir, según Juan Crisóstomo, griego del Siglo IV d.C., “haciendo sonar las palabras”. Su explicación confirma la conclusión nuestra ya planteada, a saber, que en el Nuevo Testamento, “psallousi” puede significar “cantar”, sin implicar el acompañamiento de instrumentos musicales.
 
En sus comentarios sobre el Salmo 41:2-3, Crisóstomo escribe: “En todo lugar y a toda hora se puede cantar (psallein) con el entendimiento… Si tiene usted un oficio, puede cantar (psallein) sentado en el lugar donde trabaja o mientras trabaja. Puede uno hacer melodía (alabar o cantar –psallein) en su mente sin usar la voz. Pues, no hacemos melodía para los hombres, sino para Dios quien es capaz de escuchar el corazón”.
 
-Tomemos nota: ¡No en “todo lugar y a toda hora” puede uno tocar instrumentos, pero sí, puede cantar en “todo lugar y a toda hora”! Según Crisóstomo, las alabanzas no son para los hombres sino para Dios. La música instrumental agrada a los hombres. En cambio, la espiritual, la del corazón, agrada no solo a los adoradores espirituales sino también a Dios.
 
En su obra “Sobre el Salmo 150”, Crisóstomo escribe: “Por lo tanto, como los judíos recibieron mandamiento de alabar a Dios con todos los instrumentos de música, asimismo hemos recibido mandamiento de alabarle con nuestros miembros –el ojo, la lengua, el oído, la mano. Esto Pablo lo hace obvio cuando dice: ‘Presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro servicio racional’. Alaba el ojo cuando no ve con lujuria, la lengua cuando canta (psalle). El oído cuando no escucha canciones malas y acusaciones contra el vecino, la mente cuando no maquina traición, mas abunda en amor; los pies cuando no corren para hacer la maldad sino para llevar a cabo buenas obras, las manos cuando se levantan, no para robar y acaparar y golpear, sino para dar limosnas y para proteger a los que sufren ofensas. Entonces, el hombre llega a ser una lira melodiosa, ofreciendo a Dios una melodía armoniosa y espiritual. Aquellos instrumentos fueron permitidos a causa de la debilidad de la gente para adiestrarles en el amor y la armonía”.
 
Refiriéndose al Salmo 149, Crisóstomo dice que la música instru­mental “le fue permitida a los judíos, como también los sacrificios, debido a la pesadez y lo grosero de sus almas. Dios se la permitió a causa de la flaqueza de ellos porque no hacía mucho que habían sido librados de los ídolos. Mas ahora, en lugar de órganos, podemos usar nuestros cuerpos para alabarle como es debido”.

 
Dios permite la tentación para probarnos. Jesucristo mismo quiso ser tentado por el demonio, pero Él lo rechazó: “Apártate, Satanás…” (Mateo 4,10). Con la gracia de Dios siempre podemos vencer la tentación. Cuando llega, debemos orar y resistir: orar siguiendo el consejo que nos dio Jesucristo: “Velad y orad para no caer en tentación” (Mateo 26,41), y resistir valientemente huyendo de la ocasión y de quien nos induce a pecar.
 
El pecado, ofensa a Dios
 

«Se cuenta de San Juan Crisóstomo que “Arcadio, emperador de Constantinopla, instigado por su esposa Eudoxia, quiso castigar al santo. Cinco jueces propusieron diversos castigos: Mandadlo al desierto, dijo uno. Quitarle los bienes, añadió otro. Metedlo en la cárcel cargado de cadenas. Quitadle la vida. El último, por fin, dijo al emperador: Si lo mandáis al destierro estará contento, sabiendo que en todas partes tiene a Dios; si lo despojáis de sus bienes, no se los quitáis a él sino a los pobres; si lo encerráis en un calabozo, besará las cadenas; si lo condenáis a muerte, le abrís las puertas del cielo… Hacedle pecar: No teme más que al pecado”.
 
Deberíamos preguntarnos si, como San Juan Crisóstomo, tenemos al pecado como al peor mal.» (2)
 
Aunque «san Juan Crisóstomo recibe el calificativo de mártir, pero si bien no sufrió un martirio violento, no es menos cierto que fue testigo de Cristo y que fue su fidelidad al Maestro lo que le llevó al destierro y a numerosas penalidades y sufrimientos que le acarrearon la muerte. Enfrentarse al poder imperial, sobre todo al de la emperatriz Eudoxia, lleva a nuestro santo a este final. El Imperio romano de Oriente no es ya oficialmente el imperio pagano perseguidor de la Iglesia. Desde el reinado de Teodosio, el cristianismo es la religión oficial del Estado. Se crea así un espejismo, repetido muchas veces a lo largo de la Historia: el de un cristianismo protegido y tutelado por las autoridades civiles. Instrumentalización y cesaropapismo. Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla, no está dispuesto a que la voz de la Iglesia sea silenciada o manipulada en la nueva situación. Y el poder establecido responderá en todas las épocas siempre con la misma táctica: no atacará a la Iglesia como tal institución sino a las personas que la representan; desvinculará a la persona de la institución para poner en duda su legitimidad… Se empleó esta tácticas incluso contra Papas, ¿por qué no se emplearía contra un arzobispo de Constantinopla, que empleaba la denuncia profética contra injusticias de todo tipo, y por qué no buscar entre otros miembros de la jerarquía y del clero a hombres que descalificaran la actuación de Juan Crisóstomo?
 
De muchos santos se recuerdan sus últimas palabras, y en el caso de aquel arzobispo de Constantinopla, éstas fueron: “¡Gloria a Dios sobre todas las cosas!”. Para Dios, toda la gloria. Dios, en primer lugar, pues la gloria del ser humano es enteramente tributaria de la gloria divina. Reconocer la gloria de Dios no es empequeñecer al hombre sino acogerse a la fe y recordar que procede de Dios, que está hecho a su imagen y semejanza. La dignidad humana no sufre por el reconocimiento de la gloria de Dios. Es el reconocimiento de una verdad, aunque esa verdad no sea comprendida por todos. Juan Crisóstomo se entrega a Dios desde su juventud, desde su bautismo a los dieciocho años de edad. Su talento natural para la oratoria se ajustó a la búsqueda de la gloria de Dios. Sermones, escritos diversos y cartas del hombre de la “boca de oro” (Crisóstomo, en griego) no tienen otro objeto que la gloria de Dios. Era un heredero de la retórica griega clásica pero la elevó hasta cumbres no alcanzadas en mucho tiempo –eran cumbres alcanzadas por el Espíritu- sólo por el hecho de que todo lo hacía por la gloria de Dios. Esta adhesión a la gloria divina fue sellada también con la cruz. Llama la atención que sus perseguidores lo arrestaran la víspera de la Pascua del año 404. Juan Crisóstomo debía pasar, al igual que Cristo, por el sufrimiento para entrar después en la gloria.
 
Quizás esos perseguidores buscaran privarle de la alegría de celebrar la Pascua con sus fieles, pero erraban por completo si tales eran sus cálculos. Quien ha configurado su vida con la gloria de Dios, quien busca hacer su voluntad e identificarse con su Hijo, puede ser privado del Pan y de la Palabra, en sentido físico o material. Será una situación dolorosa para él, pero esto no le privará de Dios, pues nada puede atentar contra su libertad interna, pues es una libertad que sólo le debe a Cristo. Nada material puede encarcelar su espíritu; tampoco el exilio o la soledad forzada que fue lo que se empleó contra Juan Crisóstomo. Quien lleva a Dios dentro de sí y quien sólo vive para su gloria, encuentra a Dios en todas partes y en toda circunstancia. El exilio elegido por los enemigos del santo son los límites del mundo conocido hasta entonces, el Ponto Euxino, las orillas del Mar Negro que desde la más remota antigüedad simbolizaban para los griegos un mundo hostil. Juan Crisóstomo no regresará nunca a su diócesis de Constantinopla y sus guardianes le harán más dura su condición de exiliado. Muere, sin embargo… Poco después, sus restos serían conducidos a Constantinopla y su imagen sería rehabilitada incluso por sus propios perseguidores. Pero la imagen verdadera, la que perdura de Juan Crisóstomo es la del cristiano fiel, el que busca, ante todo, la gloria de Dios.»(3)
 
«Crisóstomo, cuando él escribió contra el ambiente de la cultura pagana de su tiempo, comentó que sus ídolos,“aunque mudos en sí mismos, tenían con todo sus oráculos y profetas y augures, quienes aparentaban tener dones espirituales, como la pitonisa de Delfos; pero no se engañen —advirtió—, los dones de ellos se pueden distinguir fácilmente de los de nosotros»(4)
 
El pueblo le escuchaba emocionado y de pronto estallaba en calurosos aplausos, o en estrepitoso llanto el cual se volvía colectivo e incontenible. Los frutos de conversión eran visibles.
 
El emperador Teodosio decretó nuevos impuestos. El pueblo de Antioquía se disgustó y por ello armó una revuelta y en el colmo de la trifulca derribaron las estatuas del emperador y de su esposa y las arrastraron por las calles. La reacción del gobernante fue terrible. Envió su ejército a dominar la ciudad y con la orden de tomar una venganza espantosa. Entre la gente cundió la alarma y a todos los invadió el terror. El Obispo se fue a Constantinopla, la capital, a implorar el perdón del airado emperador y las multitudes llenaron los templos implorando la ayuda de Dios.
 
Y fue entonces cuando Juan Crisóstomo aprovechó la ocasión para pronunciar ante aquel populacho sus famosísimos "Discursos de las estatuas" que conmovieron enormemente a sus miles de oyentes logrando conversiones. Esos 21 discursos fueron quizás los mejores de toda su vida y lo hicieron famoso en los países de los alrededores. Su fama llegó hasta la capital del imperio. Y el fervor y la conversión a que hizo llegar a sus fieles cristianos, obtuvieron que las oraciones fueran escuchadas por Dios y que el emperador desistiera del castigo a la ciudad.
 
En el año 398, habiendo muerto el arzobispo de Constantinopla, le pareció al emperador que el mejor candidato para ese puesto era Juan Crisóstomo, pero el santo se sentía totalmente indigno y respondía que había muchos que eran más dignos que él para tan alto cargo. Sin embargo el emperador Arcadio envió a uno de sus ministros con la orden terminante de llevar a Juan a Constantinopla aunque fuera a la fuerza. Así que el enviado oficial invitó al santo a que lo acompañara a las afueras de la ciudad de Antioquía a visitar las tumbas de los mártires, y entonces dio la orden a los oficiales del ejército de que lo llevaran a Constantinopla con la mayor rapidez posible, y en el mayor secreto porque si en Antioquía sabían que les iban a quitar a su predicador se iba a formar un tumulto inmenso. Y así fue que tuvo que aceptar ser arzobispo.
 
Apenas posesionado de su altísimo cargo lo primero que hizo fue mandar quitar de su palacio todos los lujos. Con las cortinas tan elegantes fabricaron vestidos para cubrir a los pobres que se morían de frío. Cambió los muebles de lujo por muebles ordinarios, y con la venta de los otros ayudó a muchos pobres que pasaban terribles necesidades. El mismo vestía muy sencillamente y comía tan pobremente como un monje del desierto. Y lo mismo fue exigiendo a sus sacerdotes y monjes: ser pobres en el vestir, en el comer, y en el mobiliario, y así dar buen ejemplo y con lo que se ahorraba en todo esto ayudar a los necesitados.
 
Pronto, en sus elocuentes sermones empezó a atacar fuertemente el lujo de las gentes en el vestir y en sus mobiliarios y fue obteniendo que con lo que muchos gastaban antes en vestidos costosísimos y en muebles ostentosos, lo empezaran a emplear en ayudar a la gente pobre. El mismo daba ejemplo en esto, y la gente se conmovía ante sus palabras y su modo tan pobre y mortificado de vivir.
 
En aquellos tiempos había una ley de la Iglesia que ordenaba que cuando una persona se sentía injustamente perseguida podía refugiarse en el templo principal de la ciudad y que allí no podían ir las autoridades a apresarle. Y sucedió que una pobre viuda se sintió injustamente perseguida por la emperatriz Eudoxia y por su primer ministro y se refugió en el templo del Arzobispo. Las autoridades quisieron ir allí a apresarla pero San Juan Crisóstomo se opuso y no lo permitió. Esto disgustó mucho a la emperatriz. Y unos meses más tarde Eudoxia peleó con su primer ministro y se propuso echarlo a la cárcel. Él corrió a refugiarse en el templo del arzobispo y aunque la policía de la emperatriz quiso llevarlo preso, San Juan Crisóstomo no lo permitió. El ministro que antes había querido llevarse prisionera a una pobre mujer y no pudo, porque el arzobispo la defendía, ahora se vio él mismo defendido por el propio santo. Eudoxia ardía de rabia por todo esto y juraba vengarse pero el gran predicador gritaba en sus sermones: "¿Cómo puede pretender una persona que Dios le perdone sus maldades si ella no quiere perdonar a los que le han ofendido?"
 
Eudoxia se unió con un terrible enemigo que tenía Crisóstomo, y era Teófilo de Alejandría. Este reunió un grupo de los que odiaban al santo y entre todos lo acusaron de un montón de cosas. Por ej. Que había gastado los bienes de la Iglesia en repartir ayudas a los pobres. Que prefería comer solo en vez de ir a los banquetes. Que a los sacerdotes que no se portaban debidamente los amenazaba con el grave peligro que tenían de condenarse, y que había dicho que la emperatriz, por las maldades que cometía, se parecía a la pérfida reina Jetzabel que quiso matar al profeta Elías, etc., etc.
 
Al oír estas acusaciones, el emperador, atizado por su esposa Eudoxia, decretó que Juan quedaba condenado al destierro. Al saber tal noticia, un inmenso gentío se reunió en la catedral, y Juan Crisóstomo renunció uno de sus más hermosos sermones. Decía: "¿Qué me destierran? ¿A qué sitio me podrán enviar que no esté mi Dios allí cuidando de mí? ¿Qué me quitan mis bienes? ¿Qué me pueden quitar si ya los he repartido todos? ¿Qué me matarán? Así me vuelvo más semejante a mi Maestro Jesús, y como El, daré mi vida por mis ovejas..."
 
Ocultamente fue enviado al destierro, pero sobrevino un terremoto en Constantinopla y llenos de terror los gobernantes le rogaron que volviera otra vez a la ciudad, y un inmenso gentío salió a recibirlo en medio de grandes aclamaciones.
 
Eudoxia, Teófilo y los demás enemigos no se dieron por vencidos. Inventaron nuevas acusaciones contra Juan, y aunque el Papa de Roma y muchos obispos más lo defendían, le enviaron desterrado al Mar Negro. El anciano arzobispo fue tratado brutalmente por algunos de los militares que lo llevaban prisionero, los cuales le hacían caminar kilómetros y kilómetros cada día, con un sol ardiente, lo cual lo debilitó muchísimo. El trece de septiembre, después de caminar diez kilómetros bajo un sol abrasador, se sintió muy agotado. Se durmió y vio en sueños que San Basilisco, un famoso obispo muerto hacía algunos años, se le aparecía y le decía: "Animo, Juan, mañana estaremos juntos". Se hizo aplicarlos últimos sacramentos; se revistió de los ornamentos de arzobispo y al día siguiente diciendo estas palabras: "Sea dada gloria a Dios por todo", quedó muerto. Era el 14 de septiembre del año 404.
 
Eudoxia murió unos días antes que él, en medio de terribles dolores.
 
Al año siguiente el cadáver del santo fue llevado solemnemente a Constantinopla y todo el pueblo, precedido por las más altas autoridades, salió a recibirlo cantando y rezando
 
Ver enlace relacionado 

Fuente:
 

  • Editorial La Paz,
http://www.editoriallapaz.org/padres_iglesia_Juan_Crisostomo.htm
  • http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Juan_Crisostomo.htm
  • Notas:

     
    1
    http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Cris%C3%B3stomo
     
    2 http://www.educa.aragob.es/aplicadi/valores/vavc42.htm
     
    3 http://www.archimadrid.es/espiritualidad/00secciones/santo.htm
     
    4 Artículo titulado “En mi nombre hablarán nuevas lenguas (IV)”, publicado en el portal cristiano Lasteologias,
    http://lasteologias.wordpress.com/en-mi-nombre-hablaran-nuevas-lenguas-iv/

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